Hay un dibujo muy famoso en internet, que está en el número 2347 del popular webcómic xkcd, titulado Dependency (Dependencia). Fue creado por el ilustrador e ingeniero estadounidense Randall Munroe, exprogramador de la NASA, y resume la verdadera naturaleza del siglo XXI mejor que cualquier tratado de economía o manual de ingeniería.
En la viñeta se observa una estructura colosal, un laberinto vertical de bloques geométricos, pasadizos y engranajes que se eleva como una inmensa y pesada torre de Jenga. Representa la infraestructura digital moderna. El entramado invisible sobre el que descansa el comercio global, las comunicaciones, los hospitales, los satélites y la economía del planeta. Sin embargo, al bajar la mirada hacia la base de esa torre titánica, se descubre que toda la estructura no descansa sobre cimientos de hormigón ni sobre los pilares de una multinacional de Silicon Valley. Se sostiene, en un equilibrio involuntario e inverosímil, sobre un único y diminuto bloque.
El mayor acto de desinterés colectivo de la especie humana
Una pequeña flecha apunta a ese bloque con una nota: Un proyecto que una persona de Nebraska mantiene desinteresadamente desde 2003. La viñeta es una radiografía exacta de nuestro mundo. De hecho, el propio Munroe incluye un texto que puede verse al colocar el ratón sobre la imagen: Algún día ImageMagick por fin se romperá para siempre y tendremos un largo período de caos mientras intentamos reconstruir la civilización a partir de los escombros.
Vivimos con la ilusión de que las grandes herramientas que definen nuestra era, los teléfonos que llevamos en el bolsillo, los sistemas que guían los aviones o las redes que mueven billones de dólares cada segundo, son el producto exclusivo de corporaciones multimillonarias o de proyectos gubernamentales. Nos gusta pensar que detrás de la tecnología hay un plan maestro, un búnker lleno de ingenieros con sueldos astronómicos custodiando las tuberías del progreso.
Pero la realidad es mucho más extraña y, a veces, peligrosamente frágil. Los logotipos relucientes pertenecen a los gigantes tecnológicos, pero los cimientos, las vigas maestras y el cableado del mundo pertenecen a desconocidos. Personas que, en la intimidad de sus habitaciones, a menudo de madrugada y por puro amor a la ciencia, al arte o a la comunidad, decidieron regalar su trabajo a la humanidad. La historia de la era digital no es la historia de la acumulación de capital. Es la historia del mayor acto de desinterés colectivo de la especie humana.
Tim Berners-Lee, inventor de la Web
Para comprender el tamaño de esta deuda, hay que remontarse al momento en que el mundo se conectó. A principios de los años 90, un científico británico que trabajaba en el CERN, Tim Berners-Lee, inventó un sistema para organizar y compartir información en red. Diseñó las direcciones URL, el lenguaje HTML y el protocolo HTTP. En la práctica, inventó la World Wide Web. Si Tim hubiera patentado su invento, se habría convertido instantáneamente en la persona más rica del planeta. En lugar de eso, peleó para que el CERN liberara la tecnología de forma totalmente gratuita, libre de derechos y patentes en 1993. Esa decisión desinteresada permitió que internet pasara de ser un experimento científico a convertirse en la plaza pública de la humanidad.
Sobre esa red recién nacida, las ideas empezaron a fluir, pero faltaban las herramientas para procesarlas. En las navidades de 1989, un programador holandés llamado Guido van Rossum se aburría durante las vacaciones de invierno y, para entretenerse, empezó a diseñar un nuevo lenguaje de programación en su ordenador. Lo llamó Python. No buscaba dinero y lo lanzó en internet de forma abierta. Tres décadas después, Python es el lenguaje de programación más popular del planeta y el idioma universal en el que se escribe la revolución de la Inteligencia Artificial. Cada avance en el aprendizaje automático que hoy nos asombra se sostiene sobre el pasatiempo navideño de Guido.
Linux, los cimientos del código
Casi al mismo tiempo, en 1991, un estudiante finlandés de veintiún años llamado Linus Torvalds escribió en un foro público que estaba desarrollando un sistema operativo libre, solo como un hobby y que no sería nada grande ni profesional. Ese hobby se convirtió en Linux. Hoy, Linux hace funcionar el 100% de las supercomputadoras de la Tierra, la inmensa mayoría de los servidores de internet, los sistemas de los coches modernos y la base de los teléfonos Android. Wall Street, las grandes firmas tecnológicas y la NASA se apagarían mañana si el código que un estudiante regaló al mundo dejara de funcionar.
