La próxima revolución social en internet es tu identidad digital
La próxima revolución social en internet es tu identidad digital

La próxima revolución social en internet es tu identidad digital

Al hacer referencia a uno de los últimos pasos de Microsoft, Observatorio Blockchain apuntó a que la identidad digital descentralizada (DID, por sus siglas en inglés) será la próxima revolución o el próximo gran negocio en internet. En internet, revolución y negocio son conceptos que van de la mano. Pero también se proyecta como revolución social, en cuanto nuestra inmersión definitiva en la virtualización, donde sólo seremos ahí, en la web.

Identidad digital

La identidad está vinculada a la memoria. Sin memoria no somos nadie. Sin identidad, nos preguntan quién eres. Nos preguntamos quiénes somos. Es lo que actualmente pasa en internet, de manera que cada vez que entramos en una aplicación o en un sitio web, nos preguntan quiénes somos. Después, sí, a dónde vamos, qué queremos, y, como dice la canción de Siniestro Total, si estamos solos en la galaxia o acompañados. Una vez que nos identifican, nos identificamos, lo quieren saber todo de nosotros y utilizar esa información, principalmente para venderla a los anunciantes.

La identidad es uno de los juegos sociales más interesantes, lleno de negociaciones y conflictos. En él, hay una tensión constante entre lo que se enseña y lo que se oculta a los demás. Erving Goffman es seguramente el sociólogo que con mayor ingenio y brillantez puso sobre la mesa teórica este juego.

Intentamos dar “nuestra mejor cara”, en función del escenario social en el que se esté actuando. Lo demás, se oculta. Se sitúe en una trastienda. Backstage es el nombre que da el sociólogo norteamericano. Una trastienda de la identidad que confiamos en mayor medida a unos, los próximos, los íntimos, que a otros. Una identidad que nunca se da del todo, pues si así fuese, es como si nos diéramos por entero, perdiendo el control sobre nosotros mismos.

Identidad antes de internet

Pues bien, algo de esto es lo que ocurre en internet: las webs, a través de algoritmos y una vez que hemos entrado, registran y relacionan toda la información posible existente. Pero es ya una identidad bajo su control. Es “su identidad de nosotros mismos”, sin que sepamos ni siquiera cómo es. Y, lo que es peor, sin que podamos saberlo, pues el que no lo sepamos forma parte del poder de esas entidades que han reconstruido nuestra identidad.

Antes de internet, también existía esa identidad social de nosotros, elaborada por los demás. Pero era una identidad que podía llegar a conocerse y que, con nuestra mayor o menor pericia o habilidades sociales, en su elaboración y negociación podíamos, al menos en parte, negociar. Es verdad que existían proyecciones de nuestra identidad que podrían llevarte a la exclusión total o incluso la muerte.

Aquellas que colocaban sobre uno, más bien una, la etiqueta de bruja o enviado del enemigo, terrestre o sobrenatural. Pero, en la mayor parte de los casos, se establecía la identidad en un continuo proceso de encuentros con los demás, en función de los rasgos que íbamos dejando ver o que los otros alcanzaban a descifrar. Y es que los otros siempre querían saber más de nosotros. Era su forma de mostrar su aprecio. A veces, aprecio envenenado. El problema es cuando carecemos de control alguno sobre ese potencial veneno, que es lo que ocurre cuando los distintos sitios web registran información sobre nosotros, sobre nuestra identidad, pues que registran información que no les hemos dado.

Rasgos de identidad digital

Ya se habrá percibido que esto de la identidad, incluso en el mundo físico, es complejo. Hasta desde nuestro mismo punto de vista, como protagonistas que gestionamos una identidad, es un rompecabezas, más o menos coherente, de señas de identidad. El problema es que, en internet, esas señales de identidad las tenemos desperdigadas y, lo que es peor, bajo el control de las empresas o instituciones a las que acudimos. No bajo nuestro control. En cada sitio web o aplicación, un rasgo de identidad. Pero no hay una identidad digital. No nuestra identidad digital, controlada por nosotros. Es aquí donde entra un potencial cambio con consecuencias insospechadas, especialmente para la economía política digital, de internet. Una economía que tiene como horizonte principal de valor la publicidad, en la venta de todo registro de identidad a la publicidad o la propaganda.

La identidad digital es el conjunto de información sobre una persona, empresa o entidad que existe en el mundo digital. Esta identidad se construye a partir de los datos personales, interacciones en redes sociales, historial de navegación, cuentas en línea y cualquier otra huella digital que dejemos en internet. Desde el nombre a las opiniones y comentarios que hacemos, o que otras personas hacen de nosotros.

