Esta semana la IA (inteligencia artificial) nos ha dado malas noticias. Como si hubiese el chico bueno nos hubiera rebelado su cara oscura, llenándonos de disgustos. Por un lado, varias voces de dentro de los que están diseñando y compitiendo por el desarrollo de la IA, que nos avisan del peligro autodestructivo al que aceleradamente nos acercamos.
Voces que han llegado hasta el CEO de Anthropic, Dario Amodei, que vuelve a reclamar una desaceleración del propio desarrollo de la IA, para no entrar en el terreno de lo descontrolado. Frente a tal cuadro apocalíptico, la otra fuente del disgusto de la IA de esta semana parece menor. Sin embargo, nos sumerge de lleno en la forma de funcionamiento y la lógica de explotación que ha puesto en marcha la IA, tal como está siendo concretada.
¡Qué escándalo, la IA nos roba ideas!
Se trata de la acusación de robo, por parte de OpenAI, de ideas originales de matemáticos que llevaban años trabajando, para ofrecer la resolución del problema de Navier-Stokes, que era uno de los grandes desafíos de la ciencia matemática. Ahora bien, parece como si hubiera entrado de nuevo el capitán Louis Renault -interpretado por Claude Rains en Casablanca (1942)- para decir sarcásticamente con su peculiar cinismo: ¡La IA nos roba las ideas! ¡Qué escándalo!
Todos sabemos que la IA se alimenta de las ideas y los contenidos de otros. Alimentar puede considerarse un eufemismo de robo, si tal apropiación e incorporación de las ideas y contenidos de otros se hace sin permiso de sus creadores, ni, por supuesto, compensación alguna a los mismos. Es lo que hace la IA. Pero aquí viene la base cínica: después todos nos alimentamos de lo que se ha alimentado la IA. Entonces, alimentación es un poco menos eufemismo de robar.
OpenAI anunció esta semana que uno de sus sistemas de IA había encontrado una solución al problema de Navier-Stokes, uno de los siete Problemas del Milenio, que llevaba decenios sin solución, a pesar de que la misma llevaba un premio de un millón de dólares. Un incentivo que ha impulsado el trabajo de numerosos cerebros. Para ello, según las informaciones desde la corporación, utilizó unos diez mil agentes de IA durante unas 88 horas.
Tristan Buckmaster
El brillante notición apareció rápidamente empañado. En primer lugar porque es evidente, según los expertos, que la solución de OpenAI se apoya en una idea matemática desarrollada previamente por los matemáticos españoles Córdoba y Martínez-Zoroa. Para ello, habían diseñado una nueva estrategia -denominada cascada de vorticidad- para abordar la solución del problema.
Ahora bien, quien puso el grito en el cielo, con fuertes acusaciones, fue el matemático de la Universidad de Nueva York Tristan Buckmaster. También llevaba tiempo trabajando en el problema y sostiene que OpenAI se comportó de forma poco ética al entrar en una especie de carrera para publicar primero y, además, utilizar potencialmente información a la que había tenido acceso a través de conversaciones o interacciones previas con herramientas de OpenAI.
Buckmaster afirma que OpenAI se puso en contacto con él y con su colaborador Levent Alpöge, que trabajaba en Anthropic, y que hubo conversaciones sobre una posible colaboración. Según Buckmaster, OpenAI habría querido que él se incorporara a su proyecto, pero sin poder llevarse consigo a Alpöge. Buckmaster rechazó la propuesta. Poco después, OpenAI anunció su solución.
Los científicos humanos
Desde OpenAI contestan que una cosa es la idea o estrategia para solucionar el problema y otra dar con la solución. Es como decir que las informaciones de noticias, “reportajes” y otros contenidos que diariamente dan las IA es distinto a los contenidos e informaciones de los que se alimenta (eufemismo) porque les da otro toque, un toque final de “resumen y articulación personalizada”.
Ahora los profesionales de las matemáticas están discutiendo sobre qué relaciones han de tener con las corporaciones que están desarrollando la IA y cómo utilizar concretamente la IA. Entre otras cosas temen que vuelva a suceder lo acontecido esta semana: hablan o publican sobre lo que están trabajando, todavía en fase de desarrollo, y la empresa de IA asume los objetivos y pone a funcionar sus agentes a toda marcha, para adelantarse a los potenciales hallazgos de los científicos humanos.
Los profesionales de la principal ciencia que está detrás del desarrollo de la IA se convierten también así en sus víctimas. Se les ha hecho tomar de su propia medicina. Y es que la lógica de explotación de la información y la creación que se ha puesto en marcha con la IA, de la mano de los matemáticos, afecta a todos. Incluidos los matemáticos.

