metaverso grandes tecnológicas

Grandes operadoras tecnológicas han anunciado sus estrategias de colonización del metaverso. Esto ha hecho que hayan explotado los temores en todos los rincones del ecosistema Blockchain. Las trayectorias centralizadoras y, sobre todo, las tendencias monopolistas de estas operadoras tecnológicas no son precisamente antecedentes que tranquilicen. Ahora, sus movimientos se convierten en indicios amenazantes. El solo hecho de que Facebook pase a denominarse Meta es interpretado como apropiación de un significante que era de todos, que era compartido. Denominación legal, por supuesto; pero sin legitimidad. Al menos, desde la percepción de quienes dieron los primeros pasos en el metaverso y creyeron estar en un sueño. Nada más renombrarse FB, el sueño parece haberse transformado en pesadilla.

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Las grandes tecnológicas y el metaverso

Empecemos definiendo el metaverso como un mundo social imaginario alternativo. Algunos se extrañarán por la inclusión del calificativo social; pero, en respuesta, yo me extraño de que pueda pensarse en un mundo alternativo que no sea social, por muy imaginario que sea. Es más, es social por ser imaginario. Tanto en la matriz de su producción, como en su desarrollo, su contenido y hasta sus objetivos, es un mundo social.

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Valga, de momento, la reflexión de que, por muy atractivo y placentero que dibujásemos esa alteridad de la realidad, no sería enteramente atractivo y placentero sin la ausencia de los otros. De los otros queridos. De los otros a encontrar. De los otros por querer. De los otros que nos quieran. De los otros con los que competir, pues la competencia es ya un reconocimiento.

Para desear ese mundo, tiene que ser un mundo que nos desee. Y sólo los otros tienen deseo. Aunque sea el deseo de ser otro mundo. Termino las aparentes paradojas: el deseo de otro mundo arraiga en el deseo de ser otro reconocido por los otros. En soledad absoluta no hay mundo que valga. Ni siquiera, un mundo alternativo.

Una cultura atravesada de imaginación

Parece que el atractivo por mundos sociales imaginarios distintos al vivido existe desde que el mundo es mundo. Es decir, desde los albores de la Humanidad, el hombre no parece estar muy satisfecho con el mundo que le ha tocado vivir. Tal vez ahí se encuentra el motor de la imaginación, de nuestra capacidad de crear, que nos distingue de otras especies. Lo llamamos cultura. Para ser más preciso, la imaginación forma parte esencial de eso que llamamos cultura, caracterizada por ir más allá de la mera adaptación material al entorno natural que nos toca vivir.

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A través de la cultura y su imaginación somos capaces de producir lo natural, de adaptar la naturaleza. Decir esto como elogio de nuestra especie en el contexto de la amenaza del cambio climático puede sonar pretencioso. Pero sí, para lo bueno y para lo menos bueno, nuestro comportamiento se diferencia del de otras especies por estar dominado por una cultura atravesada de imaginación. El hombre es un ser imaginario, como decía Edgar Morin hace más de cincuenta años. Y la imaginación es nuestra necesidad y capacidad para crear otros mundos. Otros mundos, llenos de imágenes y representaciones.

Las utopías como mundos sociales imaginarios

También desde el principio sistematizamos tales imaginaciones de mundos sociales alternativos. En principio, sobre todo, como religión. Lo que nos unía a los otros con los que convivíamos o habíamos convivido -re-ligare, que está en el origen de la palabra religión, es volver a unir- era ese mundo alternativo. El principal inconveniente de la mayor parte de los mundos alternativos religiosos es que sólo podía accederse a ellos después de muerto. En vida sólo quedaba las penas o el heroísmo en la batalla, ya sea contra los enemigos de la sociedad o los enemigos de la propia religión, cuestiones que vinieron confundidas durante muchos siglos.

