Libra, la criptomoneda de Facebook ¿amenaza o chivo excusatorio?

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En una entrevista realizada el pasado mes de mayo en Radio 4 de la BBC, Ted Sarandos, máximo responsable de contenidos de Netflix, contestó que el enemigo era Facebook, al ser cuestionado por su principal competidor. Una respuesta un tanto extraña, teniendo en cuenta que no parece que ambas compañías se dediquen a lo mismo.

¿Por qué no apuntó hacia HBO o Disney, por ejemplo, que parecen más propias de su campo de acción? La respuesta sorprende salvo que se asuma que la competencia sea por capitalizar la audiencia mundial, por convertir y apropiarse de toda la población del planeta como audiencia.

Aquí sí existen fuertes puntos de convergencia y encuentro, fundidas en estrategias globales donde los distintos contendientes están estableciendo alianzas para lo que se prevé como la próxima gran guerra de las galaxias mediáticas. Los distintos movimientos empresariales y estatales que se están realizando requieren una especial dedicación, teniendo en cuenta cuál es el papel de blockchain en estos movimientos.

Facebook, el enemigo público

Pero tan apasionante e intrincado asunto no es el foco de este escrito, protagonizado por el continuo señalamiento de Facebook como una especie de “enemigo público”; aunque esa guerra podría estar detrás de las sucesivas declaraciones en contra de la compañía de Menlo Park.

Aquí, entonces, la pregunta es por qué no se señala a, por ejemplo, Google o, en mayor medida, Amazon, como principales enemigos, por parte de una empresa, como Netflix, que se dedica a la distribución de contenidos audiovisuales por streaming. Hay una especie de coro, relativamente concertado, que parece haber puesto a Facebook en la diana de todos los disparos.

No deja de resultar paradójico que la plataforma diseñada para hacer y buscar amigos sea convertida en enemigo generalizado. En el gran competidor de todos. En un principio, de las empresas; pero, como se ha visto en los últimos días, también de los Estados. Parece haber acuerdo en dibujar a Facebook como un modelo empresarial muy eficiente y un proyecto muy abierto, tremendamente atractivo desde el punto de vista económico por su continua superación de límites.

Pero, a su vez, desde cada uno de los campos, se le observa con cierto temor, como una especie de entidad capaz de absorber la mayor parte de los recursos, como ocurre en el campo del sistema de medios de comunicación, capitalizando crecientemente anunciantes y, sobre todo, usuarios, a un coste relativamente bajo.

News Feed, el algoritmo que cambia culturas

El capital simbólico de Facebook quedó muy deteriorado por la filtración del uso que hizo Cambridge Analytica de los datos de más de 50 millones de sus usuarios, para ser utilizados en la campaña electoral de Trump y en el referéndum del Brexit, sin conocimiento, ni, por supuesto, permiso de tales usuarios.

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El escándalo fue mayúsculo y se llegó a hablar del derrumbe de Facebook. El caso es que puso a esta compañía bajo sospecha. Siguiendo su propio lenguaje, recibió pocos “me gusta”. Pero ya desde marzo de este mismo año, la todopoderosa FTC (Federal Trade Comission, Comisión Federal de Comercio, destinada a proteger a los consumidores estadounidenses) lleva a cabo una investigación sobre la compañía, cuyo contenido se mantiene actualmente en secreto.

Tampoco ayudan las declaraciones de “exfacebooks”, como el cofundador de la compañía Chris Hughes, aun cuando la abandonó hace más de diez años. En un artículo en The New York Times, publicado también en el mes de mayo pasado, criticó duramente el poder y capacidad de influencia de Zuckerberg, dibujando como una amenaza para la privacidad, la economía y, en general, el conjunto de la ciudadanía las ambiciones de su antiguo compañero de dormitorio en Harvard. Eso sí, lo califica de “buena persona”; pero Facebook es: “un poderoso monopolio, que eclipsa a todos sus rivales y eclipsa la competencia”.

