estados criptomonedas

Bajo argumentaciones peregrinas, considerando el caso, el Gobierno chino ha prohibido la minería y ha reforzado su oposición al uso de bitcoin y el resto de criptomonedas. Representantes de distintas instituciones de otros Estados han venido a añadir manifestaciones que demandan limitaciones al uso de las criptomonedas. Y la presión de los propios Estados aparece como una sombra tras los recientes comportamientos, como el de Elon Musk desdiciéndose de su idea de aceptar bitcoins en la compra de los coches Tesla o el del artículo periodístico del premio Nobel Krugman publicado en distintos medios de comunicación.

Estados y criptomonedas

Cuando más alta estaba su cotización, ha arreciado una campaña que sólo muestra a bitcoin y las criptomonedas como un mal. Por un lado, como el gran instrumento del que se sirven las organizaciones criminales. Como si estas no usaran el dinero fiat. Por otro y esto es especialmente llamativo en el caso chino, por su huella de carbono, por el gran gasto de energía en la minería blockchain.

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La semilla china parece haber prendido en el resto de los Estados. Ahora todos atacan furiosamente a las criptomonedas. Cabe preguntarse por qué se han puesto tan nerviosos y han reaccionado con un enfrentamiento que, como todo enfrentamiento entre poderes, puede tener víctimas.

Hay que tener en cuenta que buena parte de las altas cotizaciones alcanzadas por las criptomonedas puede atribuirse al interés de los fondos de inversión en las mismas. Algo poco sorprendente, si se tiene en cuenta que pocos activos garantizan la rentabilidad de las criptomonedas en estos momentos. Los gestores de fondos son responsables frente a sus clientes-inversores.

Fondos y deuda pública

Tal interés ha sido el aguijón que ha picado a los Estados, pues, en buena parte, en tales fondos es donde tienen confianza de colocar la gran emisión de deuda pública que se está generando para abordar la crisis económica originada por la pandemia. Una deuda de tamaño gigantesco, que pone a los propios Estados frente al abismo de su futuro. Sobre todo, si los actores, que tienen que creer en tal futuro, empiezan a desconfiar del mismo.

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Y es que los Estados están empezando a tomarse en serio el significado de las criptomonedas. De unos instrumentos que nacieron fuera de la órbita de los Estados y, en cierta forma si asumimos las filosofías de sus iniciales promotores, contra el Estado. Al menos, contra un modelo de Estado.

Hasta ahora, los poderosos Estados se habían tomado todo esto un poco como una anécdota idealista, como un juego ajeno o como una broma. Aunque, ya se sabe, con el dinero no se juega. Cuando han sido consciente de que amplios sectores de las clases medias de los países desarrollados y en desarrollo se fían más de las criptomonedas, para invertir y guardar sus ahorros, que de bancos dopados con dinero público, y que relevantes actores en el flujo dinerario, como los fondos, empiezan a ver como un gran agujero negro las deudas públicas, es cuando los Estados quieren cortar de raíz la alternativa. Entonces, ven que lo de las criptomonedas no es un juego de jóvenes de ideología anarquista, sino que es una amenaza directa para su modelo.

El horizonte lejano de las CBDC

El muro de contención, diseñado a partir de las CBDC, parece que no llegaba a tiempo para parar la mayor eficiencia técnica de las criptomonedas. A pesar de que la mayor parte de los Estados ya lo tienen en el horizonte. Pero es un horizonte tal vez demasiado lejano y había que actuar ya. En todo caso, parece que, con las CBDC, estaríamos ante dos propuestas radicalmente opuestas. Por un lado, la de un capitalismo sin apenas Estado representado por las criptomonedas. Por otro lado, con las CBDC, la de un capitalismo de Estado como el que hoy representa China. Estas monedas digitales emitidas por los respectivos bancos centrales permitirían cerrar el control del Estado sobre los ciudadanos: sus comportamientos y, por supuesto, su fiscalidad. Todos, empresas y asalariados, trabajando para el Estado.

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Decía el sociólogo francés Pierre Bourdieu –en Noblesse d’Etat– que nos socializan para el Estado. Para ser del Estado. Para vivir y trabajar para el Estado. Incluso, para morir por el Estado. Todo lo que se mueve y produce, lo hace para el Estado. Un vínculo que, como el que regía entre señores y vasallos en el feudalismo, tiene en los tributos su instrumento principal.

Recaudación fiscal

Aunque ahora el modelo sea otro, el del Estado-nación, los tributos y el sistema tributario es lo que lo consolida o, por el contrario, lo debilita. De hecho, llamamos “Estados fallidos” aquellos que no han conseguido generar un sistema tributario para el sostenimiento del Estado.

A partir la Paz de Westfalia, se ha ido configurando la definición del Estado-nación. Sus elementos principales: pueblo o nación, territorio y poder. Más tarde y de la mano de Max Weber, se añadió el monopolio en el uso de la violencia. En la práctica, se ha ido asumiendo otro monopolio, como es el de la recaudación fiscal. Solo el Estado puede imponer o ceder tributos. Y esto es lo que nos une con el Estado. Casi todos trabajamos para el Estado. Se sea funcionario –lo más evidente- empresario o asalariado en el sector privado. Y lo hacemos a partir de un modelo fiscal al que casi todos alimentamos. La excepción son aquellos que, por sus especiales circunstancias y se supone que con carácter temporal, reciben ayudas del Estado.

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El modelo fiscal que se construye a finales del siglo XIX, de manera paralela a la extensión de la democracia, tiene actualmente grandes problemas para su mantenimiento. Es un modelo en constante expansión y las criptomonedas son vistas como una amenaza para el mismo. Como una pérdida de control, cuando más control necesitan los Estados sobre la recaudación.

Fraude a Hacienda y excomunión

Hay que tener en cuenta que este modelo fiscal añade la redistribución a la necesidad de mantener los gastos del Estado (administrativos, ejército, servicios). Con la redistribución, el Estado se legitima, deslegitimando a quienes defraudan a Hacienda. Así, el fraude no es visto como una traición al Estado, sino como una traición a los otros componentes de la sociedad. La tacha de fraude a Hacienda toma las características de una tacha de excomunión. Lo mismo que hacía la Iglesia medieval con aquellos que no pagaban el diezmo. Los excomulgaba.

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Ante el temor de que, a través de las criptomonedas, se les escape el control de los ciudadanos y, lo más importante, la fiscalidad, también se las excomulga. Como a todos aquellos que se manifiesten en su favor. Ha empezado otra guerra de religión. Entre los fieles al fiat y sus sombras de Capitalismo-Estado-Leviathan, como las CBDC, y los fieles a las criptomonedas.

Estados amenazados

Y es que la acuñación de moneda –física o digital- y la imposición/control fiscal, que históricamente han ido en paralelo, quedan debilitadas con bitcoin y las criptomonedas. Y los Estados se han dado cuenta. Se ven económica y políticamente amenazados. Es por lo que reaccionan. No porque se hayan visto repentinamente envueltos en una conciencia medioambiental, de la que antes carecían. ¿Cuánta energía consume el petrodólar? ¿No hubiera sido más razonable generar granjas de minería alimentadas de energía solar, hidráulica o eólica? Pero entra la política, en su más profundo sentido. Entra en juego el poder.

Imagen de Eak K. en Pixabay

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Por Javier Callejo

Catedrático de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), especializado en la observación empírica de los comportamientos de consumo y de la recepción mediática. Licenciaturas en Periodismo y Derecho

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