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Ethereum cumple 11 años: de desafiar a las instituciones a construir las suyas

Hoy, 30 de julio de 2026, Ethereum cumple 11 años, una edad en la que se empieza a abandonar la infancia, pero aún no se ha llegado a la madurez. Es una edad de crecimiento acelerado y de contradicciones entre lo que se desea ser y aquello en lo que se está convirtiendo. Se conserva una parte de la ingenuidad fundacional, mientras el cuerpo, el entorno y las obligaciones anuncian que ya no es posible seguir comportándose como al principio.

El 30 de julio de 2015, un reducido grupo de personas asistió desde una oficina de Kreuzberg, en Berlín, al nacimiento de la red de Ethereum. Lefteris Karapetsas, desarrollador de la red, ha recuperado ahora las fotografías de aquella jornada y Vitalik Buterin las ha compartido con motivo del cumpleaños. En dichas fotos no hay bancos, gestoras de activos, custodios regulados, fondos de inversión, empresas cotizadas ni representantes de gobiernos. Hay ordenadores, cables y la convicción de que el código podía organizar determinadas relaciones sociales mejor que las instituciones tradicionales.

Ethereum nació, en buena medida, de esa creencia. Además de una tecnología, era una crítica práctica a la organización centralizada de la confianza. Los contratos inteligentes prometían sustituir decisiones, intermediarios y jerarquías por reglas ejecutadas automáticamente. El proyecto proponía una especie de sociedad programable, con una infraestructura en la que los acuerdos pudieran cumplirse sin depender de la voluntad posterior de quienes los habían firmado.

Once años más tarde, Ethereum continúa presentándose como la computadora mundial. Pero la expresión ya no significa exactamente lo mismo. En 2015, la expresión resumía una ambición técnica y política. En 2026, describe una infraestructura económica sobre la que ya se articulan empresas, mercados y nuevas formas de poder.

La infancia de la descentralización

Los primeros años de Ethereum fueron los de una tecnología que todavía podía pensarse a sí misma como alternativa. La red permitió crear aplicaciones descentralizadas, emitir tokens y desplegar organizaciones gobernadas mediante código. Frente al sistema financiero, que distribuía sus funciones entre bancos, bolsas, cámaras de compensación, registradores, auditores y autoridades públicas, Ethereum reunía muchas de esas operaciones en un mismo espacio técnico.

La cadena registraba, el contrato ejecutaba, el token representaba y la comunidad decidía. La novedad no consistía solo en hacer las cosas de otra manera. Consistía en cuestionar quién debía tener capacidad para hacerlas. La tecnología blockchain había nacido vinculada a una concepción distribuida del poder monetario, opuesta a la concentración de ese poder en bancos centrales, gobiernos y entidades financieras.

Sin embargo, la descentralización no hizo desaparecer el poder; tan solo cambió de manos. Los desarrolladores pasaron a influir en la evolución del protocolo, los grandes tenedores de ETH adquirieron peso económico, los exchanges controlaron el acceso de millones de usuarios y las plataformas de staking concentraron buena parte de la validación de la red. Ethereum descubrió pronto que distribuir el poder no significa eliminarlo. Una de las primeras lecciones de su historia fue que el código puede automatizar la confianza, pero no reemplazar la política

El primer trauma

Como ocurre con muchas historias, el crecimiento de Ethereum empezó con una crisis. En 2016, el ataque a The DAO puso en cuestión uno de los principios sobre los que se había construido la red: la idea de que el código es la ley. El ataque demostró que el código también puede contener errores y que esos errores pueden tener consecuencias difíciles de aceptar.

La comunidad tuvo entonces que tomar la decisión de respetar lo que había ocurrido en la blockchain o modificar la historia de la red para devolver los fondos robados. Optó por intervenir. De esa decisión nacieron dos cadenas distintas: Ethereum y Ethereum Classic.

