Al pensar en la IA tal vez lo que nos da más miedo es que cambie nuestra forma de pensar. Y es lo que ya está haciendo aceleradamente. En especial, en el campo social al que en mayor medida atribuimos la práctica del pensamiento, como es el de la ciencia. Algo que es eso, pura representación social, puesto que es imposible dejar de pensar.
Cuando alguien nos responde que no piensa en nada, ante la pregunta sobre en qué está pensando, es que miente y que lo que está haciendo es decirnos que no quiere revelarnos en qué está pensando. Buenos, pues a la ciencia, aún le está menos permitido el que deje de pensar y, sobre todo, que deje de pensar a lo grande. Hasta la incertidumbre la piensa a lo grande, cuando parecía que su papel era el de reducirla.
La IA cambia nuestra forma de pensar
Los recientes Nobel en Químicas son ya una muestra del cambio de la práctica de pensar con la IA. Demis Hassabis, John Jumper y David Backer ya no son los científicos que observan y observan empíricamente, convirtiendo en datos los registros de sus observaciones de, por ejemplo, elementos químicos, en la realidad del laboratorio físico, para, después, acudir al modelo de IA que tienen en el ordenar y analizar los registros buscando patrones entre todos los datos previamente registrados.
Premios Nobel de 2024 para la IA
No. Son científicos que primero buscan potenciales patrones de comportamiento creando “nuevos elementos”, inicialmente solo virtuales; para, después, verificar su comportamiento entre las paredes del laboratorio edificado. Es la IA la que pone sobre la mesa las condiciones de posibilidad de nuevas proteínas, nuevos materiales, etc.
Tal vez la IA no cree; pero pone a las puertas de la creación. Tal vez la IA no piense, aunque la denominamos inteligencia. Pero, al convertirse en instrumento fundamental para pensar, tal vez nos esté pensando. Reflexionemos sobre cómo han cambiado nuestras formas de recordar desde que tenemos siempre a mano, en el teléfono móvil, el buscador de internet. La mayoría de las veces acudimos a ese buscador al más mínimo retardo de nuestra memoria. Y, así, seguramente el ejercicio de la memoria se va relajando.
Es internet y sus buscadores los que la ejercen. Reflexionemos, también, sobre cómo ha cambiado nuestra forma de orientarnos. Antes, cuando íbamos a destinos desconocidos, utilizábamos un mapa o, incluso, lo memorizábamos o nos grabábamos las indicaciones que alguien nos había dado. Ahora, ni mapas, ni preguntas, usamos la respectiva aplicación. Basta con pararse un momento en los lugares más transitados de las ciudades turísticas: cada grupo andando tras alguien que está mirando un móvil.

