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Antes, los mercados eran percibidos como una ventana hacia la profanación del arte. Con los tokens NFT, los mercados son la ventana del culto al arte. Los NFT son algo más que una especie de cromos para coleccionistas caprichosos. La particularidad de esta manifestación artística tal vez haya que buscarla en la propia lógica del arte. Un poco más allá de los mercados, que, como los propios mercados del arte, tienen como horizonte esa particular especie que son los coleccionistas.

Un destino para la colección que deriva directamente del carácter singular de los NFT. De lo que puede considerarse su reproductibilidad limitada. Solo desde la misma, el aura que tiene la “pieza única” puede proyectarse sobre su propietario. Al fin y al cabo, un coleccionista de arte es el que tiene algo único. Y, hablando de arte y a pesar de los paradójicos esfuerzos del arte pop por un arte de lo cotidiano, de lo intranscendente, es disponer de una especie de pieza sagrada. De una especie de puente preferente de comunicación con la divinidad. Esto parece haber sido así desde que, al menos, se pintaban bisontes en las cuevas. En las concreciones del arte siempre hay algo trascendente. Incluso para el propio arte, que es de lo que se quiere aquí reflexionar.

Walter Benjamin

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Cuando la fotografía llevaba medio siglo de reconocimiento como arte y el cine acababa de institucionalizarse como tal, el filósofo alemán Walter Benjamin desarrolló una serie de argumentos en un pequeño ensayo titulado: “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica”. Es donde ubica una de las máximas que han hecho de este trabajo una referencia insuperable: con la reproductibilidad técnica se alcanza la demolición del aura, de esa especie de nube sagrada que envuelve al arte. Con la reproductibilidad técnica, que sustituye a la reproductibilidad manual, se realiza una especie de profanación del arte.

Tokens NFT y mercados

Hay que decir que tal profanación se concretó solo en parte. El arte, incluso el de la fotografía y el cine, siguió siendo un terreno lindante con lo religioso. De hecho, el cine, junto al deporte de masas, se convirtió en la gran fábrica de mitos del siglo XX. Parece que, para que una actividad siga siendo definida como arte, necesita poner en marcha prácticas y manifestaciones de culto.

Ahora bien, como apunta el propio Benjamin y más allá del concepto de aura, lo que cambiaba con el paso de tipo de reproductibilidad es la percepción del arte. Algo que puede estar transformándose con los NFT.

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Una acelerada sucesión nos lleva desde el arte mágico de las cuevas, al arte sagrado de los templos, al arte civil de los palacios, al arte burgués de las mansiones o las salas de los marchantes, o al arte masivo de los museos. Es el arte de la singularidad, muy vinculado a espacios, que apenas podía ser reproducido más que manualmente o con rudimentarios técnicas de moldeado. Con la reproductibilidad técnica masiva –primero la imprenta, después la litografía, la fotografía y el cine- se desingularizó el arte. Solo en clave de simulacro se intentaba mantener la singularidad, de ahí la valoración de las “primeras ediciones”, “series numeradas”, etc.

Lo digital como componente de lo analógico

Hay que apuntar cómo el paso de la reproductibilidad técnica a la primera reproductibilidad digital masiva-desingularizada apenas cambió tal percepción del arte. Lo que se ha venido llamando “arte digital” no era sino el uso de herramientas digitales en productos que tendían a ser expuestos analógicamente. Lo digital era, salvo excepciones, un componente de lo analógico. Por otro lado, la reproductibilidad digital era una reproductibilidad hacia el infinito, con prácticamente coste nulo de las copias, lo que era un gran obstáculo para que ocupase un lugar central en la industria del arte. La otra cara de este arte digital era la copia masiva hasta el infinito. No cambiaba tanto la percepción del arte como la eficacia en su reproductibilidad.

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Con la singularidad de los NFT o, al menos, las limitaciones a su reproductibilidad, las cosas cambian. No digo volver, porque los procesos tienden a ser tan irreversibles como la flecha del tiempo. Se vuelve, a lo sumo, a una especie de segunda singularidad, de segunda tradición, en cuanto, cierta recuperación del aura de lo singular, conducirá a generar cierta tradición digital en arte y, sobre todo, la propia recuperación de lo auténtico. Lo auténtico quedará fijado en una blockchain. Una tradición que, en palabras del mismo Benjamin: “es ella misma algo plenamente vivo, extraordinariamente cambiante”.

La vulnerabilidad y blockchain

La singularidad es siempre vulnerable. Solo hay que pensar en algunos atentados contra piezas únicas. Pende de un hilo. De ahí, paradójicamente, buena parte de su fuerza. La singularidad de los NFT también es vulnerable; pero su vulnerabilidad es distinta, porque cuentan con la fuerza protectora de blockchain.

El primer arte era distancia con respecto a la naturaleza. Con esa distancia, se buscaba dominar la naturaleza. El segundo arte era distancia con respecto a la realidad, intentándose el dominio de esa realidad. En especial, la reflexión sobre la misma. Así, se trascendía, casi religiosamente, desde la vida cotidiana al poder o la propia religión, que ya es trascender; pero es lo que ocurre en algunas pinturas y esculturas magníficas que están en la mente de casi todos.

Reflexión y dominio sobre lo virtual

Con el arte plenamente digital de reproductibilidad limitada inscrito en los NFT tal vez se esté buscando cierta reflexión y dominio sobre lo virtual. Se consigue trascender lo virtual –incluso su teórica volatilidad- a partir de dominios registrados en blockchain. Si con el arte terrenal –plástico se trascendía lo terrental, con el arte digital se trascienden las reglas hasta ahora conocidas de lo digital. Se pierde la recepción táctil –directamente táctil en la escultura, visualmente táctil en la pintura- para dar comienzo a una recepción supradigital. Por supuesto, ya no habrá peregrinaciones, como las que conducen a la Capilla Sixtina o La Gioconda, sino una recepción de la obra de arte más íntima, privada, individualizada o compartida, a partir de la decisión de su recepción individualizada o compartida.

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Estamos todavía en momentos emergentes, donde todo juicio tiene el riesgo de la precipitación. Por supuesto, quedan múltiples preguntas por responde. ¿Dónde se llevará a cabo el culto de las manifestaciones de arte expresadas en forma de NFT? ¿En los museos? ¿En un ordenador? ¿O en el edificio que contenga la pared donde se proyecten las imágenes?. Tal vez ya estamos asistiendo a expresiones de culto. Un culto concretado en su cotización.

Cotización en los mercados financieros

Antes era el peregrinaje. En una sociedad de lo líquido, la especialización vinculada a una construcción tal vez sea algo demasiado sólido y sedentario. En el contexto del dominio del capitalismo financiero, el culto de algo no tiene otro significante que su cotización en los mercados financieros. Parece que el arte, más que ir más allá de los mercados, como decíamos al principio, ha encontrado su forma de reconciliación con los mercados. En ellos, tiene sus límites y su trascendencia. Antes, los mercados eran percibidos como una ventana hacia la profanación del arte. Con los NFT, los mercados son la ventana del culto al arte.

Foto cogida del perfil de Twitter de artista español Pejac

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Por Javier Callejo

Catedrático de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), especializado en la observación empírica de los comportamientos de consumo y de la recepción mediática. Licenciaturas en Periodismo y Derecho

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