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Desde el mismo nacimiento de Bitcoin, hay un elemento que atraviesa toda la historia del ecosistema Blockchain, como es la comunidad de fans. Prácticamente cada novedad: proyecto empresarial, criptomonetario, financiero o educativo, hasta llegar a los metaversos o los NFTs, tiene en la comunidad de fans su pivote.

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El concepto de fans, especialmente arraigado en la industria cultural y del entretenimiento, viene concentrando la atención de los estudiosos desde hace años. Hay que aceptar que fue Henry Jenkins el que certificó su relevancia con un par de monografías exclusivamente dedicadas al asunto, con especial relevancia al mundo alrededor de Star Trek. Certificaba académicamente algo que estaba ahí. Pero hurgando en el pasado siempre pueden encontrarse antecedentes y, en este asunto, no es difícil encontrarlos en las diversas investigaciones que los británicos Cultural Studies (Estudios Culturales) llevaron a cabo a partir de los años setenta.

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Bien es cierto que, para estos últimos, la constitución de la identidad tendía a requerir un substrato identitario previo que podríamos considerar clásico en la literatura sociológica: identidad de clase, identidad étnica o identidad de género. Puede decirse que Jenkins dio un paso más, casi como si diera la vuelta a un calcetín: no era la identidad la que creaba la comunidad de fans, sino que era la comunidad de fans la que suministraba identidad a sus componentes. El paso era importante.

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Consumo identitario

Las comunidades de fans de los Cultural Studies y las de Jenkins no eran exactamente iguales. Las primeras se componían de fieles seguidores de un programa –principalmente televisivo- cuyo contenido les servía para enfocar su vida cotidiana y relacionarse con su entorno social inmediato. Así, por ejemplo, hablaban de los personajes de Coronation Street entre sus allegados, como si formaran parte de la comunidad. Un enfoque que se inscribe en la propia fundación de los Cultural Studies, cuando Richard Hoggart retrató a la comunidad obrera de Leeds consumiendo los productos culturales que despreciaba la inteligencia cultural.

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Hoggart dio sentido a ese consumo. Era un consumo identitario. Ha de destacarse cómo tales comunidades de fans se establecían con respecto a productos culturales seriados, en capítulos, que se sucedían y que generaban expectativas. Se trataba fundamentalmente de telenovelas o lo que aquí, recogiendo la referencia latinoamericana, llamamos culebrones. Creo que el concepto de comunidad-en-continuidad-y-expectativa es importante, pues es lo que llama al compromiso, al vínculo. Después, con las redes sociales, lo hemos denominado engagement. Desde el punto de vista de los gestores de medios de comunicación, se trataba de audiencias enganchadas. Entre ellos, pocos hablaban entonces de comunidad, ni veían el potencial económico que tenían las comunidades de audiencia.

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Comunidad global

La comunidad de fans de, por ejemplo, Star Trek, era algo distinto. El vínculo, si es que puede hablarse en estos términos, entre sus miembros, nacía prácticamente de manera exclusiva del consumo de un producto cultural. ¿Qué características tenía este producto cultural? Era un producto cultural en flujo, con una historia larga y episódica entre personajes. En cierta forma, parecido a la sucesión de capítulos de las series enfocadas por los Cultural Studies. Pero, la diferencia en comunidades de fans como la de Star Trek es que no solo es importante el seguimiento, sino que cada capítulo de la serie cobraba un especial valor. Un valor de coleccionista entre esa comunidad.

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Hay otras grandes diferencias. No menores. Por ejemplo: los miembros de la comunidad pertenecían a una comunidad global, dispersa planetariamente, aunque hay que reconocer que con más miembros en unas zonas del mundo que en otras. Era una comunidad que ya no hablaba cara a cara de su afición, sino en espacios virtuales. Se constituía como una comunidad virtual alrededor de su producto cultural. Eso sí, periódicamente se convocaban encuentros para posibilitar que sus miembros se conocieran personalmente. Encuentros en los que parecía que se disparaba una especie de ostentación para mostrar quién era más fans. Otra de las diferencias está en el impulso coleccionista. La ostentación del fan consiste principalmente en la posesión de objetos relacionados con la serie. Pues bien, interacción principalmente virtual y coleccionismo serán las bases para que las comunidades de fans se conviertan en un nicho para la acción de Blockchain.