Aquel episodio dejó la enseñanza de que detrás del código siempre hay personas que debaten, discrepan y toman decisiones.  Desde entonces, Ethereum ha convivido con esa paradoja. Se presenta como un protocolo neutral, pero depende de actores capaces de proponer actualizaciones, persuadir a la comunidad y coordinar cambios. No tiene una dirección corporativa, pero posee figuras, organizaciones y grupos con capacidad de influencia.

La época de la expansión

Después llegó el boom de las ICO. Ethereum se convirtió en la plataforma donde miles de proyectos lanzaban sus propios tokens para financiarse. Cualquier empresa podía captar dinero de inversores de todo el mundo con apenas unas líneas de código. Aquella fiebre impulsó la innovación, pero también abrió la puerta a la especulación y a numerosos fraudes. Muchos inversores compraban tokens sin conocer realmente el proyecto que había detrás.

Más tarde, las finanzas descentralizadas demostraron que los contratos inteligentes podían organizar intercambios, préstamos y sistemas de garantías sin necesidad de reproducir toda la estructura bancaria tradicional. Los NFT ampliaron esa lógica hacia el arte, el entretenimiento y la cultura digital. Durante un tiempo, Ethereum pareció ser al mismo tiempo una bolsa de valores, un banco, una galería, una casa de subastas, un casino o un laboratorio político.

Esa pluralidad hizo de Ethereum un espacio de innovación extraordinario. También lo convirtió en un territorio congestionado, caro y difícil de utilizar. La red empezó a sufrir las consecuencias de su propio éxito. Cuanta más actividad reunía, más elevadas se volvían sus comisiones. La computadora mundial demostraba que podía alojar una economía, pero no que pudiera hacerlo a escala mundial. El éxito de Ethereum acabó convirtiéndose en su mayor desafío, ya que la red no podía crecer al mismo ritmo que el uso que se hacía de ella.

La transformación más profunda llegó en septiembre de 2022 con The Merge. Ethereum abandonó la prueba de trabajo, basada en minería, y pasó a un sistema de prueba de participación sostenido por validadores que depositan ETH como garantía. La transición había sido preparada durante años y se completó sin interrumpir la red.

No fue una actualización ordinaria. En ella, Ethereum cambió el mecanismo central encargado de producir y validar sus bloques mientras miles de aplicaciones y millones de usuarios seguían utilizando la infraestructura. Era como sustituir el motor de un avión durante el vuelo.

La operación redujo drásticamente el consumo energético de la red, pero también alteró la distribución de poder dentro del ecosistema. Los mineros perdieron su función y los validadores pasaron a ocupar el centro del sistema. La propiedad de ETH adquirió un papel aún más directo en la seguridad y gobernanza económica de la red.

El cambio resolvió un problema, pero abrió otros. Las plataformas de staking y los grandes operadores comenzaron a concentrar una parte relevante de los validadores. Diversos estudios han señalado que el sistema de prueba de participación aumenta la importancia de los grandes proveedores de staking.

La escalabilidad condujo a una nueva transformación. Ethereum dejó de intentar procesarlo todo directamente y adoptó progresivamente una arquitectura centrada en redes de segunda capa. Arbitrum, Optimism, Base, Linea, zkSync y otros sistemas trasladaron una parte de la actividad fuera de la red principal, agrupando operaciones y utilizando Ethereum como capa de seguridad y liquidación.

La consecuencia es una estructura más potente, pero también más fragmentada. Para el usuario, Ethereum ya no es necesariamente un único espacio. Es una colección de redes, activos y experiencias diferentes que comparten una base tecnológica. El ecosistema puede procesar más actividad, pero exige nuevas intermediaciones para orientarse dentro de él.

Es decir, Ethereum escala distribuyendo la ejecución, pero esa distribución genera complejidad, dependencias y nuevos centros de coordinación.

Una investigación sobre el desarrollo de las L2 entre 2021 y 2024 concluyó que su adopción ayudó a reducir la congestión de la red principal antes de la actualización Dencun, aunque el impacto posterior resulta más difícil de medir. La escalabilidad, por tanto, es un proceso permanente de reorganización.

