Bitcoin nos ha hecho pensar sobre el significado del dinero. Lo que es, lo que ha sido y lo que puede llegar a ser el dinero. Algo que teníamos como un elemento tan evidente de nuestra vida cotidiana, se ha dado la vuelta. El dinero no es solo ese objeto de moneda o papel con cifras e instituciones del poder inscritas.
El dinero es tecnología
No es la inscripción del poder como fuente de confianza. El dinero es la confianza que se tenga en él, incluyendo la confianza que se tenga en el poder que se inscribe en sus soportes materiales. De tal manera, que puede haber confianza en un dinero que carece de esa materialidad física. Que no es ni de metal, ni de papel, ni de piedra, ni de conchas. Que tampoco tiene esa inscripción del poder en el que confiar. Que es confianza en los que confían en Bitcoin. Confianza social en estado puro. A partir de aquí, el dinero puede ser muchas cosas.
Bitcoin nos ha enseñado a muchos que el dinero es tecnología. Es una tecnología social basada en la confianza. Nos ha hecho pensar el dinero como tecnología. El dinero de papel o metal también es una tecnología. De facto, una de las tecnologías más potentes de los últimos tres mil años. Bitcoin nos ha hecho repensar el dinero proponiendo que esa tecnología podía tener otros soportes, como una red distribuida que mantiene un registro público de transacciones y donde se puede transferir valor sin depender de un banco central o de un operador único.
La revolución Bitcoin
Desde cierta perspectiva, podría calificarse el proyecto Bitcoin como fracaso. No ha sustituido al dinero fiat. Las monedas nacionales, emitidas por sus bancos centrales, siguen estando ahí. Incluso, apenas ha tenido influencia en las políticas monetarias. Siguen siendo más o menos convencionales. Pero si se ve desde la profunda reflexión abierta en las instituciones financieras o sobre el papel de los reguladores, podríamos hablar de la revolución Bitcoin.
Ni las instituciones financieras, ni siquiera las más conservadoras, ni los reguladores se ven a sí mismas de igual manera a lo que eran antes de que se introdujese en estos actores el virus de los activos digitales. Un virus que estaba instalado en el ADN de Bitcoin.
Bitcoin ya no es un experimento de freakis de la tecnología. Ahí están los fondos cotizados, la existencia de inversores profesionales especializados en su gestión o su integración en determinados productos financieros. Está integrado en ese sistema financiero tradicional que, por su propia entrada, ha dejado de ser tan tradicional.
Los críticos de Bitcoin ponen el dedo en la llaga de su falta de centralidad en los pagos cotidianos, del día a día, en la mayor parte de las sociedades desarrolladas. Se reconoce como activo, incluso como depósito de valor, pero señalan que su uso general es muy escaso.
Pero si ponemos la mirada en las transacciones internacionales de la gente, ya es otra cosa. Incluso, en las transacciones nacionales. Y no sólo por lo que lo puedan llegar a usarlo, sino que ha de tenerse en cuenta cómo ha impulsado la aceleración en las transacciones y su menor coste.
Bitcoin es un progreso que nos ha hecho progresar
La industria de pagos y los servicios bancarios tradicionales hubieran seguido siendo tan tradicionales -poco competitivos y con un mal servicio, visto tras la entrada de Bitcoin- como antes. Bitcoin ha enseñado a la industria de pagos y al sistema financiero que podía actuar de otra forma. Puro progreso.
Bitcoin ya no es una moda o una anécdota pasajera. Es un acontecimiento histórico por todo lo que está cambiando. Es un progreso que nos ha hecho progresar