La publicación del informe anual de 2026 del Banco de Pagos Internacionales (BIS) ha vuelto a poner sobre la mesa quién debe tener el derecho y la capacidad de emitir el dinero en la era digital. Sin duda, una de las cuestiones más trascendentales para el futuro del sistema financiero global.
Aunque el documento dedica cientos de páginas a analizar los riesgos técnicos, regulatorios y macroeconómicos de las stablecoins, el debate de fondo enfrenta dos visiones radicalmente distintas sobre la naturaleza del dinero y sobre quién debe controlar la infraestructura financiera del siglo XXI.
Por un lado, el BIS, conocido como el banco de los bancos centrales, defiende una concepción histórica del dinero como bien público, cuya credibilidad debe descansar sobre instituciones estatales, bancos centrales independientes y sistemas regulados. Por otro, la industria cripto sostiene que el dinero puede ser emitido, distribuido y gestionado por actores privados a través de redes abiertas y tecnologías descentralizadas.
El dinero como infraestructura pública
El informe del BIS sostiene que el dinero, además de una tecnología o una herramienta de pago, es una institución social construida durante siglos para resolver problemas fundamentales de coordinación económica. Según esta visión, la confianza en el dinero depende de dos principios esenciales: la existencia de una unidad de cuenta común y la garantía de que cualquier unidad monetaria pueda ser intercambiada a la par en cualquier circunstancia. Estas propiedades, argumenta el organismo, solo pueden sostenerse mediante bancos centrales capaces de proporcionar liquidez ilimitada en momentos de tensión y de actuar como garantes últimos del sistema.
Desde esta perspectiva, las stablecoins actuales presentan limitaciones estructurales. Aunque permiten pagos programables y transferencias permanentes sobre redes blockchain, carecen de los mecanismos institucionales que, según el BIS, convierten al dinero en un activo aceptado sin hacer preguntas.
La propuesta del organismo no consiste en rechazar la tokenización o la tecnología blockchain, sino en incorporarlas dentro de la arquitectura monetaria existente mediante depósitos bancarios tokenizados, dinero de banco central tokenizado y sistemas interoperables supervisados.
El dinero como competencia
Frente a esta posición, el ecosistema cripto defiende que la emisión monetaria no debe ser necesariamente un monopolio estatal. La expansión de stablecoins como USDT, USDC o USD1 refleja precisamente la apuesta por un modelo en el que empresas privadas pueden crear instrumentos monetarios digitales globales respaldados por activos financieros tradicionales y distribuidos sobre redes abiertas.
Para muchos defensores de este modelo, la competencia entre emisores privados puede generar sistemas de pago más eficientes, más baratos y más innovadores que los actuales sistemas bancarios y de pagos nacionales. Además, argumentan que la tecnología blockchain permite construir mecanismos de confianza alternativos basados en la transparencia, la programación y la competencia de mercado.
El hecho de que el 99,4% del mercado mundial de stablecoins esté actualmente denominado en dólares estadounidenses demuestra, según esta visión, la capacidad de las redes privadas para crear instrumentos monetarios con alcance global sin necesidad de acuerdos interestatales.
Disputa por el control de la infraestructura financiera global
La preocupación expresada por el BIS respecto a la posible dolarización mediante stablecoins en economías emergentes ilustra que el debate trasciende la tecnología y entra de lleno en el terreno de la soberanía monetaria y la geopolítica.
Si ciudadanos y empresas comienzan a utilizar stablecoins emitidas por compañías privadas en lugar de monedas nacionales, los bancos centrales podrían ver limitada su capacidad para influir en la economía a través de la política monetaria. Al mismo tiempo, los emisores privados de stablecoins podrían convertirse en nuevos actores sistémicos con capacidad para intermediar billones de dólares en transacciones globales.
En este contexto, la pregunta que plantea el informe del BIS no es únicamente si las stablecoins son seguras o eficientes. La cuestión de fondo es quién controlará la infraestructura monetaria del siglo XXI.
La respuesta a esa pregunta determinará si el futuro del dinero continúa anclado en las instituciones públicas creadas durante los últimos tres siglos o si, por el contrario, evoluciona hacia un modelo en el que empresas privadas y redes abiertas compitan por convertirse en los nuevos emisores de confianza global.
Las tuberías por las que circulará el dinero digital
Pero, ¿qué significa exactamente controlar la infraestructura monetaria del siglo XXI? La expresión puede parecer abstracta, pero en realidad se refiere a quién controlará las tuberías por las que circulará el dinero digital, quién establecerá las reglas de funcionamiento del sistema y quién concentrará el poder económico, tecnológico y político asociado a esa función.
Durante los últimos tres siglos, esa infraestructura ha estado mayoritariamente bajo el control de los Estados y de los bancos centrales. Son ellos quienes emiten el dinero de curso legal, supervisan los sistemas de pago, garantizan la estabilidad financiera y actúan como prestamistas de última instancia cuando se producen crisis. En otras palabras, la confianza última del sistema monetario moderno descansa sobre instituciones públicas.
