Durante años, Changpeng Zhao, CZ, fundador de Binance, defendió que Binance no necesitaba una sede porque, como la propia tecnología blockchain, era esencialmente descentralizada. La afirmación resultaba coherente con el imaginario de la descentralización que acompañó al nacimiento de las criptomonedas. Pero también puede interpretarse como una fórmula extraordinariamente eficaz para crecer a escala global en un sector que carecía de regulación.
Aquella afirmación, que durante la década pasada funcionó como un poderoso artefacto narrativo de la revolución cripto, constituye hoy el verdadero pecado original de Binance. No porque la descentralización tecnológica sea una ficción, que no lo es, sino porque la compañía transformó un atributo de una arquitectura informática en una filosofía empresarial y, finalmente, en una estrategia de gobernanza. La blockchain podía ser descentralizada. La responsabilidad jurídica, no.
La ausencia de una sede clara
La apelación a la descentralización, una idea que terminó convirtiéndose en uno de los grandes relatos del ecosistema cripto, sirvió a Binance como gran ventaja competitiva. La ausencia de una sede clara, de una jurisdicción principal y de una estructura corporativa convencional permitió a Binance hacer algo que ninguna entidad financiera tradicional podía hacer: crecer simultáneamente en decenas de países sin asumir desde el primer momento los costes regulatorios, administrativos y de supervisión que acompañan a cualquier expansión internacional.
Visto con perspectiva, es difícil no concluir que la descentralización también funcionó como una estrategia para aprovechar las diferencias regulatorias entre países. La ausencia de una sede fija permitía reducir costes, acelerar la expansión internacional y mantener una flexibilidad que los competidores tradicionales no podían igualar. En ese sentido, la verdadera genialidad empresarial de CZ consistió en comprender antes que nadie que, en una industria naciente, la ambigüedad institucional podía convertirse en un activo económico.
Pero la historia económica muestra que las ventajas competitivas de las etapas pioneras rara vez permanecen intactas cuando un sector madura. Lo que durante años fue celebrado como un símbolo de innovación, libertad y disrupción empezó a ser interpretado por los reguladores de una forma muy diferente: como una sofisticada arquitectura empresarial diseñada para crecer más rápido de lo que las instituciones eran capaces de supervisar. Los activos estratégicos de una etapa fundacional se habían convertido, con el tiempo, en sus principales pasivos.
Una declaración ideológica
Más que una descripción organizativa, la frase de CZ era una declaración ideológica. Expresaba la convicción, muy extendida durante los primeros años de la industria, de que la innovación tecnológica podía situarse por encima de las categorías tradicionales del derecho, de la supervisión y, en última instancia, de la propia soberanía de los Estados.
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Durante un tiempo, esa narrativa funciono y Binance se convirtió en el mayor exchange del mundo precisamente gracias a una estructura extraordinariamente flexible, capaz de expandirse globalmente más rápido de lo que los reguladores podían comprender qué era exactamente Binance, dónde estaba Binance o quién respondía realmente por Binance.
Pero las instituciones modernas toleran la innovación, pero desconfían profundamente de la ambigüedad. Un regulador puede aceptar nuevos productos, nuevos mercados e incluso nuevas formas de dinero. Lo que difícilmente puede aceptar es no saber quién toma las decisiones, quién asume los riesgos y quién responde cuando las cosas salen mal.
Por eso, cuando CZ lamentó hace unos días que la Unión Europea estuviese privando a los usuarios del «mejor nivel de liquidez del mundo», probablemente estaba describiendo el conflicto desde la misma perspectiva que ha acompañado a Binance desde su nacimiento: la convicción de que la eficiencia del mercado puede sustituir a la legitimidad institucional.
Pero la regulación europea de los criptoactivos no surge porque Bruselas haya descubierto de repente los riesgos tecnológicos de blockchain. Surge porque, después de más de quince años de desarrollo de la industria, los reguladores han llegado a la conclusión de que el problema nunca fue la tecnología. El problema fue la organización del poder alrededor de esa tecnología.
Binance creció gracias a la incertidumbre regulatoria
Durante demasiado tiempo, el debate sobre las criptomonedas se presentó como un enfrentamiento entre innovación y regulación. Era una forma cómoda de describir el conflicto, pero probablemente también era una forma equivocada. Lo que estaba en juego no era si los Estados debían permitir la innovación tecnológica, sino si las grandes plataformas globales podían decidir por sí mismas cuándo, cómo y bajo qué condiciones someterse a la autoridad pública.
En ese sentido, Binance no creció a pesar de la incertidumbre regulatoria. Creció gracias a ella. La indefinición institucional fue una ventaja competitiva. Mientras bancos, brokers, gestores de activos y, más tarde, otros grandes exchanges de criptomonedas dedicaban grandes sumas de dinero a obtener licencias, construir estructuras societarias locales, contratar equipos de cumplimiento normativo y mantener relaciones permanentes con los supervisores, Binance podía destinar una parte mucho mayor de esos recursos a crecer más rápido, captar más usuarios y lanzar nuevos productos con una velocidad difícil de igualar.
