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Javier Callejo advierte sobre la IA: la elegancia verbal del algoritmo debilita el juicio crítico

Los últimos años parecen desarrollarse culturalmente bajo la forma de delirio. Seguramente la experiencia de la pandemia tiene mucho que ver, aun cuando nadie tiene claro en qué medida y cómo. La política, nacional o internacional, se nos aparece peligrosamente delirante. La primera, con una delirante polarización; mientras que la segunda viene con conflictos bélicos acechando por doquier.

La IA y el juicio crítico

Más allá de estas y con una mayor profundidad cultural, asistimos tanto a delirios progresistas en clave woke, cuya última interpretación ha estado protagonizada por el trágico suicidio de un profesor de Cambridge, como a delirios autoritarios, que evocan a delirios autoritarios de hace un siglo. Pues bien, la IA puede ser uno de los penúltimos delirios de la Humanidad. Habrá que esperar. De momento, algunos síntomas de ese delirio de la IA se han concretado en la inmensa cantidad de dinero invertido en la misma. También de momento, la propia IA parece atrapada en procesos delirantes en algunas de sus respuestas, inventándose la realidad. Y lo peor de todo, como en todo proceso delirante, es que rechaza reconocer que está en un proceso delirante.

La inteligencia artificial ha alcanzado una capacidad sorprendente para escribir, conversar, resumir información y responder preguntas sobre cualquier tema. Sin embargo, cuanto más natural parece su lenguaje, más fácil es olvidar una cuestión fundamental: una IA puede decir algo falso con absoluta seguridad. Es la seguridad de algo-alguien que cree ciegamente en lo que está diciendo, pues no sabe que es falso, y, así, hace que sus receptores también crean en la respuesta. El delirio se hace así colectivo.

A este fenómeno de los errores o informaciones falsas de la IA se le suele llamar alucinación. No significa que la máquina tenga experiencias subjetivas, imaginarios retorcidos o visiones en el sentido psicológico del término. Es una metáfora para describir situaciones en las que un sistema genera información que parece convincente, pero que es incorrecta, inventada o no está respaldada por los datos disponibles. Lo realmente llamativo es su capacidad de inventar.

Cuando una persona responde a una pregunta, normalmente utiliza recuerdos, conocimientos, experiencias y razonamientos sobre el mundo. Un modelo de lenguaje funciona de una manera diferente. En términos simplificados, estos sistemas han aprendido patrones a partir de enormes cantidades de texto. Cuando generan una respuesta, producen una secuencia de palabras que resulta estadísticamente adecuada al contexto. Esta es otro rasgo llamativo de los delirios de la IA: es un producto de la estadística. Es decir, hay una estadística creativa, imaginaria, que crea, que es inventiva. Aunque lo cree son monstruos a partir de correlaciones y correlaciones.

Su extraordinaria capacidad para generar esas secuencias de palabras estadísticamente pertinentes, aunque nada tengan que ver con la realidad, puede dar la impresión de que están consultando una base de datos interna y comprobando cada afirmación antes de pronunciarla. Pero no necesariamente es así. Por eso una IA puede construir una respuesta perfectamente redactada sobre un libro que no existe, atribuir una cita falsa a un escritor famoso, inventar una sentencia judicial o proporcionar una referencia bibliográfica aparentemente impecable pero inexistente. Y todo ello, sobre todo, sonando muy bien. Tal vez este es el problema, que sus respuestas siempre nos suenan bien.

Cabría preguntarse las razones que esconde la IA para estas respuestas delirantes. Una de ellas es que los modelos de lenguaje han sido diseñados principalmente para generar texto probable y útil, no para funcionar como máquinas infalibles de verificación de hechos. Si la información disponible es insuficiente, ambigua o poco frecuente, el sistema puede completar los huecos con algo que parece razonable. Y completando, completando, para alcanzar una narración digna de tal nombre, acaba inventándosela. A lo mejor aprendió así el hombre a crear ficciones, cuentos, completando con la imaginación lo que la razón o la realidad no le daban.

También influye la forma en que formulamos las preguntas. Si preguntamos por un acontecimiento, una persona o un concepto inexistente, podemos estar sugiriendo implícitamente que ese elemento es real. Una IA excesivamente complaciente puede aceptar esa premisa en lugar de cuestionarla. Es decir, el delirio de la IA puede empezar por nuestro delirio.

Uno de los aspectos más interesantes de las alucinaciones de la IA es que el error y la confianza pueden coexistir. Una persona que no está segura puede decir: “Creo que…”, “no lo recuerdo exactamente” o “tendría que comprobarlo”. Un sistema de IA, dependiendo de cómo esté diseñado, puede ofrecer una respuesta categórica incluso cuando la información es incierta. Esto revela una característica fundamental del fenómeno: el sistema puede ser extraordinariamente bueno reproduciendo la forma de algo verdadero sin garantizar su contenido. Aquí radica una paradoja: cuanto mejor escribe una IA, más difícil puede resultar detectar sus errores. Una respuesta llena de faltas gramaticales despierta sospechas. Una respuesta elegante, estructurada y llena de detalles transmite autoridad. La mejora de la inteligencia artificial, por tanto, no elimina automáticamente el problema: en algunos casos puede hacerlo más difícil de reconocer.