Por cierto, parece que nuestras opiniones en la red están siendo utilizadas por la actual administración norteamericana para actuar sobre ti, decidiendo si te deja entrar en su país, te devuelve al de origen, o te deporta, si ya estás viviendo en los Estados Unidos. Al fin y al cabo, basta con preguntar a una IA (inteligencia artificial) cuáles han sido tus opiniones sobre Trump, la guerra en Gaza o en Ucrania.

La autocensura

Así, casi sin darnos cuenta, se ha certificado la instalación oficial de la autocensura: no mostrar, fuera de los círculos de confianza, nada de lo que pueda ser utilizado en tu contra. El problema, en internet, es dónde está el círculo de confianza cuando se utilizan aplicaciones gestionadas por otros. Así que, ahora y si quieres viajar a Estados Unidos -u otro país-, trabajar en una empresa o ser socio de un club exclusivo, ahí tienen tu identidad, sin que ya puedas controlarla.

La identidad digital te certifica y, a veces, te crucifica. Y es aquí donde surge la ventana de la DID, como modelo de identidad en el que los usuarios tienen control total sobre sus datos personales sin depender de una autoridad central, ya sea un gobierno, una empresa tecnológica o una aplicación de redes sociales. En mayor o menor medida, en los desarrollos en los que se está experimentando, se basa en tecnología blockchain y criptografía para garantizar seguridad, privacidad y autonomía.

Una de sus principales características es el mayor margen de privacidad, ya que solo se comparten los datos que se quieren compartir. Los demás, para el backstage goffmaniano. Otra de sus características es que se pueden generar credenciales verificables sin necesidad de terceros centralizados, de manera que se pueda acreditar que superas una determinada edad -18 años, por ejemplo, para certificar la mayoría de edad para algunas web- sin decir la fecha exacta de tu nacimiento. Credenciales emitidas por entidades de confianza, como universidades o incluso gobiernos.

Relación entre el mundo offline y online

Además de cierta recuperación del control sobre rasgos de la propia identidad, en la vida práctica en la red y seguramente no hay actualmente otra vida social práctica, permitirá el acceso a servicios sin necesidad de contraseñas. En un principio, nos dijeron que internet era una fiesta de la navegación, en la que se entraba allí donde querías. Lo que apenas decían era que se pagaba un peaje en forma de datos personales, de rasgos de identidad, de los que se perdía el control.

Así, todo pasa por la red. Todos nuestros movimientos. Incluso lo que hacemos fuera -como comer o jugar- lo llevamos a internet en forma de fotografías en las redes sociales. Cada vez más con la vivencia de estar obligado a ello. De que, si no lo hacemos, es como si no existiéramos. En todo caso, aun cuando no lo hagamos por propia voluntad, ya se encargan las distintas aplicaciones de guardar buen registro de dónde estamos, de dónde venimos, qué hacemos, para predecir e intentar intervenir en hacia dónde vamos.

La relación entre el mundo offline y el online, especialmente de aquellas cosas que más nos interesan, pasa por presentar un nombre de usuario y una contraseña, a modo de carnet de identidad. Es la forma de que ese sitio en la web nos reconozca. Necesitamos certificarnos y que, a su vez, el sitio al que acudimos, nos certifique que somos nosotros. Pero con la salvación de que, cada sitio, nos exige un determinado carnet de identificación. Esto nos exige tener una “cartera mental” -o en otro sitio- de muchos carnets de identificación. En algunos casos, para ingresar a sitios tan importantes, que no es nada aconsejable dejarlo en el historial del navegador, que se han erigido en nuestros intermediarios de la memoria.

El paso de la web2 a la web3

Ya estamos dentro de internet. Paso a paso, hemos ido introduciendo usuario-contraseña a usuario-contraseña para que nos reconozcan. Ahora, lo que nos proponemos ya no es el paso de lo offline a lo online, sino el paso de la web2 a la web3, de la web de la interacción registrada a la web del valor, siendo aquí donde entra la DID. Entra para que nos reconozcan en lo que queremos que nos reconozcan.

Blockchain tiene asignado en el sistema DID el papel de caja fuerte que guarda la identidad. El backstage en el que depositamos la identidad digital. Esa identidad digital inmutable, como la que teníamos antes. Al menos, imaginábamos que teníamos antes, revelando lo que queríamos revelar. Gracias a la criptografía de conocimiento cero (Zero-Knowledge Proofs), cuya denominación es toda una declaración de intenciones, los usuarios pueden demostrar información sin revelar más datos de los necesarios.

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