Competencia con sus iguales
La pregunta no es si Binance fue más innovadora que sus competidores. La pregunta es si habría podido convertirse en el mayor exchange del mundo si hubiera asumido desde el principio las mismas obligaciones regulatorias y los mismos costes institucionales que afrontaban tanto las entidades financieras tradicionales como otros actores relevantes del propio sector cripto. Probablemente no.
Y precisamente por eso la discusión sobre Binance tiene que ver con la naturaleza de la competencia económica en un entorno globalizado. Sobre si la innovación debe competir en igualdad de condiciones o si puede utilizar la ausencia temporal de regulación como un mecanismo estructural de ventaja. La crisis de las acciones tokenizadas en 2021 mostró con claridad esta tensión.
Cuando Binance decidió ofrecer versiones tokenizadas de acciones de Tesla, Apple, Coinbase o Microsoft, no estaba simplemente desarrollando un nuevo producto financiero. Estaba poniendo a prueba, una vez más, la capacidad de las instituciones para reaccionar a una innovación que se expandía más rápido que los procedimientos administrativos diseñados para supervisarla.
La respuesta de BaFin, de la FCA británica, de la CNMV española o de la Consob italiana fue reveladora. Todos los supervisores llegaron a la misma conclusión: el problema no era la tecnología utilizada, sino la ausencia de un marco claro de responsabilidad. Aquella fue, probablemente, la primera gran señal de que el modelo de crecimiento de Binance había comenzado a entrar en conflicto con los límites institucionales del sistema financiero global.
Advertencias regulatorias
A partir de entonces, las advertencias regulatorias sobre Binance empezaron a acumularse con una regularidad impresionante: Reino Unido. Italia. Japón. Ontario. Países Bajos. Singapur. Tailandia. Islas Caimán. Cada episodio podía interpretarse de forma aislada, pero todo junto comenzaban a construir un relato. Y las instituciones, igual que las sociedades, funcionan mediante relatos.
En el caso de Binance, ese relato empezó a escribirse en muchas jurisdicciones al mismo tiempo. No fue un malentendido local ni una fricción aislada con un supervisor especialmente severo. Fue una acumulación internacional de advertencias que terminó convirtiendo la excepcionalidad de Binance en un problema político y regulatorio.
En Italia, la Consob advirtió que las empresas del Grupo Binance no estaban autorizadas para prestar servicios de inversión en el país. Aquello era importante porque Italia no estaba cuestionando simplemente un producto concreto, sino la presencia misma de Binance en un mercado financiero nacional sin las autorizaciones correspondientes.
En Singapur ocurrió algo igualmente significativo. Binance retiró su solicitud de licencia y terminó abandonando el mercado después de que la Monetary Authority of Singapore incrementara la presión regulatoria sobre la plataforma. Era especialmente simbólico porque Singapur había sido considerado durante años uno de los ecosistemas más favorables a la innovación financiera y tecnológica. Si incluso Singapur consideraba problemático el encaje institucional de Binance, el problema dejaba de ser la rigidez regulatoria europea.
Investigado en Francia
En Reino Unido, la FCA prohibió a Binance Markets Limited realizar actividades reguladas sin autorización previa. El regulador maltés, la MFSA tuvo que desmentir que Binance fuese una compañía cripto bajo supervisión de Malta, pese a la narrativa que durante años la había situado en la llamada isla blockchain.
En Países Bajos, el banco central multó a Binance por operar sin el registro exigido. En Japón, la Agencia de Servicios Financieros volvió a reclamar que la plataforma actuaba sin el registro necesario. Canadá acabó forzando la retirada de Binance del mercado. En Tailandia, el regulador presentó incluso una denuncia penal. Las Islas Caimán negaron que Binance estuviese registrada o autorizada allí como muchos podían suponer.
En Francia, Binance no solo se enfrenta a dudas regulatorias, sino a una investigación judicial por presunto blanqueo agravado, fraude fiscal y captación ilegal de clientes. La diferencia es relevante. Una advertencia administrativa puede formar parte del aprendizaje de una industria joven. Una investigación penal dentro de la Unión Europea afecta directamente a la honorabilidad, la reputación y la confianza que MiCA exige a cualquier proveedor de servicios de criptoactivos.
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Por ello, cuando se observa el conjunto, la cuestión no es si Binance tuvo problemas en este o aquel país. El problema es que Binance fue dibujando un mapa global de desconfianza institucional. Lo sucedido en Italia, Reino Unido, Malta, Países Bajos, Francia, Japón, Canadá, Tailandia, Islas Caimán o Singapur muestra cómo el modelo de expansión global de Binance chocó, una y otra vez, con la misma cuestión: ¿quién responde aquí?
Si durante años nadie supo exactamente dónde estaba Binance, los reguladores europeos quieren saber hoy algo mucho más importante: qué es exactamente Binance, quién toma las decisiones y quién responde cuando las cosas salen mal.

