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Con el criptoarte, la materialidad se vuelve virtual y el arte se hace intangible. Durante la mayor parte de la historia de la Humanidad, el arte nos ponía en contacto con lo virtual. Era donde reposaba lo virtual. El más allá de unas duras condiciones de vida. De una vida muy pegada a la supervivencia.

Una virtualidad que podía, a su vez, adquirir sentido religioso. De hecho, una parte importante de la paleontología, ha interpretado el arte rupestre desde marcos mágicos y religiosos. Dentro de ese orden religioso, las figuras artísticas ponían a los feligreses en contacto con algo que iba bastante más allá de la materialidad de la figura. También, como se esforzaron los autores de la primera generación de la Teoría Crítica, el arte tiene la función de trascender la realidad existente mostrando mundos alternativos.

Criptoarte, cuando lo virtual crea el arte

De hecho, autores como Theodor Adorno, Max Horkheimer o Herbert Marcuse, apuntaban su navaja crítica hacia cómo las industrias culturales –término que ellos inventaron para englobar la proyección económica y socialmente reproductiva de las actividades de los medios de comunicación y del entretenimiento- habían hurtado esa dimensión virtual del arte.

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Por el contrario, el postmoderno Jean Baudrillard señalaba la paradoja del arte pop: exponiendo una voluntad de no querer trascender a la sociedad de consumo –muy al contrario, de integrarse en ella- la transcendía y proyectaba mundos virtuales a partir de sus concreciones artísticas. En definitiva, el arte, aunque no quisiera, era la materia de lo virtual.

Hay que reconocer que, con la sociedad de consumo, el arte virtualizó a toda la sociedad. Es decir, las propuestas de un consumo crecientemente segmentado fundamentadas directa o indirectamente en el arte (diseño en la materialidad de los productos, diseño en el empaquetado de productos, diseño artístico de la publicidad, diseño de experiencias del consumidor, etc.) facilitaron la multiplicación de estilos de vida.

Comportamientos en la virtualidad: de Austen a Proust

Un estilo de vida es una sistematización de comportamientos en la virtualidad. Es decir, un esfuerzo por tal sistematización de unos comportamientos que quieren decir al mundo, especialmente al entorno inmediato, lo que se quiere ser. Un tremendo esfuerzo del que la propia literatura nos ha dejado espléndidas representaciones, cuando la sociedad de consumo se reducía a una élite conservadora: Austen, Stendhal, Balzac, Flaubert, Brontë, Tolstoi, Zola, Wharton, Proust, Mann, Waugh, etc. Un tremendo esfuerzo, en la sociedad de consumo actual, por incluso convertir en arte la propia profesión, como subraya Richard Florida con su concepto de clase creativa.

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Con el denominado criptoarte parece darse la vuelta: es lo virtual lo que crea el arte. ¿Qué significa esto? Criptoarte no sólo significa que se pueden adquirir obras inmateriales con monedas virtuales o que utiliza, para los intercambios y registros de propiedad, smart contracts desarrollados en Blockchain. ¿Qué nos dice de la sociedad?

La materialidad desaparece

Todo arte, prácticamente por definición y por su vínculo con lo virtual, es, por sí mismo, un intangible. Aunque requiera aceites y telas (pintura), piedras o metales (escultura), metales o cuerdas (música), etc. Siempre es mucho más que la materialidad de la que está hecho. Así, cuando se quiere desprestigiar una obra de arte, se apela a que no vale ni los materiales que la sostienen. Ello porque se entiende que su valor normal, por ser arte, está muy por encima de esa materialidad.

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Con el arte virtual esa materialidad prácticamente desaparece. Se hace intangible. Se deja de tener ese contacto material –con las manos, con el olfato, casi tocándolo con la vista- para estar alejado en un distante e intangible lugar. Se pierde el tacto, ese que está tan presente en “La liebre con ojos de ámbar”, de Edmund De Waal, que nos narra un mundo de pequeñas figuras de cerámica japonesa, que se coleccionan o se llevan en el bolsillo, aferrándose a la mano o la mano aferrándose a ellas.

Cuatro siglos de arte burgués

Hay incluso dudas sobre el dónde está la obra del criptoarte. Es lo que se pregunta la gente, a la sombra de los elevados precios que adquieren algunas de ellas en las subastas. La imagen que tenemos incorporada, después de más de cuatro siglos de arte burgués, es el de alguien que adquiere una obra de arte y se la lleva a su casa. Y allí nos lo imaginamos disfrutando horas y horas delante de la pieza adquirida y, sobre todo, al mostrarla a las visitas. Ahora ¿dónde está? ¿se adquiere y registra sólo la propiedad de la obra adquirida o también el derecho de disfrute exclusivo? Desde la perspectiva material, la pregunta es: ¿dónde queda el contacto con la obra del criptoarte? ¿Será posible generar experiencias de contacto en la virtualidad? Por aquí va la cosa y ello nos lleva a una reflexión en el que entra la lógica.

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Toda virtualidad conlleva una negación y, a la vez, una alternativa a la realidad, a lo considerado real. Si una obra de arte, que ya es virtualidad, se instala en el mundo virtual, estamos en lo virtual de lo virtual.

Lo virtual de lo virtual

En lo virtual de lo virtual, nos encontramos con la posibilidad de una especie de metacrítica, de negación de la negación, como la que, en la teoría del conocimiento, llevó a cabo Hegel sobre Kant. Se podría negar lo que ha sido el arte hasta nuestros días. Por fín aparecería una especie de mundos alternativos a los mundos alternativos y, por lo tanto, concepciones alternativas a la concepción del arte.

Qué forma tendrá esta negación de la negación artística está por ver. Puede tomar los más diversos caminos. Se me ocurre que puede tener dos grandes líneas. Por un lado, la que puede considerarse línea evasiva. El arte, que puede considerarse que tiene algo de evasión de la realidad más inmediata, nos conduce a mundos aún más evasivos de la realidad. Pero, por otro lado y en el polo opuesto, la virtualidad de lo virtual puede incentivar una línea más mundana del arte, mostrándonos la posibilidad de concreción de las propuestas artísticas. Pongamos el ejemplo de la arquitectura, que también es arte, pudiendo mostrar toda su virtualidad en esos mundos virtuales, mostrándonos formas alternativas de vivir. Lo virtual de lo virtual nos puede mostrar formas de vida terrenales.

Foto de JuliusH, en Pixabay

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Por Javier Callejo

Catedrático de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), especializado en la observación empírica de los comportamientos de consumo y de la recepción mediática. Licenciaturas en Periodismo y Derecho

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