Finfluencer es un término que resultado de la contracción de finance e influencer: creador de contenido que habla sobre finanzas personales, ahorro, inversión, bolsa o, también, criptomonedas. Tratan de tales asuntos de una manera sencilla, sin apenas lenguaje técnico o con el imprescindible para presentarse como expertos. Y, sobre todo, dan consejos. La recomendación se impone a la descripción y, sobre todo, al análisis. A lo sumo, un análisis un tanto fake por la exigencia retórica de simplificación, que, por otro lado, tampoco interesa en exceso a sus potenciales receptores.
En ese esfuerzo por simplificar lo complejo, como es el sistema financiero y sus constantes flujos, hay que reconocer la labor de los buenos finfluencers. Los que hacen fáciles conceptos relativamente difíciles para un público lego. Dejan a un lado su traje de expertos y educan financieramente a los legos. El problema surge con quienes no han dejado traje de experto alguno porque nunca lo han tenido. Un traje de experto está hecho de conocimiento, experiencia, independencia de juicio, ética profesional y responsabilidad.
Los finfluencers más prometedores
La CNMV está muy preocupada con los finfluencers más prometedores. Publicó el pasado 25 de mayo una guía para que los finfluencers actúen con responsabilidad, dedicando un capítulo a los criptoactivos. Más recientemente, el 22 de octubre ha hecho una mayor muestra de su preocupación organizando una jornada en el Matadero, de Madrid, titulada Finfluencers: Más allá del ‘like’. Ya el hecho de suponer que hay algo más allá del ‘like’ en nuestras sociedades es situarse en un determinado marco cultural e ideológico.
Finfluencers prometedores porque llegan a hacer promesas de ganancia a quien quiera atender sus consejos. La vigilante institución financiera española debe estar preocupada con los que a partir de sus puestos en la web -podcasts, blogs o Telegram, Instagram, Tik Tok, X o YouTube- prometen a sus miles de seguidores que se harán millonarios si siguen sus consejos. Son especial motivo de preocupación aquellos que invitan individualmente a sus seguidores a encuentros en espacios privados, donde se les recomienda qué curso de educación financiera realizar o qué hacer con su patrimonio, tras pagar por el “consejo”.
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Más allá de que sus visiones generales del estado de la economía y las finanzas estén fundamentadas, o que sus específicos diagnósticos públicos sobre negocios o compañías estén acertados, estamos hablando de los finfluencers que cobran por ofrecer interesadas recomendaciones. Su juicio, lejos de ser independiente, está incentivado por cobros de comisiones en llevar clientes. En algunos casos, recomendaciones personalizadas. Y hay que reconocerlo, en el campo de la inversión en criptomonedas siguen estando muy presentes. Aun cuando también es cierto que en menor medida que hace unos años. Una práctica que, por otro lado, es una palanca para estafas. De hecho, ha de decirse que la propia recomendación de inversión en un activo concreto, con nombre y apellidos, huele ya bastante a fraude.
No contemplan la incertidumbre
Huele a fraude porque, en primer lugar, es asumir, ante quien vive con ansia el futuro de su economía, un saber que no se tiene. Es el saber del futuro. Prometer el futuro es, tal vez hoy más que nunca, un fraude. Por ello, los buenos profesionales actuales del futuro nos decepcionan un poco. Quizá busquemos en ellos certezas y nos devuelven incertidumbres, riesgos. A lo sumo, probabilidades de futuro a partir de cómo ha funcionado el presente. Y siempre con condicionantes: si todo sigue igual, si no pasa nada extraño. Pero sabemos que el accidente es normal, como nos dice el sociólogo Charles Perrow. Pero los finfluencers no contemplan la incertidumbre o el accidente en su recomendación personalizada e interesada. Empujan al inversor. El accidente son ellos mismos.
En un libro recientemente publicado, Prophecy, Carissa Véliz nos habla de cómo se ha configurado la industria de la predicción. De cómo los negocios y la economía requieren de marcos de futuro para funcionar; pero, también, de cómo la producción de esa materia prima simbólica que es el futuro es algo que se fabrica, es un negocio, que a veces traspasa líneas éticas y morales. Es una gran industria, con grandes compañías involucradas, medios de comunicación de todo tipo, los más talentosos profesionales implicados y las más abiertas imaginaciones a su servicio. Pero, también, con importantes agujeros.
Como dice literalmente la autora, nuestra ansiedad por el mañana nos hace vulnerables a charlatanes, técnicas sibilinas de engaño y decepciones. Y ello porque buscamos el futuro desesperadamente. En especial, el futuro de nuestros patrimonios. Y por el hueco de la desesperación es por donde se cuelan los entes parasitarios. Pues bien, es en la industria de la predicción donde se han colado los finfluencers parásitos.
En su libro, Véliz, nos presenta una sintética historia universal de la predicción, especialmente focalizada en Grecia y Roma. Una historia de la que puede derivarse como uno de los principios generales, es que los buenos y más relevantes elementos de la industria de la predicción estaban vinculados a la responsabilidad sobre lo que se recomienda hacer de cara al futuro. Incluso, una responsabilidad vinculada a la vida, como le ocurría a los consejeros de déspotas. Pero lo de los finfluencers es otra cosa. Sus particulares consejos no llevan aparejada responsabilidad alguna.