Melena al viento y cara de no creerse del todo lo que hace en Santander, Joaquim Matinero, uno de los abogados cripto más reconocidos de España y probablemente el único capaz de cruzar un pleito y un afterwork sin despeinarse, llega a la capital cántabra siguiendo la pista de una propina en Bitcoin.
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La bahía está en plan pavoneo. Los yates relucen como si los hubieran encerado con lágrimas de millonario arrepentido y las señoras pasean con ese aire de «a mí me invitan a Saint-Tropez, pero prefiero quedarme aquí». Así, entre tanto postureo veraniego, aparece Matinero.
Una propina en Bitcoin
Luce su melena lisa suelta, de esas que, pese a la humedad del Cantábrico, permanecen ajenas al encrespamiento. Camisa blanca abierta como si el tercer botón fuera un invento burgués prescindible, gafas de pasta que podrían salir en un remake de Manhattan y una seguridad que te dan ganas de invitarle a lo que sea aunque no sepas quién es.
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Matinero no viene a ligar (o no oficialmente). Lo han traído para resolver el misterio de una propina en Bitcoin que un camarero del Hipódromo de Mataleñas recibió hace años del grupo CryptoCantabria, cuando el BTC costaba lo que hoy cuesta una ración de rabas con dos cervezas en una terraza con vistas.
El camarero vive en Liencres
El camarero, inocente o visionario, guardó aquel QR como quien guarda un posavasos con el número de un gimnasio al que nunca irá. Y aquí entra Ordax, uno de los fundadores de Cryptocantabria presentes aquel día, que lo cuenta con la precisión de un whitepaper y la guasa de una sobremesa: «Si aquel camarero la hubiera cobrado, hoy tendría unos 10.000 euros. En abril de 2014, el BTC estaba a 444 dólares, bajando del primer bullrun que lo llevó a 1.100 en enero. Aquellos 30 euros de propina, guardados en Bitcoin hasta hoy, valdrían unos 10.800 dólares o 9.850 euros». Los veteranos del cripto siempre recuerdan la anécdota de las pizzas de Bitcoin. En Santander, la versión local se sirve con anchoas y con ruido del cantábrico de fondo.
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Matinero trabaja el caso con un método científico muy suyo: sentado junto a la bahía, copa de Yenda Spicata de Castillo Pedroso en mano, revisa la blockchain como quien hojea la programación de la Filmoteca esperando un ciclo de Bogart. La ciudad arde de rumores. Que si ya localizó al camarero y este vive discretamente en Liencres. Que si se cruzó con Ana Botín en un paseo por el Sardinero y acabaron hablando de tokenizar el Palacio de la Magdalena. O que si todo esto es la excusa perfecta para rodar un documental de Netflix titulado «Satoshis y Anchoas».
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Ana Botín en Cañadío
Al día siguiente, al caer el sol, Joaquim Matinero apareció paseando por el Paseo Pereda con su melena impecable, aire de Al Pacino en «Esencia de mujer» y mirando los reflejos de los veleros como si fueran gráficas de bitcoin en verde. Esa noche, Ana Botín entró en Cañadío. Nadie sabe si se vieron, pero la camarera recuerda haber oído la frase más repetida del verano: «Otra copa de Yenda Spicata, por favor».