Sin embargo, Linux era difícil de instalar y mantener en sus inicios. En 1993, un estudiante estadounidense llamado Ian Murdock decidió resolver esto creando una versión comunitaria, abierta y democrática de Linux, donde ninguna empresa pudiera imponer sus reglas. La llamó Debian (uniendo su nombre al de su novia, Debra). Debian se convirtió en la roca sólida de la infraestructura digital: es la base directa de Ubuntu (el Linux más usado del mundo) y de los sistemas en la nube de Amazon (AWS) que alojan plataformas como Netflix o Google.
cURL
A medida que internet crecía, la necesidad de conectar esos sistemas de forma eficiente y segura se volvió crítica. En 1996, un desarrollador sueco, Daniel Stenberg, escribió una pequeña herramienta para automatizar el cambio de divisas en una sala de chat. Aquel código evolucionó hasta convertirse en cURL. Hoy en día, está instalado en más de 30.000 millones de dispositivos. Está en tu coche, en tu televisor, en el robot que explora Marte y en el código de cada aplicación de tu teléfono que se conecta a un servidor. Daniel sigue manteniendo este código incansablemente sin recibir un céntimo de regalías.
SQLite
¿Y dónde se guardan los datos que viajan por esas tuberías? En el año 2000, un programador independiente, Richard Hipp, necesitaba una base de datos pequeña que no requiriera instalación para el software de unos barcos de la Marina estadounidense. Así nació SQLite. En lugar de comercializarlo, Hipp lo liberó por completo al dominio público, renunciando a todos sus derechos. Hoy, cada smartphone del planeta utiliza docenas de bases de datos SQLite en silencio para guardar tus mensajes de WhatsApp, tus contactos o tus fotos.
OpenSSL
Para que toda esta información viaje de forma segura, se necesita un escudo. A finales de los 90, un grupo de programadores independientes desarrolló OpenSSL, una caja de herramientas criptográficas que genera el candado invisible https:// de tu navegador. Durante más de una década, esta infraestructura crítica que protegía las contraseñas, correos y tarjetas de crédito de dos terceras partes de los servidores del planeta estuvo mantenida de forma voluntaria por apenas un par de personas que sobrevivían con donaciones ridículas.
BitTorrent
A la par de estos sistemas de transferencia y seguridad, la distribución de archivos masivos encontró su propia revolución en 2001 gracias a Bram Cohen, quien creó el protocolo BitTorrent. Al permitir que los usuarios descargaran fragmentos de datos unos de otros en lugar de saturar un servidor central, Cohen transformó para siempre la distribución de datos en internet. Hoy en día, esta tecnología de red abierta es la base que utilizan las mayores empresas del mundo para actualizar su software y gestionar bases de datos gigantescas de manera eficiente.
Bitcoin
Este impulso altruista terminó alcanzando al dinero y desafiando el monopolio monetario que los Estados han ostentado durante los últimos tres siglos. En 2008, mientras el sistema financiero tradicional se desmoronaba en una de las peores crisis de la historia, un pseudónimo, Satoshi Nakamoto, publicó un documento de nueve páginas en una lista de correo.
No fundó una empresa, no buscó capital de riesgo ni solicitó una patente. Simplemente entregó al mundo el código de Bitcoin, una tecnología capaz de crear escasez digital y confianza sin necesidad de un banco central. Satoshi llegó a minar cerca de un millón de sus propias monedas en los inicios de la red, una fortuna que hoy equivale a decenas de miles de millones de dólares. En 2011, escribió un breve correo diciendo que iba a ocuparse de otras cosas, desapareció y jamás tocó una sola de esas monedas. Renunció a ser una de las personas más ricas del planeta para que su invento siguiera siendo un bien público y neutral.
Ethereum
Poco después, un joven de diecinueve años, Vitalik Buterin, entendió que esa misma infraestructura podía expandirse para crear un ordenador mundial descentralizado. Diseñó Ethereum, la red sobre la que hoy se asientan buena parte de las finanzas descentralizadas y las stablecoins. Vitalik sigue creyendo y cimentando la evolución técnica de la red como un espacio abierto para todos.
Héroes invisibles
Si mañana desaparecieran las corporaciones más grandes de la Tierra, el mundo sufriría una crisis profunda, pero los sistemas seguirían encendidos. Si mañana desaparecieran los proyectos de código abierto, la civilización moderna colapsaría en cuestión de minutos. Los aviones no despegarían, los bancos no abrirían, las redes eléctricas se apagarían y los teléfonos se convertirían en ladrillos de cristal.
Esta serie trata sobre los héroes invisibles que no aparecen en las portadas de las revistas de negocios, pero cuyos nombres están grabados en las líneas de código que sostienen nuestras vidas. Es una exploración de cómo el software libre y la filosofía del código abierto han logrado transformar el mundo, demostrando que, a veces, la estructura más colosal de la humanidad se mantiene en pie gracias al asombroso y desinteresado esfuerzo de unos pocos.

