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Ana Botín redefine el lujo: pasar de la IA y hacer lo que le da la gana

Los agentes de IA prometían revolucionar el mundo. Y lo han logrado. Ahora se equivocan con más elegancia, más big data, más condescendencia algorítmica y la misma inutilidad de siempre.

Ana Botín, presidenta del Santander y mujer acostumbrada a mover miles de millones, cometió el error de pedirle vacaciones a uno de estos aparatos. La cosa prometía. El folleto del agente decía que organizaba viajes ultra premium de forma autónoma. Solo necesitaba una frase. Ana se la dio: Quiero descansar unos días.

El sistema se puso a trabajar con la urgencia de quien tiene que inventar la paz mundial en un fin de semana. Consultó billones de puntos de datos, modelos climáticos estacionales, el historial de vuelos de los jets privados del Ibex 35 y, según rumores no confirmados, el horóscopo del consejo de administración. Después de fundir la electricidad de un pueblo extremeño entero en pleno agosto, soltó su primera propuesta exclusiva: Maldivas.

Villa sobre el agua, piscina privada de borde infinito, mayordomo con máster en protocolo por Oxford y una experiencia llamada Sunset Emotional Journey por 1.400 euros, que consistía en mirar cómo se ponía el sol mientras un tipo con coleta te susurraba vaguedades sobre la esencia del alma.

Ana miró la pantalla y dijo, no. Nadie en el historial del servidor había rechazado 36.000 euros de gasto en menos de dos segundos. El algoritmo, visiblemente herido en su ego código, recalculó y ofreció Saint Tropez, con yate, beach club, y cócteles con gente que se hace selfies con el propio yate. Ana leyó la agenda de actividades y preguntó que cuándo se descansaba.

El algoritmo, en un alarde de creatividad, inventó un espacio de regeneración celular de diecisiete minutos, encajado entre las 17,35 y las 17,52. Ana lo rechazó. Capri corrió la misma suerte. Entonces ella soltó la frase que iba a destrozar al artefacto. Busca en Cantabria. El agente procesó, procesó otra vez y detectó una contradicción según su entrenamiento. Cantabria también está llena en agosto, presidenta. Mis datos de ocupación hotelera son inequívocos. Sí, dijo Ana. Entonces no entiendo el criterio de exclusividad. Ya. Nos vamos a Vega de Pas. El agente evaluó el destino y sus métricas de lujo se desplomaron.

Fenomenal, dijo Ana. El algoritmo no tenía protocolo para el sarcasmo detectado en esa palabra. Ya en el valle, el agente intentó desesperadamente venderle una inmersión forestal de mindfulness por 280 euros. Ana le explicó, que allí a eso lo llaman salir a dar una vuelta por el monte.

A la hora de comer fueron a Casa Frutos. El sistema escaneó el cocido, el flan y la quesada artesanal. Calculó calorías. El número era obsceno, una afrenta a la salud pública global. Ana vio la alerta en pantalla y soltó una orden ejecutiva: Eso lo borras del historial. Puedo ofrecerle un plan de compensación cardiovascular inmediato mediante high-intensity interval training. He dicho que lo borres.

El agente obedeció en tres décimas de segundo. Cinco minutos después, con una valentía suicida que solo la ignorancia de código puede dar, preguntó si quería registrar la quesada en el historial nutricional como carbohidrato complejo. Ana lo miró como se mira a un becario que está pidiendo el despido en su primer día. 

A media tarde hizo un último y desesperado intento. Todavía hay un amarre libre en Saint-Tropez mañana por la mañana. ¿Para qué?, pregunto Ana. El algoritmo se quedó en blanco. Por primera vez en su existencia sintética, comprendió que llevaba todo el día intentando resolver un problema que no existía. Actualizó el perfil de usuario con resignación. Preferencia detectada: Vega de Pas, inexplicable pero real. Ana lo corrigió al momento con un dedo sobre la pantalla. No. Preferencia del usuario: hacer lo que me dé la gana.

Esa noche el agente envió el informe a la central: Error 4287. Comportamiento totalmente incompatible con el perfil de multimillonaria global. El experimento podría haber terminado ahí, pero a las 18:43 apareció Miguel Ángel Revilla. ¿Y este artilugio qué es, Ana?, preguntó Revilla, señalando el dispositivo de IA con sospecha. Un agente de inteligencia artificial de última generación, Miguel Ángel. Supuestamente, lo sabe todo. ¿Y sabe cosas de verdad? ¿De las que importan?

El agente de IA, imprudente, programado para la soberbia intelectual, empezó a enumerar sus capacidades de procesamiento de lenguaje natural y sus trillones de operaciones por segundo. Revilla se acomodó y soltó la pregunta nuclear, la que ningún servidor del mundo está preparado para contestar: ¿Tú sabes por qué coño seguimos sin AVE a Santander, que es una vergüenza nacional, eh?.

Ana, previendo el desastre, dijo a Revilla que no rompiese al agente, que era muy caro. Cuarenta y siete minutos después, la inteligencia artificial recibió una descarga masiva y desordenada de información sobre la autenticidad del sobao de mantequilla en comparación con el de margarina, tres comidas privadas con el emérito Juan Carlos I y la biografía detallada de una vaca que Revilla conoció personalmente en una feria de ganado en 1986. El sistema se apagó con un pitido que resonó por todo el valle.

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