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NFT como símbolo de pertenencia a la comunidad

Entre otras cosas y por aterrizar en el presente, Blockchain va a permitir dar valor único y exclusivo a los elementos que conforman la colección. Lo hace con los NFTs. La posesión de cada elemento de la colección queda registrada. Ya no hace falta siquiera que se trate de bienes en soporte físico. De hecho, su materialidad física –plástico, tejido, metal, madera, etc.- es anecdótica. Lo importante es cómo funcionan como signo de distinción y símbolo de pertenencia, a la comunidad. De aquí que su pase al soporte informacional, a su materialidad en bits, haya sido relativamente rápida. Se pasa de coleccionar objetos materiales a coleccionar NFTs.

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Otro de los pasos consiste en la posibilidad de una mayor, más intensa y más continua interactividad virtual, entre los miembros de la comunidad de fans. Es lo que posibilita el metaverso: encuentros periódicos o casi continuos entre sus miembros convertidos, más que representados, por avatares. Avatares, por supuesto, relacionados con la identidad de fans de la comunidad. La cosa va más allá, puesto que a través de este espacio la comunidad es capaz de integrar la presencia de los propios creadores e, incluso, de su proceso de creación. Seguramente también presentes como avatares en ese espacio de la comunidad en el metaverso. Como puede deducirse, el vínculo entre autor-creación-fans se refuerza.

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Producción de la escasez

Por acentuar la relación con la actualidad, ahora es la música la que se está dando cuenta del horizonte que se le abre con los NFT. Así lo plantea Coopahtroopa en un artículo titulado “Music NFT Landscape”, donde subraya la posibilidad de creación de canciones, producidas en un número relativamente escaso, que tienen como objetivo el coleccionismo de los fans. Pocas copias. Producción de la escasez. Por supuesto, siguiendo la lógica de estos ecosistemas. Lo adquirido puede revenderse. Su precio dependerá del valor signo, ostentación, y simbólico, pertenencia a la comunidad, que adquiera dentro de la comunidad. Cotizaciones futuras que dependerán en mucho de la trayectoria que siga el autor. Es, tanto en la música como en otras disciplinas creativas, una apuesta por el artista.

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A su vez, late una especie de continuo vínculo entre los miembros de la comunidad poseedores de NFTs y el artista. Los derechos de autor siguen perteneciendo al autor. Es decir, el artista sigue teniendo cierto dominio sobre su obra. No se trata de gestionar los derechos de autor, sino de gestionar los vínculos con su comunidad de seguidores, interactuando virtualmente con ellos.

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Dispositivos como Spotify habían acabado con el valor derivado de la escasez en la música. Toda la música del mundo puede conseguirse con una suscripción a un precio realmente bajo. Desde el valor de uso –escuchar música- y aun cuando la calidad sonora no es la misma, para la mayor parte de la gente carece de sentido comprar CDs. Sólo los recalcitrantes fans y coleccionistas siguen comprando soportes físicos de música. Los más, incluso han regresado al vinilo. Por cierto, ha de subrayarse el resurgimiento de este soporte. El resurgir del valor signo y simbólico de la escasez.

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Tal vez también haya algo de esto en las recientes huidas de Spotify de artistas como Neil Young o Joni Mitchell, más allá del debate sobre los antivacunas. Ha de tenerse en cuenta que las comunidades de fans no solo se alimentan con productos culturales sino, también, ideológicamente. Cuanto más fuerte –ideológicamente- es una comunidad, más valor tendrán sus NFTs. La comunidad de fans necesita inversión de tiempo (interacción), económica (renunciando a la economía masiva de muy pocos ingresos por unidad) e ideológica (dar mensajes para interpretar el mundo). Inversiones que permiten al artista gestionar directamente a su audiencia, su comunidad. Eso sí, las comunidades de fans pueden llegar a ser muy exigentes.

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La comunidad de fans está en el centro

Como escribimos ya hace tiempo, Blockchain apenas tiene sentido sin el concepto de comunidad. Especialmente en las industrias culturales y del entretenimiento. En aquel momento, escribíamos del siempre visionario David Bowie y cómo había tokenizado los derechos de autor de su producción musical pasada, presente y futura. Desde entonces, los acelerados cambios en el ecosistema, impulsados incluso por una pandemia que, al obstaculizar la interacción personal, ha ofrecidido la posibilidad de sustituirlos por la interacción virtual, no han hecho sino darle la razón. La comunidad de fans está en el centro.

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Por Javier Callejo

Catedrático de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Licenciaturas en Periodismo y Derecho

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