Para convertir a la IA en nuestro asesor, hay que enseñarle cómo somos
Para convertir a la IA en nuestro asesor, hay que enseñarle cómo somos

Para convertir a la IA en nuestro asesor, hay que enseñarle cómo somos

La inteligencia artificial (IA) puede ser representada de muchas formas. Como algo cercano que resuelve nuestras dudas más inmediatas, tipo asistentes de voz como Siri o Alexa. Pero también como ese monstruo que nos sitúa en clave de riesgo existencial. Se ponen así, juntos, el poder asistencial y el riesgo existencial. Un material profundo para filósofos hegelianos en busca de dar sentido a nuestro ser universal. Es decir, en el cómo nos representamos la IA está intrínsecamente implicado cómo nos representamos a nosotros mismos. Somos una especie narcisista. Pero, por ello y dejando a un lado la pretenciosa reflexión de altos vuelos, se puede dar cierta vuelta al argumento anterior: la IA puede ayudarnos a construir nuestra identidad personal. Al menos, a cómo nos presentamos ante los demás.

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La IA como asesor

Para convertir a la IA en una especie de continuo asesor, hay que enseñarle cómo somos. Para evitar que en tal enseñanza del cómo somos se cuele la -humanamente comprensible- expectativa de quién queremos ser, hemos de introducir lo que llamaríamos nuestra base de datos personales. Comprende tanto datos de esos que se consideran objetivos, porque tienen su apoyo en un registro oficial o certificado, como más emocionales o personales.

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Aunque las posibilidades de su variedad y cantidad podrían rozar lo infinito, hemos de asumir que, cuando nos miramos a nosotros mismos, somos bastante limitados. Entre el primer tipo de datos: edad, estudios, profesión, cargo, lugar de residencia y un largo etcétera, que incluye varias fotografías actualizadas de nosotros mismos desde diversas perspectivas. Importante incluir, aunque puede ser algo pesado por el detalle que requiere, nuestro armario. Es decir, la ropa de que disponemos, con todos sus complementos. La introducción de estos datos puede hacerse mediante fotografías de las distintas prendas y elementos. Pero ¡atención! aquí los detalles importan. Son los que marcan la diferencia y, por tanto, la significación: el valor signo.

¿Qué me pongo?

Entre los otros tipos de datos, considerables más subjetivos: preferencias de colores, materiales o estilos. En buena parte, tendría que haber cierta coherencia entre estos datos y los introducidos con referencia a su presencia actual entre el vestuario de nuestro armario. Pero la coherencia en nuestros días no se encuentra entre las primeras necesidades.

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A partir de ahí, cada día, cuando nos levantamos, podemos preguntar a la IA qué nos ponemos. Tendrá en cuenta las condiciones meteorológicas previstas y nuestra agenda, si es que la tenemos conectada a la misma. Así, nos podrá aconsejar. Incluso ofrecer, mediante imágenes con nuestro cuerpo-avatar, distintas alternativas para el día.

Como resulta fácil deducir, para obtener tal comodidad se hace necesario un primer esfuerzo para la constitución de esa base de datos personal, que iría actualizándose con las adquisiciones que vayamos haciendo. Si no es así, la capacidad de consejo de la IA es bastante limitada.

Pongamos que se le pregunta “¿Qué me pongo hoy?” y sólo dispone de la información meteorológica (nublado, 15 grados de media durante el día) y de la presente en la agenda (reunión ejecutiva dentro de la entidad donde trabajo, por lo que no se viajará fuera de la ciudad). Entonces, su recomendación se limita a: 1) traje de colores clásicos, como azul marino, gris o negro, limpio y planchado; 2) camisa blanca o azul, asegurándose de que esté bien planchada y el cuello y los puños en buen estado; 3) corbata de colores sólidos y patrón discreto; 4) zapatos de colores oscuros, limpios y pulidos; 5) gabardina o abrigo largo; 6) accesorios discretos, como reloj elegante y cartera de cuero; 7) bien peinado y usando una fragancia muy suave.

Es decir, si no tiene más información sobre nosotros, se limita a una recomendación bastante estandarizada que, después, tendríamos que concretar mirando a las posibilidades de nuestro armario.

Para finalizar, consciente del carácter poco concreto de la información que nos ha dado, añade la IA, poniéndote el gancho de su potencial: “Si proporcionas más información sobre tus preferencias y circunstancias específicas, puedo ofrecerte una recomendación más precisa. ¡Espero que tengas un buen día!”. Pues eso: ¡Espero que tengas un buen día!

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