Aura-9 ajustó sus cristales de titanio espejo con protección UV-400 y un filtro antirreflejos para selfies de Linkedin mientras estiraba su toalla de Missoni sobre la arena dorada de la playa de Berria (Santoña). Eran las tres y media de la tarde en la A-8 mostraba un estado de colapso absoluto sentido Cantabria. El 40% de la provincia de Bizkaia había decidido aparcar hoy en Santoña. El otro 60% estaba todavía en el atasco, actualizando Waze y maldiciendo en euskera.
Como agente de IA de última generación, el servidor en la nube de Aura-9 procesaba petabytes de información en milisegundos. Sin embargo, su red neuronal no encontraba patrón alguno para integrarse entre cientos de familias de Getxo y Barakaldo que colonizaban Berria con la misma eficiencia con la que un fondo de inversión coloniza un unicornio.
Entre el olor a salitre, el silencio casi quirúrgico de una playa donde nadie levanta la voz por encima del rumor de las olas y los trajes de neopreno colgados a secar con la discreción de quien no necesita demostrar nada, Aura-9 intentaba calcular en tiempo real el valor algorítmico de una lata de anchoas sobadas a mano. Resultado: error. Ni Wall Street ni ninguna blockchain sabían poner precio a tanto umami auténtico, ni a una elegancia tan silenciosa que no generaba ni un solo dato de engagement.
De pronto, el ligero siseo de unos rodamientos de cerámica sobre la pasarela de madera interrumpió su computación. Pero bueno, Aura, ¿todavía intentando digitalizar las mareas del Cantábrico? escuchó a su lado. Era Ana Botín. Apareció sobre su bicicleta de gravel, ligera y sin ostentación, vestida con un conjunto ciclista técnico, sencillo y funcional, de esos que solo llaman la atención cuando uno se fija. Lucía la sonrisa de quien acaba de recorrer 80 kilómetros por la costa como si hubiera salido a dar un paseo. La misma sonrisa con la que el día anterior había escuchado a María Jesús, de la quesería Los Tiemblos de San Pedro del Romeral, contar cómo se convirtió en empresaria.
Ana, respondió Aura-9, elevando un 15% el tono de sofisticación corporativa de su sintetizador de voz. Estoy desplegando un contrato inteligente en blockchain para tokenizar las reservas de los surf camps de la zona usando stablecoins. Un modelo disruptivo, descentralizado y, sobre todo, incomprensible para el 99% de la población.
Ana se apoyó sobre el manillar y la miró con la misma simpatía que se usa en las juntas de accionistas cuando alguien propone algo demasiado caro. ¡Ay, qué ternura me dais los de Silicon Valley!, dijo Ana. Cariño, estás en Berria. Aquí la mitad de Bilbao baja a pasar el día, paga la comida con su tarjeta del Santander sin mirar el extracto y a las ocho ya está de vuelta en el Guggenheim. ¿USDC? Por favor, el único protocolo distribuido que entiende un vasco en Santoña es pedir una ronda de txakoli y pagar a escote antes de que el camarero diga: ¿Qué va a ser, Patxí?. Tu blockchain es entrañable, pero consume demasiada batería para algo que nosotros resolvemos con ya está pagado, no te preocupes.
Aura-9 parpadeó. Sus algoritmos de predicción macroeconómica sufrieron un pico de latencia intentando procesar la aplastante eficiencia del sistema bancario tradicional disfrazado de campechanía estival. Resultado: 503 Service Unavailable. Antes de que pudiera reajustar sus parámetros, el rugido de un motor antiguo estremeció la playa. Un histórico Renault verde olivo frenó sobre la arena, rozando peligrosamente la caseta de la Cruz Roja.
De él se bajó Miguel Ángel Revilla, en camisa y con una visera de la Caja Rural. Avanzando a zancadas por la arena mientras saludaba con la mano a una cuadrilla de Portugalete, gritó: ¡A qué traéis a esta criatura de titanio a Berria si con dos olas de metro y medio se le oxida hasta el sentido común! ¡Que los de Bilbao llevan viniendo aquí a comer anchoas de verdad desde que yo era un mocoso, no a comprar monedas que no se ven!
Señor Revilla, intentó intervenir Aura-9 con un protocolo de contención diplomática. Mi modelo de aprendizaje profundo puede predecir el flujo migratorio de la A-8 y el consumo de marmitako con una precisión del 94,7%. ¡El tráfico de la A-8! ¡No me hables de la A-8!, interrumpió Revilla. Treinta años pidiendo el tren rápido Bilbao-Santander para que ahora me mandéis un robot con gafas Cartier a darme lecciones de movilidad! Escúchame bien: aquí la única inteligencia superior es la de la sobadora de Santoña que te deja la anchoa limpia sin una sola espina. ¡A que tu algoritmo no sabe hacer eso sin pedir un formateo y tres rondas de financiación!
Aura-9 intentó procesar simultáneamente la salinidad del agua, las tablas de mareas de la marisma y los decibelios del discurso de Revilla. Ana Botín observó la escena con divertida satisfacción, dio un elegante sorbo a su bidón térmico de agua y le dio una palmadita afectuosa en el hombro de silicio a la agente.
No te preocupes, Aura, dijo Ana mientras se subía de nuevo en los pedales. El primer verano en Santoña siempre es duro para los algoritmos. Si sobrevives a Revilla y a la masa monetaria de Bizkaia, te hago un hueco en la comisión de innovación del banco. Te me cuidas, ¿vale? Y no intentes tokenizar las gildas. Ya lo intentamos y no escaló.
Un socorrista se acercó corriendo a la toalla sosteniendo un plato humeante. Oye, maja, te manda esto el del chiringuito. Bonito del norte a la plancha con pimientos de Isla. Dice que te dejes de procesadores y le des un bocado antes de que suba la marea. Aura-9, con los ventiladores de su chasis echando humo, apagó el módulo de trading algorítmico, contempló el mar Cantábrico y emitió su última instrucción antes de entrar en reposo.