De la contracultura al mercado financiero

El cambio más importante de los once años de Ethereum quizá se encuentre en la clase de actores que quieren utilizarlo. En sus orígenes, Ethereum pretendía construir alternativas a las instituciones. Hoy intenta convertirse en infraestructura para esas mismas instituciones.

Bancos, gestoras, custodios y empresas de pagos ya no observan la blockchain únicamente como una amenaza exterior. La estudian como una tecnología capaz de reducir los tiempos de liquidación, representar activos financieros, automatizar garantías y permitir que el dinero circule durante las veinticuatro horas del día.

La tokenización ha comenzado a abandonar el territorio de las pruebas de concepto. Entre 2025 y 2026, empresas españolas y europeas han avanzado en la construcción de infraestructuras para emitir, registrar, custodiar y negociar activos digitales dentro de marcos regulados, según ha documentado.

Ethereum ocupa una posición relevante en ese proceso, pero no tiene garantizada la victoria. Las instituciones pueden utilizar su tecnología sin utilizar necesariamente su red pública. Pueden desarrollar blockchains privadas, redes de consorcio o infraestructuras compatibles con la máquina virtual de Ethereum. Pueden aprovechar sus estándares sin entregar la liquidación final al protocolo abierto.

La hegemonía de Ethereum tampoco está garantizada. Que gigantes de la tokenización como Securitize hayan optado por desplegar activos en redes competidoras como Avalanche demuestra que, en las finanzas reguladas, la lealtad al protocolo cede ante la eficiencia operativa.

El adulto institucional

En este contexto nace Ethereum Institutional. La organización ha cerrado una ronda de financiación cuyo importe no ha sido revelado. Cuenta con el respaldo de los cofundadores de Ethereum Joseph Lubin y Mihai Alisie, BitMine, SharpLink y más de un centenar de empresas y organizaciones de la industria vinculada a Ethereum. Su propósito es reforzar las relaciones de la blockchain con bancos, gestoras de activos, custodios, fintech, infraestructuras de mercado e instituciones soberanas.

La iniciativa en un síntoma de que ahora necesita actores capaces de traducir el lenguaje del protocolo al lenguaje de las instituciones. Necesita explicar a los bancos quién responde, cómo se garantiza la continuidad, dónde están los riesgos y qué marco jurídico puede aplicarse a las operaciones.

La nueva organización no pretende gobernar Ethereum, pero sí representarlo ante determinados espacios de poder. Y esta es una de las grandes transformaciones de los once años.

En 2015, la ausencia de una autoridad central era una declaración ideológica. En 2026, esa misma ausencia puede convertirse en un obstáculo comercial. Una red sin presidente, consejo de administración o propietario resulta atractiva como infraestructura neutral, pero difícil de interpretar para organizaciones acostumbradas a identificar responsables y contrapartes.

Ethereum Institutional intenta resolver esta contradicción creando una institución cuya función consiste en representar una infraestructura que no quiere ser representada por una única institución.

Crecer significa organizarse

El cambio principal es que Ethereum está dejando de organizarse como una comunidad tecnológica para empezar a hacerlo también como un ecosistema institucional. La Ethereum Foundation sigue dedicada al desarrollo del protocolo; Ethereum Institutional acerca la red a los mercados financieros; y organizaciones como Ethlabs trabajan para adaptarla a las necesidades de las grandes instituciones. Más que concentrar el poder, Ethereum está creando una red de organizaciones con funciones distintas que tienen como objetivo consolidar la blockchain como infraestructura económica global.

La fotografía de Kreuzberg capta el nacimiento de una red. Once años después, esa red se ha convertido en un ecosistema donde conviven desarrolladores, empresas, bancos e instituciones. Ethereum nació con la idea de que el código podía sustituir a las instituciones. Hoy descubre que también necesita construir las suyas propias.

A los once años, ha dejado de ser una promesa tecnológica para convertirse en una infraestructura económica. Ese es, probablemente, el verdadero significado de su adolescencia.

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