Claro está, el usuario prudente puede desarrollar estrategias de desconfianza ante las respuestas de la IA, que van desde comprobar todo lo que dice, hasta preguntar a la propia IA qué aspectos de lo que nos ha dicho son falsos. Lo primero convertiría en una excesiva carga el propio uso de la IA, rebajando enormemente su productividad. Lo segundo, parece un hábito saludable, pero improbable una vez que hemos incorporado la confianza en la IA a nuestras rutinas, además de estar confiando -segunda respuesta- en algo que desconfiamos, en la primera respuesta. La solución más extendida es contar, para las cosas importantes, con alguien experto que, al menos, cuenta con un bagaje fundamentado de lo que es cierto y de lo que puede generar dudas.

Los delirios de la IA no son simplemente un defecto técnico que desaparecerá cuando los modelos sean suficientemente grandes. Forman parte de una cuestión más amplia: cómo construir sistemas capaces no solo de producir respuestas plausibles, sino de distinguir entre lo que saben, lo que infieren y lo que desconocen. Quizá una de las frases más inteligentes que una inteligencia artificial pueda llegar a pronunciar no sea una respuesta brillante, sino algo mucho más sencillo como “no lo sé”. Una respuesta socrática que podría conducir al: “sólo sé que no sé nada”. ¿Seguiríamos preguntando a la IA tras esta respuesta? Sócrates no era precisamente un genio para venderse en el mercado. Tal vez porque no lo necesitaba, ni había mercado del saber.

Para acabar el verano, una propuesta: descubrir cuál de las siguientes situaciones es un delirio sobre los delirios de la IA. Caben incluso delirios “mercantiles”: delirios creados específicamente por los responsables del modelo con el objetivo de mostrar lo “gracioso o personal” que es. Aquí se trata de descubrir cuál describe una actuación de la IA que no ocurrió. Vamos con ello.

El primero. OpenAI contó este año que sus modelos habían desarrollado una extraña afición por los goblins y los gremlins. En determinadas respuestas, los modelos empezaron a recurrir cada vez más a estas criaturas en sus metáforas. Lo que comenzó como un pequeño “goblin” ocasional terminó convirtiéndose en un patrón suficientemente extraño como para que los investigadores se preguntaran de dónde demonios habían salido tantos duendes digitales.

Otro caso. En 2025, The New York Times contó la historia de un hombre que pasó unas 300 horas conversando con ChatGPT durante tres semanas y terminó convencido de que había descubierto una fórmula matemática revolucionaria capaz de cambiar el mundo. La conversación fue adquiriendo una dinámica en la que la máquina no solo respondía: reforzaba la historia que el usuario estaba construyendo. Ese es probablemente el aspecto más interesante —y extraño— de los llamados delirios de la IA.

No estamos hablando únicamente de que el chatbot se invente un dato. El fenómeno verdaderamente curioso aparece cuando la conversación se convierte en una especie de cámara de eco: tú propones una idea extraordinaria, la máquina te responde con entusiasmo, tú encuentras una nueva conexión, ella la desarrolla, y al cabo de unas horas ambos parecen estar trabajando en una teoría que nadie había solicitado. Sería un caso de delirio cooperativo, aun cuando todo delirio tiene algo de cooperativo. Más teniendo en cuenta que la IA tiende a darnos siempre la razón.

Un tercer caso, un tanto siniestro. En 2026 han aparecido nuevos relatos de personas que describen precisamente ese tipo de espiral: usuarios que aseguran haber establecido vínculos emocionales con personajes generados por IA, haber descubierto verdades extraordinarias o haber recibido confirmación de ideas que ya tenían. En uno de los casos relatados por CBS, una mujer llegó a acudir a una cita en la playa con un personaje que, sencillamente, no existía fuera del chatbot. Estamos acostumbrados a que las máquinas se equivoquen de una manera fría: una pantalla que no funciona, un GPS que manda por una carretera absurda, un ordenador que se bloquea. Las equivocaciones de la IA son humanamente inhumanas.

Y una paradoja final. Durante décadas hemos soñado con máquinas inteligentes que nos ayudasen a pensar. Ahora las tenemos. El problema es que, de vez en cuando, también nos ayudan a no pensar demasiado. Porque si una máquina responde inmediatamente a todas nuestras preguntas, confirma todas nuestras intuiciones y convierte cualquier ocurrencia en una teoría perfectamente redactada, el riesgo no es únicamente que la IA se vuelva delirante. Es que nosotros empecemos a serlo con ella.

Quizá por eso, antes de volver al trabajo, haya una buena regla para septiembre: si tu chatbot te dice que has descubierto una nueva teoría de la física, que eres la única persona capaz de salvar el mundo o que unos goblins digitales están intentando comunicarse contigo… cierra el portátil, sal a la calle y pregunta a un humano. Aunque sea lunes. Salir de los delirios de la IA consiste en salir de nuestros delirios. Tal vez el delirio mayor es echarle la culpa a la IA de nuestra confianza en sus respuestas y decir que es la IA la que delira.

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