"Sé tu propio banco", dijeron. Y yo, como siempre, les creí
"Sé tu propio banco", dijeron. Y yo, como siempre, les creí

«Sé tu propio banco», dijeron. Y yo, como siempre, les creí

«Sé tu propio banco», dijeron. Y yo, como siempre, les creí. Supongo que todo empezó una tarde de domingo, justo después de ver un vídeo en YouTube donde un tipo con camiseta negra y gafas de pasta explicaba que los bancos nos roban, que el dinero fiat es una estafa y que, si realmente queríamos ser libres, teníamos que convertirnos en nuestros propios bancos. Sonaba épico. Como una mezcla entre revolución financiera y autoayuda californiana. Y yo, que nunca aprendí a hacer la declaración de la renta sin sudar, decidí dar el salto.

Sé tu propio banco

Me abrí una wallet, apunté mis 12 palabras mágicas en un papel (que luego, por supuesto, perdí al confundirlo con una lista de la compra) y compré mis primeros USDT, con la misma ilusión con la que otros adoptan un gato. Pero claro, un gato no desaparece en la blockchain si te equivocas de red. Ni te cobra gas fees por mover la cola.

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Ser tu propio banco es algo así como gestionar un imperio financiero con la misma soltura con la que yo gestiono mis plantas: se me mueren todas, incluso las de plástico. De pronto, me vi a cargo de decisiones que hasta entonces delegaba en entidades con oficinas físicas, trajes grises y una cosa que llaman «compliance». Ahora no. Ahora soy mi compliance, mi atención al cliente, mi director de riesgos y mi propio becario.

Todo es libertad, me decían. Libertad para equivocarte solo, perderlo todo solo y sospechar que alguien en Discord llamado CryptoWizard87 que te acaba de robar tu identidad digital mientras tú aún tratabas de entender cómo funciona una seed phrase.

Un personaje de Hitchcock

Y por supuesto está el miedo. El miedo constante. Cada vez que envío un token, me convierto en un personaje de Hitchcock. Compruebo la dirección siete veces. Luego la pego. Luego la vuelvo a comprobar. La comparo con otra pestaña. Me entra ansiedad. Vuelvo a pegarla. Me tiembla el dedo. Finalmente, envío… y durante 40 segundos mi existencia entera depende de si pulsé «Ethereum» o «BSC».

¿Y qué pasa si te hackean? Bueno, ser tu propio banco implica también ser tu propio forense digital. Lo único que puedes hacer es mirar el explorador de bloques con expresión trágica y pensar: ahí van mis ahorros… ahora son parte de la liquidez de un estafador con avatar de perro samurái.

Pero no todo es malo. A veces, cuando no pierdo dinero, ni claves, ni dignidad, me siento poderoso. Un poco paranoico, sí, pero poderoso. Como si llevara una oficina bancaria en el bolsillo y, por algún milagro, no se hubiera incendiado todavía.

Eso sí, si algún día alguien inventa el «modo abuelo» en DeFi, donde puedas llamar por teléfono y una señora amable te diga si tu transacción ha ido bien, probablemente vuelva. Mientras tanto, aquí sigo. Soy mi propio banco. Y también mi propio rescate.

*Nuevo post de criptómitos
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