La IA se ha convertido en el nuevo espejo. Ese al que preguntamos cómo nos ve el mundo. Como nos advierte el psicoanalista francés Jacques Lacan, en su sintética y profunda presentación de lo que denomina la fase del espejo, es ante este elemento en el que nos convertimos en sujetos. Hasta esa situación, somos meros seres biológicos. Cuando vemos nuestro reflejo, en los brazos de otro al que reconocemos, nos presentamos ante nosotros mismos. Así devenimos sujetos, seres sociales. Ya antes la mitología de la Grecia clásica nos había advertido de los abismos que se encuentran tras lo especular. Y buena parte de la literatura occidental se ha alimentado de esos abismos hijos del reflejo de uno mismo.
La IA, el nuevo espejo
Los espejos nunca han sido pasivos complementos decorativos. Su actividad es devolvernos la imagen de nosotros mismos y, así, nos convierten en espectadores de nuestra imagen. Para bien o para mal, nos obligan a enjuiciarnos. Los espejos nos juzgan. En verdad, los espejos son los otros. Por ello Sartre decía eso de que el infierno son los otros. Son los que nos juzgan. Y ante el espejo tomamos la distancia suficiente para ver cómo nos ven los otros.
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Con internet y sus buscadores, el juicio publicado que los otros tenían de nosotros podía encontrarse. Se accede a la pluralidad de juicios sobre nosotros que circula por internet. Eran juicios con firma, aunque fuese una firma camuflada por el sitio web en particular o un extraño perfil de redes sociales. Pero se sostenían con un nombre. Algunos, por presumir y quererse ver bien bonitos, hacían su propio perfil en la Wikipedia o pagaban para que hablasen bien de uno en la red. Pero eran espejos con firma, por dudosa que fuese la firma.
Lo que sabe la IA de cualquiera
Ahora, a la IA le pides que te diga que sabe de cualquiera y te lo dice. Un juicio que dependerá de las bases que alimentan el modelo particular de IA. Le pedimos que nos haga el juicio de nosotros mismos y temblamos los pocos segundos que tarda la respuesta. Como si fuese un juicio definitivo, indiscutible. Es lo que hay. Y, como la bruja de Blancanieves, escribimos o pronunciamos el prompt: “espejAIto, espejAIto… ¿quién es más guapo que yo?”.