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Desde los mismos orígenes de la Modernidad, vimos nacer otra forma de propuesta sistemática de mundos sociales imaginarios alternativos. Consistió en las utopías. Mundos de relaciones perfectas, inmejorables por definición y con las justas soluciones a todos los problemas del presente en que fueron escritas. Escritos cuya circulación podía quedar restringida al ya, de por sí, reducido campo intelectual en sociedades analfabetas. Sin embargo, en las sociedades de masas consecuencia de la revolución industrial, otros modelos imaginarios de sociedades podían convertirse en el atractivo de esas gentes que, sin haberlas leído en su gran mayoría, se convertían en su horizonte, previo paso y pago por la revolución. La revolución era el billete de entrada para esas utopías. Un billete del que no se devolvía nada, cuando el escenario al que se accedía se convertía en distopía.

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Lo perfecto no tiene futuro

El metaverso es otro mundo social imaginario. Ahora bien, con grandes diferencias con respecto a los anteriores. En primer lugar, renuncia inicialmente a la sistematicidad de los mundos sociales alternativos anteriores. Al ser un mundo vivo, en plena interacción, ha de renunciar a los perfectos equilibrios totalitarios y sin futuro de los anteriores mundos sociales imaginarios anteriores. Éstos se encuentran en el futuro; pero sin contener futuros. Es lo que tiene lo perfecto, que no tiene futuro. Por definición, no puede perfeccionarse. El metaverso crece en el presente abierto. Más abierto cuanto más descentralizado se encuentre su funcionamiento.

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En segundo lugar, aunque muy vinculado con lo anterior, el metaverso se desarrolla a partir de las interacciones que se produzcan en el mismo. De momento, no vienen prefijadas. Claro que hay reglas, prescripciones y prohibiciones; pero las consecuencias de las interacciones que se den en el mismo no están ni previstas, ni parecen previsibles.

En tercer lugar, pero no menos importante, es que el acceso al metaverso no exige transformarse en profano cadáver o sacrificado héroe revolucionario. Para ir al religioso cielo paradisiaco, hace falta: “abono eterno a palco en el gran teatro del cielo, adonde sólo irán los de toda la vida”, como dice el novelista Jesús Pardo en Memorias de memoria. Para la revolución, ser un inconsciente políticamente adolescente. En todo caso, una vez allí, es sólo estar allí, de una manera que se supone pasiva, ya que cielo-paraíso y utopía ya están creados.

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Los metaversianos

Para el metaverso, basta con unos mínimos procedimientos y adquirir un avatar, que es el alma que toma vida en el metaverso. A partir de aquí, lo que cobra vida es la imaginación; aunque la disponibilidad de recursos económicos mínimos parece que ayuda. Al menos antes de que la poderosa mano de las grandes operadoras tecnológicas pese sobre sus diseños, el metaverso se hace a partir de los que cobran nueva vida en él. Los que nacen en él y, así, llegan a ser metaversianos.

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Imaginarios sociales alternativos religiosos y utópicos borran la incertidumbre de su lógica, tras haberla concentrado en su entorno. Alrededor de ellas, todo es incertidumbre. Incluso caos. Se trata de imaginarios sociales alternativos creados sobre el mal del presente, como victorias sobre el mal mundo que se vive. Son salidas del mal. Eso sí, con directas ventanas al mar. Sacan de la incertidumbre, para alcanzar la paz de la certeza absoluta. Esto no se encontrará en el metaverso. Precisamente por su calidad de ente vivo, se encuentra también sumido en la incertidumbre.

Utopías religiosas o políticas son absolutas, eternas, omnipresentes. Sus entradas son difíciles, exigentes en sacrificios; pero las salidas son casi imposibles, prácticamente improbables. Reservadas para ángeles caídos y disidentes, también caídos en desgracia.

El metaverso se dirige al individuo competitivo

La religión se dirige al rebaño; la utopía, al pueblo; y el metaverso, al individuo competitivo. Al individuo que compite contra otros en los juegos, en los deportes. Al individuo que compite con otros en las subastas que alberga el propio metaverso o en la ostentación de las ropas y complementos virtuales de las mejores marcas. La lógica que actualmente domina los metaversos es una lógica agónica por la supervivencia en el propio metaverso. De lucha. Se dirige al individuo que compite hasta el agotamiento en su vida profesional. El individuo que es exprimido hasta que no le quede una sola gota de energía, de vida o la última unidad de una criptomoneda.

