«Desbancarizados» e «inclusión financiera» son palabras que me sacan de quicio, que me hacen querer tirar el móvil contra la pared. Suenan a esperanza, a un mundo donde los olvidados por fin tienen su sitio, pero son veneno disfrazado de caramelo. Son el grito de guerra de empresas cripto y no cripto que, de repente, han descubierto que los pobres existen y, sorpresa, son un filón de clientes. No es una cruzada por la justicia; es una colonización moderna, un asalto a los marginados envuelto en apps de colores y discursos de buen rollo. Estoy hasta las narices de esta hipocresía
Desbancarizados: los nuevos nativos del capitalismo
La palabra «desbancarizados» convierte a los pobres en una especie de tribu exótica, como si acabaran de encontrarlos en una selva. De repente, el frutero de la esquina, la limpiadora que se parte el lomo, el agricultor que nunca pisó un banco, son las estrellas de una epopeya tecnológica. ¡Vamos a salvar a los desbancarizados!, vocean las startups mientras levantan millones en rondas de financiación, como si fueran héroes de una película de Hollywood.
Las DeFi son el casino del capitalismo digital dice Karl Marx en Token2049
Pero, ¿quiénes son estos desbancarizados? Son los de siempre, los que el sistema lleva siglos dejando tirados: los que viven en el quinto pino, los que no tienen DNI, los que no existen para el Estado. Y ahora, como por arte de magia, son el objetivo de apps que prometen libertad financiera.
Las criptoempresas te venden soluciones que parecen sacadas de un capítulo de Black Mirror. Necesitas internet estable, un móvil caro y un doctorado en ciberseguridad para no perderlo todo en un hackeo. ¿De verdad creen que alguien sin luz en su casa va a gestionar una wallet en una blockchain que colapsa cuando hay mucho tráfico? ¿Que una persona que apenas sabe leer va a esquivar un phishing? Es un mal chiste.
Bogart, el CEO de un exchange cripto en Casablanca
Y los neobancos no se quedan atrás: te ofrecen «acceso»con una sonrisa, pero ese acceso es una trampa. Cuentas que te crujen con comisiones ocultas, préstamos con intereses que te esclavizan, apps que te empujan a gastar lo que no tienes. Esto no es salvar a nadie; es convertir a los olvidados en un número más en tu base de datos. Los «desbancarizados» no son personas para estas empresas; son una gráfica para fardar ante inversores. Es el capitalismo de siempre, pero con WiFi y un discurso que apesta a falso.
Inclusión financiera, un lazo bonito
Si «desbancarizados» me saca de quicio, «inclusión financiera» me hace hervir la sangre. Es la mentira más gorda, la más descarada. Suena a un mundo donde todos tienen una cuenta, un préstamo, una oportunidad, como si las empresas hubieran tenido una epifanía y decidieran que los pobres merecen dignidad.
Pero no es dignidad lo que dan; es una soga disfrazada de salvavidas. En el mundo cripto, te sueltan que una app de DeFi o un token va a cambiar la vida de alguien que malvive con un euro al día. ¿En serio? ¿Una persona sin electricidad va a navegar una blockchain que se atasca en cuanto hay jaleo? ¿Alguien que no sabe leer va a proteger su monedero de un timo digital? Es como darle un cohete a quien no sabe encender una vela y esperar que conquiste la galaxia.
Gordon Gekko en 2025: «El Cripto es el Nuevo Wall Street»
Las empresas no cripto son iguales. Neobancos y fintech te ofrecen cuentas gratis que te sangran con comisiones por cada movimiento, préstamos instantáneos con intereses que te entierran hasta el cuello, tarjetas que te incitan a gastar lo que no tienes. Esto no es inclusión. Es explotación con un lazo bonito.
Es invitar a alguien que se muere de hambre a un banquete, pero cobrarle el tenedor, el plato y hasta el aire que respira. Y mientras, las empresas se dan palmaditas, sacan informes de «impacto social» y se hacen fotos en conferencias de Dubai o Davos, donde todos aplauden su visión. Es una puñalada a los que de verdad están jodidos, un insulto envuelto en papel de regalo que me pone de los nervios.
La misma estafa, distinto decorado
Este guión no es nuevo. Hace siglos, los colonizadores llegaban con cruces y espejos para deslumbrar a los nativos. Hoy, llegan con apps color pastel, contratos inteligentes y tokens regulados. Hablan de impacto social y “descentralización, pero cierran sus tratos en áticos de Miami, Milán o Nueva York.
La forma ha cambiado, pero el fondo es el mismo: el dinero busca más dinero. Siempre lo ha hecho. Lo que antes necesitaba sucursales y montañas de papeles ahora se resuelve en un clic. Pero no te equivoques: no es por ti, no es por los desbancarizados. Es por ellos, los que siempre ganan.
No digo que no haya beneficios. Está bien que una remesa llegue en segundos, que un pago no pase por mil manos. Pero que no me vendan este saqueo de nuevos mercados como una misión de almas puras. Los que ganan son los de siempre: los que saben jugar, los que tienen los contactos, los que escriben las reglas. Es el mismo timo de siempre, solo que ahora lleva un logo moderno y un discurso de salvador que da ganas de vomitar.
Un antídoto contra el engaño
La verdadera inclusión no viene de una app ni de un token. Viene de educación, de infraestructuras, de políticas que no se queden en titulares. Pero eso no da likes, no llena conferencias, no atrae inversores. Así que seguiremos oyendo estas palabras, viendo cómo las empresas se forran mientras juran que están salvando el mundo. Y yo seguiré cabreada, gruñendo cada vez que lea inclusión financiera en un tuit o escuche desbancarizados en un panel de listos.

