Vaya espectáculo, señores! El culebrón entre Donald Trump y Elon Musk, esa pareja que parecía destinada a un matrimonio de conveniencia eterna, ha estallado como un cohete de SpaceX mal calibrado. Lo que empezó como un idilio de ego y poder, con Musk revoloteando por el Despacho Oval como si fuera una garaje de Tesla, se ha convertido en una guerra de insultos y puñaladas digitales que ni el mejor guion de Hollywood podría igualar.
Musk y Trump
Trump, ese showman naranja que parece sacado de una realidad distópica, y Musk, el profeta tecnológico que se cree mitad Tony Stark, mitad mesías marciano, se han dado de bruces por un proyecto de ley presupuestaria que Trump llama grande y hermoso y Musk tilda de“abominación repugnante. ¡Qué poético! El magnate de Tesla, que se pavoneaba como mano derecha del presidente, soltó en X que sin él, Trump habría perdido las elecciones. ¡Zas! Y Trump, que no soporta que le roben el foco, respondió en Truth Social amenazando con cortarle los contratos federales a Musk, como si estuviera cancelando una suscripción a Netflix. Elon se ha vuelto loco, dice el presidente. Y Musk, no contento con el berrinche, le tira a la cara una bomba: Estás en los archivos Epstein, Donald. Sin pruebas, claro, pero con la sutileza de un meteorito.
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Esto no es política, es un duelo de titanes con egos más grandes que el déficit que critican. Musk, que se las da de salvador del presupuesto mientras sus empresas chupan de la teta federal, se queja de los recortes a los vehículos eléctricos, pero no dice ni mu sobre los subsidios al petróleo. ¡Qué coherencia! Y Trump, que presume de lealtad, despacha a su exaliado como si fuera un concursante de TVE . La bolsa, mientras tanto, se ríe de ambos: Tesla se desploma un 14% en un día, como si las acciones fueran un castillo de naipes en un huracán.
Cae Dogecoin
Mientras tanto, Dogecoin, la criptomoneda que Musk apadrinó como quien recoge un chucho callejero y lo convierte en estrella de Instagram, cae más de un 6% en las últimas 24 horas.
Los imagino como dos viejos cowboys en un salón, con la mano en la pistolera, pero en vez de balas disparan tuits. Y nosotros, los espectadores, con nuestras palomitas virtuales, asistimos al espectáculo mientras el déficit crece y el mundo sigue girando. No sé si esto es el fin de su romance o solo un capítulo más de esta telenovela barata, pero una cosa está clara: cuando dos narcisistas chocan, el estruendo es ensordecedor.

