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Hace unos pocos días, Johan Gapper, articulista del Financial Times, apuntó que el juego de los Bored Ape Yacht Club (BAYC) es algo para tomárselo en serio y que es clave para entender el gran cambio que significan los NFTs. Creo que señala algunos aspectos que merecen tenerse en cuenta. Sobre todo, en cuanto apuntan lo que puede llegar a ser la sociedad de consumo en el marco de los metaversos.

El referido club puede considerarse relativamente exclusivo. Lo de relativamente deriva de que todo el que sea coleccionista de un Bored Ape forma parte del mismo. Por lo tanto, todo aquel que haya adquirido al menos uno de estos únicos diez mil NFTs disponibles con figura de mono. Con una base de 170 rasgos –gorras, ropas, expresiones y un largo etcétera que incluyen los ojos que emiten rayos- se han llegado a programar esa cantidad de NFTs únicos, que tuvieron un precio de salida de 0,08 ETH. Actualmente, se reparten entre unos seis mil coleccionistas, que son los miembros del club, y el precio para adquirir uno de estos monos en la plataforma de subastas OpenSea no baja de los 56 ETH. Unos 224.000 dólares al cierre de esta edición.

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Bored Ape, NFT y los metaversos

En la constitución de la sociedad de consumo, se manifestó con fuerza un rasgo societario con amplia fundamentación por parte de los antropólogos sociales: tan importante como tener lo que los demás tienen, incluso teniéndolo en grandes cantidades, es tener lo que nadie más o muy pocos tienen. El poder simbólico, la significación en una comunidad o sociedad, se adquiere con la posesión de significantes a los que otros no pueden acceder. Su función o utilidad queda en muy segundo plano. Es más, cuanto menos necesaria fuese la cosa poseída, mayores condiciones tenía para erigirse en ese significante del poder simbólico.

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Casi en los orígenes de la extensión de nuestra sociedad de consumo occidental, el sociólogo Jean Baudrillard se ocupó de aclararnos esto. Así, en sus obras La sociedad de consumo o La economía política del signo, nos planteó un mágico mundo de objetos cuyos valores no podían reducirse a la concreción marxista de la mercancía. Al valor de uso –para lo que sirven las cosas en su forma mercancía para quien las adquiere- y al valor de cambio –su precio en los mercados-, habría que añadirles su valor signo, lo que socialmente significan, y su valor simbólico, directamente vinculado a su capacidad de identificar el poder en una determinada sociedad.

El consumo en la digitalidad global

Pues bien, a lo que nos invita Gapper es a ver los Bored Ape más allá de su valor de uso, su valor de cambio –a pesar de que ya es noticiable el precio que alcanzan algunos de los elementos de la colección- e incluso su valor signo, en su comparación con otras mercancías digitales. Su valor está en su escasez, que es precisamente una de las grandes aportaciones de los NFTs, y el servir de de puerta de entrada al BAYC. Es la llave para ser un BAYC member.

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Los NFTs suponen un cambio radical en la lógica de lo virtual. Es pasar de lo virtual indefinido, prácticamente infinito y, sobre todo, fácilmente intercambiable y, por lo tanto, sin capacidad de inyectar valor simbólico, a la propiedad registrada y exclusiva de la cosa. El número XXXX (son cuatro números) de la colección de los Bored Ape es único y tiene un único propietario. Al dar acceso a ese espacio exclusivo, a pesar de su forzada aparentemente cutre de extrarradio urbano-selvático-tropical, engendra una estructura simbólica: distingue.

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Cada mono puede ser vendido y comprado. Pero de esto queda huella, gracias a la trazabilidad de blockchain. Quien compra adquiere la identidad de miembro del BAYC. Quien vende, la pierde. En la actualidad, el BAYC es un gran club global-digital. Es el consumo en la digitalidad global. Ya no vale con acceder, mediante aval de un número de antiguos y reputados socios, al casino provinciano, club marítimo local o club de tenis de los estirados. Hoy, la ostentación está con los monos.

Un consumo alejado del valor de uso

El proceso de distinción sacude la estructura social. Para algunos, como Pierre Bourdieu, la sacude para que todo siga más o menos igual, porque cuando quienes ocupan posiciones subordinadas en la estructura social llegan a consumir –casi siempre en forma de simulacros- lo que consumen las posiciones privilegiadas, los privilegiados están ya en otro lado.

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De hecho, el gran milagro de la sociedad de consumo consiste en la extensión, más o menos masiva, de lo que se tenía como inicialmente privilegiado y exclusivo. Eso sí, casi siempre en forma de simulacro: las clases medias e incluso las clases obreras opulentas entran –a cuentagotas- al simulacro del club exclusivo en la forma del Club Med, como dibujó el gran Roland Barthes en sus Mitologías. Más próximo, Frazen ofrece en (The Corrections) una tragicomedia sobre lo que ocurre cuando la tradicional clase obrera estadounidense lleva a cabo un “exclusivo” crucero.

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Estamos ya en una sociedad de consumo madura. Ha pasado alrededor de medio siglo desde esas primeras reflexiones sobre la sociedad de consumo. Una sociedad en la que, salvo en este paréntesis pandémico, las cosas parecen cada vez más alejadas del valor de uso. Es más, cada vez son más percibidas por su capacidad de contrauso, por una especie de valor negativo: por lo que contaminan, por su huella de carbono, por lo que molestan a los viandantes, por las dificultades de almacenaje, etc. Por su lado, el valor de cambio de las cosas puede llegar a fluir estratoféricamente, desprendido de toda materialidad. Desligadas del trabajo que hay detrás de las cosas, dejando a un lado el esfuerzo “medioambiental”, sus precios entran en espirales de especulaciones.

El atractivo intelectual del metaverso

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Una sociedad de consumo madura es forzosamente cínica, en la medida que juega de manera cómplice con los signos que todos ya reconocen. Es una sociedad que permite jugar a creer que hay un personaje, Mickey Mouse que nos recibe en su casa (Disneylandia). Es jugar a creer, que es, simultáneamente, creer y no creer; jugar y no jugar. Como Kundera nos muestra en varias de sus narraciones, con personajes maduros de sociedades maduras, jugar, en cierta forma, permite liberar eso que somos. Ello plantea la pregunta, que atraviesa algunas de las mejores narraciones del escritor checo: ¿Somos los que seriamente no jugamos o a lo que jugamos, cuando jugamos?

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Aquí está buena parte del atractivo intelectual del metaverso. Es un juego que fundamentalmente contiene juegos. Pero ¿no es nuestro juego, en el que ponemos las reglas, en el adquirimos compromisos y en el que, definitivamente, somos sujetos, al sujetarnos a sus reglas? Al adquirir un Bored Ape nos ajustamos a las reglas del BAYC. Pero, también, a las reglas de la distinción. Nosotros somos los que decidimos si nos mantenemos en ellas y seguimos jugando, o si abandonos el juego. Tal como van los precios en las subastas, parece imponerse la primera opción. Una vez iniciado el juego, ya somos otros. Esto también está en Kundera: los juegos y las bromas tienen consecuencias.

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Por Javier Callejo

Catedrático de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Licenciaturas en Periodismo y Derecho

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