El pasado viernes, Observatorio Blockchain publicaba un artículo de José Maldonado en el que se ponía de relieve la apuesta de Apple y Sony por el alquiler de la tecnología. ¿Qué significa el cambio de unan lógica dominante de la propiedad a una lógica del alquiler? Hasta ahora, se tenía que la forma cultural por antonomasia del capitalismo era la propiedad individual.
El fin de la propiedad de tus datos
Sin embargo, desde hace tiempo distintas voces están poniendo el acento en la extensión de otras formas de relación con las cosas, con lo que se usa, incluyendo nuestros elementos básicos, como vivienda, automóvil o tecnología. Entre ellas, la del sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin, que ya en el año 2000 hablaba de la “era del acceso”, oponiéndola a la “era de la propiedad”. Lo importante es acceder, no el título de propiedad. Pero más importante aún es vender o gestionar el acceso. Todavía más, tener la llave para el acceso de los usuarios y consumidores.
En cierta forma, en la digitalización hemos estado viviendo en el alquiler. El alquiler de licencias de software que se renovaban periódicamente. Parecía que se compraban, pero la transacción se parecía bastante más a la de un alquiler de uso de esas licencias. Sony lo ha puesto hace unos días de manifiesto: lo digital es solo licencia revocable.
En lo digital solo unos pocos son propietarios: los propietarios del código. Los demás podemos usarlo a través de pagar los derechos de acceso. Así el mundo se divide en unos pocos que venden esos derechos de acceso o que, posiblemente a la vez, tienen acceso a los contenidos producidos por la mayoría -esto de manera gratuita, en buena parte porque trabajamos en “su propiedad”- y la inmensa mayoría que ha de pagar por acceder al uso de esas tecnologías digitales. Un pago que puede hacerse en forma dineraria o en otras formas, creando contenidos o con atención a la publicidad que se inserta. Como la entidad propietaria decida.
Las huellas del arrendatario
El que la cuestión venga ya de lejos, no quita un ápice de importancia al paso dado durante estos meses de verano. Sobre todo en lo que tiende de indicio para el diagnóstico del espíritu de nuestro tiempo; pareciéndome lo más relevante el paso de Apple de ser un vendedor de máquinas de comunicación a ser un arrendador del terminal que permite el acceso a usar su tecnología y, de esta forma, posibilitar que sea el propietario de tal uso.
Mientras el usuario accede a la tecnología de Apple, que sigue siendo propiedad de la empresa, todas las huellas que deja el arrendatario en su uso pasan a ser propiedad de Apple. En la práctica, es lo que se venía haciendo. Pero ahora es como si quedase certificado, borrando cualquier sombra de duda jurídica. Algo importante, teniendo en cuenta las millonadas que se ponen en juego en algunos juicios protagonizados por las grandes corporaciones tecnológicas. Aun cuando la cuestión va más allá.
Todo parece indicar que el modelo por el que ha optado Apple es de leasing, siguiendo el ejemplo de los automóviles. Un modelo en el que, tras pasar el tiempo, parece más conveniente acceder el nuevo ejemplar de terminal recientemente salido de la fábrica, que pagar para hacerse con la propiedad de lo que es ya un terminal tecnológicamente obsoleto. De esta forma, se suceden los alquileres, renovándose las cuotas mensuales. El usuario estará más atento a tales novedades tecnológicas.
La decisión se ha argumentado en clave de necesario importante aumento del precio de venta al público, por aumento del coste vinculado a su producción y mantenimiento. Con el alquiler, se seguiría posibilitando el acceso a la tecnología Apple, sin tener que desembolsar la domésticamente importante cantidad que supone comprarlo en propiedad. No obstante y más allá de esta justificación, parece más un cambio estratégico de la compañía.
Como en las viviendas vacacionales
En caso de que el usuario se canse del aparato o, por cualquier razón, le llegue otro terminal nuevo de Apple u otra compañía, no puede vender el que tenía alquilado, pues no es suyo. Si se decide devolver el aparato, se deja de pagar las cuotas. Eso sí, Apple lo limpia y lo vuelve a alquilar. Como en los pisos de alquiler o, más aún, en las viviendas vacacionales. La diferencia es que aquí Apple hace de mediador -de “Airbnb” o “Booking”, si asimilamos el terminal a una habitación- y de propietario. Un propietario que se queda con todo lo que metiste o creaste en ese terminal. Es decir, es cierto que se queda con la “basura”. Pero, también, con los muebles, los libros, los discos, las pelis y fotos, y todo lo que creaste durante el tiempo que “viviste”, perdón, utilizaste el terminal.
Como se dice en el post de Maldonado, Apple y Sony certifican una tendencia que ya estaba presente en el ámbito tecnológico. Se pone el ejemplo de Adobe, donde si se deja de pagar la cuota se pierde todo lo creado. También, el de HP o BMW. En ellos, llama la atención que, con el modelo del alquiler y no-propiedad del usuario, las empresas-propietarias cambian los términos de la relación a voluntad en un “lo tomas o lo dejas”, con los potenciales perjuicios para el usuario.
¿Qué ocurre en el caso de avería del terminal en el caso de Apple? En primer lugar, Apple tendría el monopolio de las reparaciones. Como el terminal es suyo, es ella la que se encarga de las reparaciones, no pudiendo acudir el usuario a un “taller” alternativo, mucho más barato. ¿Quién paga la reparación? ¿Se pondrá a disposición del usuario un terminal nuevo? ¿Y qué pasa con la información contenida en el averiado? No parece claro y cabe pensar que depende de la atribución de responsabilidad de la avería. Ahora bien: ¿qué entidad tendrá la decisión de atribución de tal responsabilidad? Por supuesto, la compañía. En todo caso y como se ha indicado, los términos sobre este y otros asuntos pueden ir cambiando a conveniencia de la propia compañía.
Esclavitud tecnológica
Parece que el usuario ya no solo trabaja para ellos, creándoles contenidos y dándoles información, sino que se abre la tendencia a una especie de régimen de esclavitud tecnológica empujando a la suscripción perpetua: la vida digital del usuario depende de las decisiones corporativas. Ser propietario será cada vez más caro, cada vez menos factible para la mayoría de las personas. Ahora bien, con la digitalización, los arrendadores se convierten en los propietarios de la vida digital de los arrendatarios. Esto sí que es intercambio desigual en un capitalismo del alquiler y la suscripción, donde no es que desaparezca la propiedad, sino donde la propiedad está mucho más concentrada.

