La agenda del World Economic Forum de Davos, que se celebra desde hoy hasta el 23 de enero en la localidad suiza, dibuja una imagen de Europa más vinculada a brechas tecnológicas y a correcciones estructurales que a liderazgo. Vista en conjunto, la selección de debates en los que Europa aparece como sujeto retrata a un continente que intenta defenderse para no quedar atrás. Dicha percepción se construye a partir del propio lenguaje de la agenda, tanto en el programa oficial del Foro como en otros eventos paralelos. Es el caso de los convocados en la Casa de la IA.
En el programa oficial del Foro, Europa aparece de manera recurrente como un actor que busca tracción. El debate «¿Cómo podemos desbloquear nuevas fuentes de crecimiento?» plantea una cuestión que remite a estancamiento y falta de dinamismo. Esa sensación se refuerza de manera explícita en la sesión «Europa se mantiene a flote: ¿cómo puede generar olas?», donde el propio título sugiere supervivencia más que impulso.
En el mismo eje temático, el Foro plantea «¿Qué hace que la economía de Estados Unidos sea excepcional?», situando a Europa en una posición comparativa desfavorable y como caso que debe analizar por qué otros crecen más y mejor.
Soberanía tecnológica
En el ámbito tecnológico, el diagnóstico es igualmente prudente. La sesión «¿Es viable la soberanía tecnológica de Europa?». La pregunta no es cómo liderar, sino si Europa puede sostener una posición propia en un entorno dominado por Estados Unidos y China. Ese mismo enfoque aparece en «¿Puede Europa competir en energía limpia?», donde la transición energética se presenta menos como una ventaja competitiva consolidada y más como un desafío industrial pendiente.
El cuestionamiento alcanza incluso a los pilares históricos del proyecto europeo. En «Segunda Ley para el Mercado Único de la UE», el debate, tal y como refleja la agenda del Foro, parte de la constatación de que tres décadas después, la promesa de un mercado plenamente integrado sigue sin cumplirse, con un déficit de inversión cercano a los 800.000 millones de euros, que limita el crecimiento y la competitividad. El ministro de Economía, Comercio y Empresa de España, Carlos Cuerpo Caballero, participa en este debate.
Davos sitúa a las stablecoins en el centro del debate financiero y mira a Trump
Igualmente, en el debate ¿Puede Europa defenderse?, donde participa la presidenta del Banco Europeo de Inversión, Nadia Calviño, se exponen directamente las brechas del continente. El texto de la agenda recoge que «Europa se enfrenta a urgentes brechas de seguridad: recientes violaciones del espacio aéreo han puesto de manifiesto vulnerabilidades, mientras que años de subinversión, fragmentación y dependencia han debilitado la base industrial de defensa del continente». La pregunta que se hace es si Europa está dispuesta a sacrificar competitividad y principios de mercado para ganar autonomía estratégica.
La brecha de la IA
Fuera de la agenda estrictamente oficial, pero en plena sintonía con ella, eventos organizados en la Casa de la IA (AI House) profundizan en el mismo diagnóstico desde el ángulo de la inteligencia artificial. El evento «La brecha de soberanía de la IA: cómo asegurar la posición estratégica de Europa» sitúa al continente en una encrucijada explícita. La propia formulación asume que Europa se encuentra en desventaja frente a Estados Unidos y China en la carrera por la IA.
La Casa de la IA, que define su misión como espacio neutral para promover una IA segura, responsable y sostenible, subraya el papel europeo como facilitador del diálogo y la gobernanza, más que como líder tecnológico.
Gestionar más que imponer agenda
Así, tanto en la agenda oficial de Davos como en otros eventos, la imagen de Europa aparece asociada a verbos como desbloquear, competir, defender, escalar o asegurar, y a conceptos como brecha, fragmentación, subinversión o vulnerabilidad. Apenas aparecen referencias a expansión, liderazgo o hegemonía tecnológica.
En su conjunto, la programación de Davos dibuja a Europa como el espacio donde se gestionan las consecuencias de un mundo cada vez más competitivo y polarizado. Un continente consciente de sus valores y de sus riesgos, pero sin capacidad para traducirlos en poder económico, industrial y tecnológico real.

