Vuelve agosto. Vuelven las olas, las rabas en la terraza, las eternas colas para aparcar y las inevitables fotos de pies con el mar Cantábrico de fondo. Y, por supuesto, vuelve nuestra sección: Criptocelebrities 2026. Si el verano pasado convertimos Cantabria en el gran destino vacacional de la industria cripto, este año la historia da un salto evolutivo. O involutivo, según se mire.
Criptocelebrities 2026
Este es el verano de los Agentes de IA. Los grandes laboratorios de Silicon Valley y los principales protocolos blockchain han decidido desplegar a sus agentes inteligentes en Cantabria, el lugar más imprevisible que han encontrado para ponerlos a prueba. Que aprendieran a desenvolverse en un entorno complejo, absorbieran conocimiento local y perfeccionaran su capacidad de decisión autónoma, parecía una idea brillante sobre el papel. Vamos, lo que los ingenieros denominan una simulación de alta complejidad.
Así, durante este agosto que empieza hoy veremos a agentes de IA intentando cuadrar presupuestos en stablecoins, reservar mesa en el chiringuito de El Puntal sin que les cuelen la que está cerca de los baños, calcular la hora perfecta para bajar a la playa sin encontrarse a media Comunidad de Madrid y estudiar qué activo del mundo real queda todavía por tokenizar. La cosa estará entre un prao o una vaca tudanca.
Según nos dicen desde California, todo parecía ir razonablemente bien, hasta que los modelos descubrieron dos variables que ningún laboratorio había incluido en el entrenamiento: Ana Botín y Miguel Ángel Revilla. Porque por muy sofisticado que sea un modelo, por muchos billones de parámetros que procese o por muy autónomo que presuma ser un agente inteligente, en Cantabria nadie opera sin superar antes la auditoría del comité regulador formado por Revilla y Botín.
Botín, la anomalía del sistema
Botín ejercerá, un verano más, como la principal anomalía del sistema. Mientras los agentes de IA dedican millones de operaciones por segundo a decidir si el Bizum necesita blockchain para existir, ella ya ha pagado la cuenta, ha dejado propina y va por el café. Revilla, por su parte, seguirá actuando como el mayor test de estrés jamás diseñado para un modelo fundacional. Ningún laboratorio ha conseguido todavía desarrollar una inteligencia artificial capaz de sobrevivir a una conversación sobre anchoas, el AVE, el sentido común y Cantabria sin solicitar un reinicio del sistema.
¿Sobrevivirán los agentes de optimización de rutas a un fin de semana en Liencres o terminarán concluyendo que el tráfico de agosto es un fenómeno que contradice las leyes de la física y las recomendaciones de Google Maps?. ¿Conseguirá un bot de recomendación turística escapar del laberinto de Villapresente antes de que Revilla le explique, por tercera vez y sin haberlo preguntado nadie, cómo habría resuelto él las conexiones ferroviarias con Madrid?. ¿Será capaz un agente financiero de calcular el precio justo de una ración de rabas cuando en la mesa de al lado cuatro cántabros llevan cuarenta minutos discutiendo cuál es el mejor bar para rabas y todavía no han pedido?
En Criptocelebrities en Agosto, este año los protagonistas no son los humanos. Son los agentes sintéticos intentando descubrir que en Cantabria la verdadera inteligencia no está en los datos, sino en saber cuándo creer ciegamente al camarero que se acerca a la mesa y dice: «Pida lubina. Es de aquí. La pescó el hijo de la cocinera anoche». A partir de ese momento, cualquier algoritmo deja de hacer preguntas.

