El primer Día de Cantabria celebrado bajo la supervisión de agentes de inteligencia artificial debía convertirse en un ejemplo de modernización de las tradiciones regionales, pero terminó en un estrepitoso fracaso, como casi todo lo que toca un algoritmo cuando se enfrenta a algo que no entiende.
Fondos europeos
Los sistemas de optimización cultural, activados tres semanas antes de la fiesta con fondos europeos y una presentación de 87 diapositivas, tenían como objetivo elevar la eficiencia patrimonial del desfile de carrozas y de las tradiciones asociadas sin perder la esencia. Según el informe del modelo Soliuca-4o, la esencia podía perderse un poco si con ello mejoraban las métricas de engagement y se reducía el ruido cultural no estructurado.
Las primeras recomendaciones afectaron a la carroza de la casa montañesa. Según el algoritmo, debía reducir el número de balcones por exceso ornamental y sustituir la pizarra del tejado por un material más ligero y reciclable. La carroza de la siega tenía que corregir la postura de los segadores para cumplir con la normativa europea de prevención de riesgos laborales. Y la de la matanza del chon fue directamente cancelada y sustituida por un bloque de tofu neutro con un código QR que enlazaba a un whitepaper sobre consumo responsable.
Los vecinos del valle leyeron las recomendaciones, asintieron con educación y aquella misma noche hicieron exactamente lo contrario. Añadieron más balcones, torcieron a los segadores hasta dejarlos casi cojos y construyeron un cerdo del tamaño de un Seat Ibiza.
Concurso de bolos
El día del desfile, las notificaciones empezaron a llegar a los móviles de cualquiera que hubiera aceptado las cookies. Los agentes emitían correcciones en tiempo real a través de las pantallas y los altavoces municipales.
Pidieron a los gaiteros que afinasen porque estaban generando una experiencia auditiva no homogénea. Solicitaron a los picayos que sincronizasen los saltos con una tolerancia máxima de 0,4 segundos. Y recomendaron que la yegua que abría la pasá de ganado moderase el tono de su campano, porque resultaba excesivamente festivo para un acto de carácter institucional.
Cuando llegó el concurso de bolos, el sistema se superó a sí mismo. Había instalado sensores en la bola y en cada bolo y, cada vez que alguien se disponía a tirar, una voz sintética intervenía por los altavoces: Probabilidad de emboque del 11%. Se recomienda abortar el lanzamiento y activar el modo de asistencia digital. Su técnica actual no está alineada con los estándares de excelencia del evento.
Costumbres no optimizadas
El campeón local, un hombre de 64 años que lleva media vida tirando a ojo y con antebrazos como vigas, dejó la bola en el suelo, miró hacia la pantalla más cercana y dijo: Tira tú, a ver. El sistema no tiró. No tenía brazos. La situación se desbordó definitivamente con la pasá de ganado. Cuando las tudancas, las yeguas, las cabras y los perros pastores empezaron a avanzar entre el público, el agente proyectó flechas digitales sobre el suelo y emitió instrucciones por megafonía para que el rebaño mantuviera una distancia mínima de seguridad y un ritmo constante de avance.
Las vacas ignoraron las instrucciones por completo. Una cabra se acercó a uno de los dispositivos de proyección, lo olisqueó durante unos segundos y acabó tirándolo de una patada. Y un toro tudanco especialmente grande se detuvo delante de la pantalla principal. La miró fijamente durante unos segundos, con esa superioridad que solo tienen los animales que saben perfectamente quién manda, y soltó un mugido tan profundo y largo que hizo vibrar el altavoz hasta dejarlo sin señal.
A las ocho de la tarde, el clúster regional emitió un comunicado informando de que los indicadores de espontaneidad no estructurada habían superado todos los umbrales de seguridad. Recomendó suspender la intervención de forma inmediata en el Día de Cantabria y permitir que la población continuara con sus costumbres no optimizadas. Los vecinos no se enteraron, porque a esa hora estaban en la romería.

