La industria de las criptomonedas no se detiene, pese al caos regulatorio de los países

La mayor parte de los gobiernos del planeta tiene apuntada en la agenda el objetivo de regular las criptomonedas. Los de los países más fuertes, poco a poco han ido deslizando algunas normas al respecto. Estos son los que lo hacen en solitario. Otros, los más, están esperando a tomar ejemplos y apuntar los efectos de quienes ponen la regulación en marcha. Puede hablarse de estos como las regulaciones colectivas. Es el caso de los países de la Unión Europea. También paulatinamente se van deslizando normas, con exclusiva motivación fiscal, de manera que no se convierta la economía de los bienes digitales en una vía de escape para el leviatán fiscal. Algunos dan bruscos bandazos, como Kazajstán, ayer paraíso atractivo para la minería cripto; hoy, puestos en el centro de la mirilla del gobierno del país asiático para lograr un mayor equilibrio del presupuesto estatal. Lo mismo ocurrió con China, que pasó de impulsar la minería a hacerla prácticamente imposible.

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Regular las criptomonedas

Parece un poco como lo de los establecimientos “dog friendly”. Es decir, hay países que facilitan el uso de las criptomonedas e incluso lo tienen regulado de una manera motivadora. Son los países “crypto friendly”. Sus gobernantes son conscientes del, a su vez, ecosistema de innovación que puede crearse a partir del propio ecosistema cripto. Otros muchos países no tienen puestos el cartel de “crypto friendly”. Pero eso no impide que las criptomonedas sigan circulando y fluyendo. Lo mismo que los canes circulan por las calles, aunque no haya establecimientos “dog friendly”.

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Las criptomonedas siguen circulando y se siguen “acuñando”. En la minería, claro está. Para la obstaculización o incluso la prohibición de la práctica de la minería cripto se establecen principalmente argumentos medioambientales, por su gasto de energía. Un gasto energético que lleva incluso a apagones en los alrededores. Esto es debido a la confluencia de, por un lado, una energía relativamente barata para los ciudadanos, en comparación con otros países, y, a la vez, infraestructuras de redes de distribución energética bastante deficitarias.

Participar en los beneficios de la minería

No obstante, el argumento del gasto energético tiende a sonar un tanto peregrino en muchas de las ocasiones, ya que ya se conocía el mismo cuando se atraía la instalación de granjas de minería. Parece más un ejercicio de control y de deseo por parte del estado de participar en mayor medida de los beneficios de la propia minería. Es lo que ha ocurrido en Kazajstán, donde fuentes gubernamentales han señalado la idea de una imposición fiscal a los mineros de Bitcoin (BTC). Una tasa en función del valor de la criptomoneda acuñada. La idea es sorprendente y genera muchas preguntas sobre cómo se hará.

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Este inicial foco en la minería puede compararse al de los bienes inmobiliarios en la economía tradicional. Como son los más controlables y los que no pueden fluir o esconderse, las medidas fiscales se ceban sobre ellos. Pues la minería de las criptomonedas parece llevar al mismo destino de ser el pimpampum de la economía digital. La diferencia es que los mineros emigran a otros países más favorables, en cuanto las condiciones para su actividad se vuelven inaguantables. La propiedad inmueble, mientras no se admita la roulotte como tal, queda fijada a un espacio para seguir generando tasas.

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Un lenguaje global

Más allá de la mayor inclinación u oposición de los distintos estados a regular las criptomonedas, parece bastante evidente la dificultad para su regulación desde una perspectiva nacional. Toda regulación de carácter nacional puede ayudar. Es decir, puede favorecer el uso de las mismas. También puede entorpecer tal uso. Pero regulaciones prohibicionistas o excesivamente controladoras parece que llevan el sello del fracaso. Mientras tanto, entre la espera y el caos regulatorio, en el que cada país va por un lado, como si la circulación de criptomonedas no hablase un lenguaje global, el de la interconexión planetaria a través de internet.

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Por Javier Callejo

Catedrático de Sociología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Licenciaturas en Periodismo y Derecho

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