En el artículo anterior analizamos cómo Vitalik Buterin ha empezado a fijar límites para evitar que Ethereum sea absorbido por la banca y la industria financiera tradicional. Dcho riesgo se está gestando en el corazón técnico de la red. En el staking y en el modo en que el paso de la citada blockchain proof of stake ha ido concentrando el poder de validación.
Ethereum se presentó durante años como la gran computadora del mundo, una infraestructura pública global capaz de ejecutar código, coordinar contratos y mover valor de forma neutral, abierta y sin permisos. En ese relato de ser más allá de una blockchain, se hablaba de la promesa del internet del dinero y de una máquina compartida en todo el mundo y accesible para cualquiera, sin propietarios ni intermediarios dominantes.
El paso de proof of work al proof of stake
Durante sus primeros años, Ethereum funcionó bajo proof of work, un sistema similar al de Bitcoin, basado en minería. El poder se distribuía entre miles de mineros, hardware especializado y costes energéticos costosos. No era un modelo perfecto, pero la barrera de entrada era física, costosa y difícil de concentrar rápidamente. El control estaba fragmentado por diseño.
Todo cambió con en 2022 con The Merge, la actualización que fusionó la red principal con la Beacon Chain, cambiando el mecanismo de consenso de Prueba de Trabajo (PoW) a Prueba de Participación (PoS). Desde entonces, la red ya no se asegura con energía, sino con capital. Para validar bloques, hay que bloquear ETH y quien más ETH tiene, o quien más ETH concentra de terceros, adquiere más peso económico y operativo dentro del sistema.
El cambio supuso una reducción drástica del consumo energético, mayor eficiencia y una arquitectura técnica más flexible. Pero también supuso, como advirtieron muchos en su momento, que la seguridad de Ethereum pasara a depender directamente de incentivos financieros.
Internet como precedente
Ahí empezó el problema que Vitalik intenta corregir en la actualidad y que desde que comenzó 2026 le ha llevado a escribir en un tono más consciente del problema. Sus textos recientes, de los que ha venido dando cuenta Observatorio Blockchain, son una advertencia estructural y no técnica.
La preocupación de Vitalik tiene en Internet un claro precedente. La red nunca ha dejado de ser técnicamente abierta, porque nadie posee el protocolo TCP/IP. Sin embargo, la experiencia real en Internet está mediada por un número cada vez más reducido de compañías privadas. Amazon controla una parte sustancial de la infraestructura física mundial a través de AWS. Millones de medios de comunicación, administraciones públicas, startups y plataformas digitales dependen de sus centros de datos. Google organiza el acceso a la información mediante el buscador, el sistema operativo móvil y servicios críticos. Meta absorbió buena parte de la comunicación social global.
Estas empresas no cambiaron Internet. Lo hicieron imprescindible al capturar millones de usuarios, datos y capacidad de decisión sin tocar el protocolo base. El resultado es una red neutral en teoría, pero que funciona a través de intermediarios privados, sujetos a regulación, intereses comerciales y decisiones unilaterales. No obstante, en el caso de Internet, la concentración se ha producido en las capas superiores, con aplicaciones y servicios, mientras que el protocolo base ha sobrevivido intacto. En Ethereum, la concentración se está produciendo en el propio sistema de validación, que es el corazón de la citada blockchain.
Validar Ethereum significa qué bloques entran en la cadena, en qué orden y en qué condiciones. Ese poder se ejerce a través del staking, que es el mecanismo por el que los validadores bloquean ETH para asegurar la red, obteniendo recompensas económicas a cambio. Pues bien, tras el paso a proof of stake, dicho poder quedó directamente vinculado al capital.
Quién controla hoy el staking de Ethereum
En la actualidad, Ethereum mantiene en staking cerca de 36 millones de ETH, una cifra que representa alrededor del 30% de todo el ether en circulación. Nunca antes una parte tan significativa del valor económico de la red había estado comprometida de forma directa con su seguridad. Esto significa que validar Ethereum, que es una función central del sistema, está sostenida por decenas de miles de millones de dólares bloqueados de manera permanente.
Ese volumen de capital cambia inevitablemente la naturaleza del debate. Cuando casi un tercio de todo el ether existente está comprometido con la seguridad de la red, la cuestión deja de ser cuántos participan en el staking y pasa a ser quiénes lo hacen y en qué condiciones. El consenso se convierte en un punto de concentración de poder económico, operativo y político.