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Esto nos conduce a pensar la grupalidad en cada uno de estos imaginarios. En religión y política, las salvaciones y las revoluciones son grupales. Incluso los individuos son reconocidos en la medida que trabajan por el grupo, ya sea en forma de santidad o heroicidad revolucionaria. De momento, no parece que quepan los grupos en el metaverso. Aparece preferentemente como un mundo imaginario de versos sueltos. Incluso las fiestas que se celebran en el metaverso, cobran la forma de espacios virtuales de individuos que, más que estar en compañía de otros, están ahí con otros frente al anfitrión que les ha convocado. Es distinto estar con otros viviendo la propia grupalidad, que estar en el mismo espacio con otros. Es distinto celebrar el grupo, que estar ahí para celebrar la figura del anfitrión.

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Primera acción grupal que tiene como referencia el metaverso

Esto no quiere decir que no quepan los grupos en el metaverso. Una grupalidad que, por ejemplo, lleve a cabo acciones conjuntas nacidas en el propio metaverso. Acciones como apoyar causas, denunciar injusticias o reclamar derechos a las marcas o entidades que se sitúen en el propio metaverso. Tal vez esto sería un indicativo de la madurez social del metaverso, de un imaginario que no solo se fundamenta en la competencia agónica, incluso hasta con uno mismo, sino en los conflictos compartidos. Tal vez esta reacción colectiva en las redes sociales, frente a las propuestas de las grandes tecnológicas de invadir el metaverso, pase a la historia como la primera acción grupal que tiene como referencia el metaverso.

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Más importante que las entradas son las salidas. De imaginarios religiosos o utópicos no puede salirse. En ninguno de los dos hay un cartel que ponga salida, saída, exit, sortie, Ausgang, etc. Puede pensarse ¿para qué salir del paraíso religioso o político? Nuestro moderno individualismo llevado a nuestro ADN esa libertaria voluntad que nos induce a querer lo que está prohibido querer. Y del metaverso se entra y se sale, se puede volver a entrar y volver a salir. Cada día, hora o minuto.

En el metaverso se puede entrar y puedes quedar expulsado como incompetente. Por no responder a los retos competitivos que en él se dan.

La colonización del metaverso

Algunos ya han apuntado que el maléfico Zuckerberg está preparando un metaverso adictivo, del que es imposible salir, porque nos atrapará desde la práctica. Bueno, es lo que casi ocurre con el internet de Google o de las propias redes sociales zuckerbergianas, que tiene atrapados nuestros registros. Habrá que estar atentos a esa capacidad enredadora de los metaversos propuestos y hasta qué punto los intereses de las grandes operadoras tecnológicas dominan nuestros avatares y así, de paso, nuestras almas. No obstante, siempre que ha surgido una poderosa nueva tecnología, sobre todo si viene en clave de medio de comunicación, nos han amenazado con su inmenso poder manipulador. Repásese, por ejemplo, lo que decían los periódicos en los momentos iniciales de la televisión. Pero de la televisión hemos salido y la amenaza parece haberse quedado en un susto de los primeros pasos de la tecnología.

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El metaverso puede ser acusado de ser una imaginación producto de la sublimación. Es decir, se hace en este mundo imaginario lo que no puede hacerse en el mundo real. Que satisface desde la reparadora donación de la posibilidad de actuar según nuestros deseos. Acusación que es extensible a todo producto imaginario. Pero hay que tener en cuenta que, como mundo en interacción social, se trata de poner en juego nuestros deseos en relación con los deseos de otros.

Parece que la imaginación del metaverso nos acerca más a nuestros sueños. A llevar a cabo los sueños. Y esto es lo que quieren gestionar las grandes operadoras tecnológicas con sus propuestas de metaverso: nuestros sueños. Ya no les vale con registrar nuestros comportamientos o nuestros mensajes. Con la colonización del metaverso, colonizarán nuestros sueños.

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Por Javier Callejo

Catedrático de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), especializado en la observación empírica de los comportamientos de consumo y de la recepción mediática. Licenciaturas en Periodismo y Derecho

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