Sin embargo, la aparición de blockchain y, especialmente, de las stablecoins, ha abierto la posibilidad de construir una infraestructura monetaria alternativa, gestionada por empresas privadas y redes tecnológicas abiertas.
El dinero como bien público
La posición defendida por el Banco de Pagos Internacionales (BIS) y por buena parte de los bancos centrales parte de una premisa fundamental: el dinero no es únicamente una tecnología o un instrumento de pago, sino una institución social construida durante siglos para resolver problemas de coordinación económica.
Según esta visión, la confianza monetaria se basa en dos principios esenciales. El primero es la existencia de una unidad de cuenta común, que permite expresar precios, contratos y balances en una misma referencia monetaria. El segundo es la denominada «unicidad del dinero», es decir, la garantía de que cualquier unidad monetaria pueda ser intercambiada a la par en cualquier circunstancia, independientemente de quién la posea o dónde se utilice.
Para los bancos centrales, estas propiedades solo pueden garantizarse mediante instituciones públicas capaces de proporcionar liquidez ilimitada en momentos de crisis, actuar como garantes del sistema financiero y mantener la estabilidad de precios.
Desde esta perspectiva, el objetivo no consiste en rechazar la innovación tecnológica ni la tokenización de activos, sino en integrarlas dentro de la arquitectura monetaria existente. De ahí el interés creciente por los depósitos bancarios tokenizados, las monedas digitales de banco central (CBDC) y los sistemas de liquidación interoperables supervisados.
El dinero como plataforma tecnológica
La visión predominante en gran parte del ecosistema cripto es radicalmente distinta. Para sus defensores, el dinero no debe ser necesariamente un monopolio estatal, sino un servicio que puede ser ofrecido por actores privados en competencia utilizando infraestructuras tecnológicas abiertas.
La expansión de stablecoins como USDT o USDC representa precisamente esta filosofía. Sus emisores sostienen que las redes blockchain permiten construir sistemas monetarios globales más rápidos, más eficientes y más accesibles que los sistemas bancarios tradicionales, eliminando intermediarios y reduciendo costes de transacción.
Desde esta perspectiva, la confianza no depende exclusivamente del Estado, sino que puede generarse mediante una combinación de reservas verificables, transparencia tecnológica, competencia de mercado y protocolos abiertos.
El hecho de que las stablecoins vinculadas al dólar representen ya prácticamente la totalidad del mercado mundial demuestra, según esta interpretación, que los usuarios están dispuestos a adoptar instrumentos monetarios privados cuando estos ofrecen ventajas operativas frente a las infraestructuras tradicionales.
La vuelta de un viejo debate histórico
Paradójicamente, la revolución de las stablecoins está reabriendo una discusión que parecía resuelta desde hace más de un siglo. Durante gran parte del siglo XIX, numerosos países operaban con sistemas en los que múltiples bancos privados emitían sus propios billetes. Aquellos sistemas generaban importantes problemas de confianza: los billetes de distintas entidades no siempre mantenían el mismo valor, algunas instituciones quebraban y los ciudadanos debían evaluar constantemente la solvencia del emisor antes de aceptar un medio de pago.
Las stablecoins ya mueven 6.800 millones de dólares al mes entre particulares, según Visa
La consolidación de los bancos centrales y del dinero fiduciario moderno fue, en gran medida, una respuesta a esos problemas. Ahora, la tecnología blockchain plantea la posibilidad de volver a un escenario en el que múltiples entidades privadas emitan instrumentos monetarios globales, aunque utilizando infraestructuras digitales en lugar de papel moneda. La cuestión es si esta nueva arquitectura será capaz de evitar los problemas que llevaron, precisamente, al nacimiento de los bancos centrales modernos.
Una disputa tecnológica, económica y geopolítica
Como decimos más arriba, la preocupación del BIS sobre la posible dolarización mediante stablecoins en países emergentes muestra como el debate se adentra en el terreno de la soberanía monetaria y del poder geopolítico.
Si ciudadanos y empresas comienzan a utilizar de forma masiva stablecoins emitidas por compañías privadas en lugar de monedas nacionales, los bancos centrales podrían ver limitada su capacidad para influir sobre la economía mediante la política monetaria. Al mismo tiempo, los emisores privados de stablecoins podrían convertirse en nuevos actores sistémicos con capacidad para gestionar billones de dólares en transacciones globales.
La pregunta que plantea el informe del BIS, por tanto, no es únicamente si las stablecoins son seguras o eficientes. La cuestión de fondo es quién ejercerá el monopolio de la confianza económica global en el siglo XXI. ¿Seguirán siendo los Estados y los bancos centrales quienes controlen la infraestructura monetaria internacional? ¿Serán las empresas privadas emisoras de stablecoins? ¿Podrán las grandes plataformas tecnológicas convertirse en nuevos bancos centrales de facto? ¿O emergerán redes descentralizadas capaces de competir con ambos modelos?
La respuesta a estas preguntas determinará el reparto del poder económico y político en las próximas décadas. En este sentido, la batalla de las stablecoins no es únicamente una discusión financiera o tecnológica: es, probablemente, una de las grandes disputas geopolíticas del siglo XXI.