Según Dune Analytics, seis actores identificables controlan alrededor del 52 % del ETH en staking, una proporción muy elevada para una red que aspira a funcionar como una infraestructura pública neutral. Lido encabeza el grupo con cerca del 24%, operando como gran agregador que canaliza capital hacia validadores profesionales. Le siguen Binance, con alrededor del 9%; ether.fi, algo más del 6%; Coinbase, en torno al 5%; Rocket Pool, con aproximadamente el 4%; y Kraken, cerca del 3,8%.

A esta mayoría visible se suma que más de una cuarta parte del staking permanece como no identificado, una categoría que incluye operadores profesionales y custodios institucionales sin atribución pública clara. No se trata necesariamente de pequeños validadores independientes, sino de una capa opaca de infraestructura que también participa en el consenso.
Ninguno de estos actores controla Ethereum por sí solo, pero juntos condicionan su funcionamiento cotidiano. Son ellos quienes, en la práctica, deciden qué versiones del software se ejecutan, cómo se aplican las actualizaciones del protocolo y cómo se responde ante sanciones, fallos técnicos o cambios regulatorios. Y son también quienes concentran las recompensas económicas del sistema. No porque tengan poder formal sobre el protocolo, sino porque son quienes lo mantienen operativo en condiciones reales.
En este contexto, aparece una diferencia clave con Internet y es que en Ethereum, el consenso paga. El staking mueve miles de millones de dólares al año en recompensas. Es decir, quien controla más staking gana más dinero. Quien gana más dinero puede invertir en mejor infraestructura y quien tiene mejor infraestructura atrae más staking. Es el resultado directo del diseño económico del proof of stake, donde la seguridad de la red se ha convertido en un mercado.
Un Ethereum más simple
Cuando ese mercado está dominado por actores regulados, con sedes y obligaciones legales, la red se vuelve sensible a presiones externas. No hace falta reescribir el protocolo para aplicar censura, priorizar transacciones o adaptarse a marcos regulatorios específicos. En el centro de esté debate hay un concepto que Vitalik vienen repitiendo con insistencia: la latencia. Si un validador no recibe un bloque a tiempo o no firma dentro del intervalo previsto, pierde las recompensas o es penalizado.
Las grandes empresas pueden permitirse centros de datos optimizados, redes privadas y equipos especializados para minimizar esa latencia. Los pequeños operadores no pueden hacerlo. Cada mejora en eficiencia técnica favorece a quienes ya tienen recursos, expulsando silenciosamente al resto. Optimizar para velocidad, advierte Vitalik, es optimizar para concentración.
La respuesta que plantea Vitalik es un Ethereum más simple, con menos dependencias externas y requisitos técnicos asumibles. Un sistema que utilice rollups y sharding para escalar sin sobrecargar la capa base y que no convierta la validación en una actividad exclusivamente empresarial. El objetivo no es expulsar a la industria, sino evitar que se convierta en el único soporte real del sistema.
Grandes volúmenes de capital
En este escenario de un Ethereum sostenido por grandes volúmenes de capital y operadores de escala global aparece Obol. Esta compañía desarrolla tecnología de validadores distribuidos que permite que un mismo validador sea operado por varias personas o entidades independientes, compartiendo claves y responsabilidades mediante sistemas de umbral.
Sin embargo, Obol no opera al margen de la industria que hoy concentra el staking. Entre sus socios figuran actores centrales del ecosistema como Lido o ether.fi, así como fondos de capital riesgo especializados como Pantera Capital, Archetype o Maelstrom. Su propuesta no busca desplazar a estos actores, sino reducir los riesgos que implica su concentración. Esto significa que en el Ethereum de 2026, incluso las soluciones diseñadas para contener la centralización se construyen ya sobre las mismas estructuras de capital e infraestructura que hoy sostienen la red. La tecnología de Obol protege en la actualidad cerca de 2.000 millones de dólares en valor bloqueado, lo que la coloca como una infraestructura relevante del ecosistema Ethereum.
Todo esto conduce a la pregunta de quién controla hoy la infraestructura financiera del futuro que promete Ethereum. La respuesta es que nadie la controla por completo, aunque son unos pocos quienes la condicionan de forma decisiva. La validación y, con ella, las condiciones prácticas del consenso, se concentran cada vez más en grandes operadores de staking. La infraestructura física opera, en gran medida, sobre la nube de Amazon, Google o Microsoft. Los Estados no controlan el código, pero sí regulan a las empresas que lo ejecutan. El resultado es una red que sigue siendo abierta y global, pero que para su funcionamiento depende de actores centralizados.

