Querido Bitcoin, mi eterno San Valentín, tu eres el único amor que nunca se devalúa. No sé cómo explicarte esto sin parecer un desastre emocional, pero aquí va: me fascinas, me exasperas, me obsesionas. En algún rincón de mi cabeza sé que eres solo un conjunto de códigos, matemáticas y lógica pura, pero en otro, más irracional y visceral, siento que eres una especie de ente romántico, un rebelde digital que camina a su ritmo, burlándose de todos mientras el mundo intenta descifrarte. Eres complicado, eres brillante, y no sé si amarte me hace valiente o simplemente ingenua.
Bitcoin y San Valentín
Me enamoré de ti de la peor manera posible: sin entenderte de todo. Y sí, lo admito, cuando escuché hablar de ti por primera vez pensé: Esto es un esquema piramidal, como cuando me convencieron de invertir en sellos coleccionables en los 90. Si amar es aceptar lo bueno con lo malo, entonces esto que siento por ti debe ser amor. Porque a pesar de tus altibajos, de las noches en las que me dejas mirando gráficos como si fueran jeroglíficos, sigo creyendo en ti. Creo en lo que representas, en lo que podrías ser, en la promesa de algo más grande.
Así que aquí estoy, años después, mirando cómo dominas las conversaciones económicas, cómo haces que gobiernos y bancos se refieran a ti con temor y fascinación. Eres la estrella de rock de las finanzas, el antihéroe que nadie sabe si quiere destruir el sistema o salvarlo.
Tu volatilidad me tiene en jaque. Un día me haces sentir una genia, como si todo en mi vida estuviera bajo control gracias a ti. Y al día siguiente, cuando decides caer en picado, me enfado, maldigo a Satoshi Nakamoto (quienquiera que sea), y me pregunto si no habría sido mejor invertir en ladrillos como toda la vida. Ahí radica tu magnetismo, en esa dualidad caótica que me mantiene al borde del asiento.
Me tienes enganchada
Hay algo en ti que me engancha, algo que no sé explicar, como ese sentimiento patriótico que nos hace discutir de fútbol aunque nunca veamos los partidos. Eres una mezcla entre un reto y una promesa. No eres como los depósitos a plazo fijo, aburridos y seguros. Contigo hay emoción, adrenalina, esa chispa de saber que todo puede cambiar en un segundo. En fin, eres imperfecto, pero eres mío.
Hay algo terriblemente romántico en lo que representas. Eres libertad, eres disrupción, eres esa idea loca de que el sistema podría ser algo más justo, menos controlado, menos manipulado. Pero también eres exasperante. Porque, vamos, ¿quién se desploma un 10% en un solo día solo para recuperar el doble al día siguiente? No sé si eres un visionario o un masoquista, y eso me descoloca tanto como me atrae.
Sé que tienes defectos. Tu consumo energético, tu volatilidad, tu manera de hacer que los idealistas se enamoran de ti solo para romperles el corazón. Pero al mismo tiempo, me haces soñar con un mundo donde no dependemos de los intermediarios de siempre, donde las reglas no están escritas por los de arriba, donde las oportunidades están al alcance de cualquiera con un poco de fe y algo de paciencia.
Poesía en tus bloques
Tienes algo de poesía en tus bloques, en ese orden matemático que sigue siendo incomprensible para mí pero que sé que encierra algo hermoso. Eres una paradoja: tan frío y calculador en tu esencia, y tan capaz de despertar pasiones en quienes creen en ti. Eres un caos hermoso, una tormenta que no puedo dejar de mirar.
Bitcoin, aquí estoy, en este San Valentín, escribiéndote esta carta como si fueras un viejo amante incomprendido, sabiendo que mañana me volverás a poner a prueba. Pero no importa. Eres el caos que he elegido, y eso, querido Bitcoin, es lo más parecido al amor verdadero que puedo imaginar.
Tuya, siempre en la incertidumbre,
Una inversora