Lanzamiento de stablecoins

La tilda de amenaza para la democracia y demanda fragmentar la compañía y se arrepiente de no habérselo pensado más cuando, formando parte del equipo inicial, se creó el algoritmo, News Feed, que “podría cambiar nuestra cultura, influir elecciones y empoderar líderes nacionalistas”. Una opinión que es subrayada, en su editorial del mismo día, por el propio diario neoyorkino.

Sin llegar a apagarse el fuego de Cambridge Antalytica, Facebook anuncia el lanzamiento, dentro de la Asociación Libra de una nueva criptomoneda, Libra. El caso es que la Asociación Libra, con sede en Suiza, está formada por 28 empresas. Además de la liderada por Mark Zuckerberg, están entidades tan relevantes como Visa, Vodafone, Coinbase, Mastercard, eBay, Uber, Spotify o Paypal. Pero es “la criptomoneda de Facebook”.

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A partir de tal anuncio de lanzamiento de Libra, se han disparado las declaraciones en contra de la compañía de políticos, como la congresista Maxine Waters, y responsables de bancos centrales y política monetaria de distintos países desarrollados. Es como si el sistema político hubiera reaccionado al unísono, llevándose las manos a la cabeza; a pesar de que los distintos portavoces de Facebook han manifiestado que no lanzarían la moneda hasta haber solventado todas las dudas de las autoridades regulatorias.

Ha de destacarse especialmente el paso dado por algunos de esos responsables de bancos centrales, al realizar una especie de disparo de salida sobre la posibilidad de que sean ellos, entidades públicas, las que lleven a cabo el lanzamiento de stablecoins. Algunas de estas estrategias venían urdiéndose desde hace algún tiempo, como ocurre con el Banco Central de la República Popular China.

El anuncio de la criptomoneda de Libra parece haber acelerado lo que era una decisión ya tomada. Otras aparecen como una feliz ocurrencia en el justo momento que las autoridades monetarias recuperan buena parte de su autonomía, Brexit mediante, como ocurre con el Banco de Inglaterra.

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Es como si la Libra, la criptomoneda de Facebook hubiera abierto la caja de unas estrategias estatales en clave de criptomoneda que estaban retenidas, encerradas en la oscuridad de la confusión regulatoria sobre las criptomonedas lanzadas, hasta ahora, por entidades privadas, más allá del fracasado intento del Petro de la Venezuela chavista. Facebook parece haber sido la excusa para expresar algo que ya estaba merodeando en muchas cabezas y que puede ser la extensión definitiva del uso de las criptomonedas, con el respaldo de Estados.

Y es que lo que parece haber conseguido el anuncio de Facebook es certificar las grandes posibilidades de blockchain y las criptomonedas, por si a alguien le quedaba dudas, abriendo la puerta a millones de personas para que se pasen al mundo cripto, a la parte intrínsecamente monetaria de la civlización web. Facebook es el puente, al que no se quiere dejar solo, siendo el único cobrador y receptor de los derechos de pontazgo, que era un tributo que debían pagar los hombres y mujeres de la Edad Media que querían pasar ciertos puentes.

Una criptomoneda para la vida cotidiana

Las iniciativas existentes sobre tal oportunidad para la creación de puentes hacia el mundo cripto se han disparado con Facebook, porque ha certificado su viabilidad. Y, como ya se sabe, las certificaciones no las puede emitir cualquiera. Estamos hablando de la entidad que posibilitó la entrada a millones de personas al mundo web.

Solo había que tener un correo electrónico para poder entrar, dando el carnet de webciudadanos. Introdujo a las masas en la lógica cotidiana de la web, haciendo de ésta algo central en la vida cotidiana de las personas. Ahora, como lo deja bien claro en su propuesta, se trata de empoderar: “a miles de millones de personas, que se acepte de manera generalizada [Libra] y que sea muy fácil de usar para que las personas la puedan emplear con confianza y comodidad en sus vidas cotidianas”. Puede decirse más alto; pero no más claro.

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