Economías políticas y políticas económicas a partir de la Libra de Facebook

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Las políticas públicas, que son esas medidas cuidadosamente diseñadas que tienen por objetivo el interés general de una unidad societaria (local, regional, nacional o supranacional), hace tiempo que lo tienen difícil. Fueron el emblema de la racionalización en los Estados de bienestar, condensando la propuesta de que la acción pública debía diseñarse, desarrollarse a través de procedimientos previamente pautados y transparentes, y, por último, evaluarse.

Pero tanto la globalización, que hacía más evidente la subordinación a un contexto en el que apenas podían controlarse algunos aspectos que, sin embargo, tenían un peso determinante en el margen de cada actuación pública, y, con carácter más general, el clima de incertidumbre, que ha reducido la fiabilidad de los horizontes de las acciones y sus consecuencias, han golpeado duramente un concepto, el de política pública, cuyo valor residía en, al menos, una triple consideración: los gobernantes gestionaban un poder que se les había cedido por la vía de la representación política, la acción de ese poder tenía consecuencias sobre los ciudadanos y, por último, se buscaba que esas consecuencias fueran beneficiosas –directa o indirectamente- para el mayor número de ciudadanos.

Banco central

Dentro de tales políticas públicas, las de carácter económico tienen especial trascendencia. Toda política pública tiene consecuencias económicas, aun cuando solo sea por el hecho de que conlleva esfuerzos y, por lo tanto, gasto, con la proyección que ello tiene sobre la distribución de los recursos de una sociedad.

Pero en el caso de las políticas económicas es que, además, están destinadas a la mejor gestión de tales recursos, teniendo entre sus múltiples finalidades generales la de establecer un contexto de estabilidad para el mejor aprovechamiento de los factores de producción, como capital y trabajo.

Así, por ejemplo, los indicadores de inflación o empleo/desempleo se convierten en los principales marcadores de la situación y evolución en el cuadro de mandos de una economía determinada, que los gestores públicos tienen precisamente como marco contextual de sus actuaciones. Un cuadro de mandos que suele tener la forma de banco central.

Tal marco contextual para la acción pública estaba atravesado frecuentemente de turbulencias; pero, al menos, se tenía la sensación de que siempre había cierto margen de actuación sobre el territorio y sociedad que había que gestionar. De hecho, uno de los principales instrumentos de actuación tenía que ver con la propia moneda de ese territorio y sociedad.

Facebook, nuevo gestor gubernamental

La soberanía, más allá de sus dimensiones simbólicas, se fijaba, entre otras cosas, a través de la política monetaria. Pues bien, el anuncio por parte de Facebook del lanzamiento de su criptomoneda Libra para principios de 2020 puede modificar sustancialmente ese escenario protagonizado casi exclusivamente por gestores gubernamentales. Aun cuando hay gestores privados de fondos cuyas decisiones pueden afectar a la economía de muchos países, dado el volumen de las masas monetarias que manejan, su papel ha tendido a ser relativamente marginal, más allá de algún tormentoso momento, pues, al fin y al cabo el material sobre el que trabajaban eran monedas que tenían en los poderes gubernamentales su soberanía y responsabilidad última.

Como apunta Kaushik Basu, execonomista-jefe del Banco Mundial, si solo una pequeña fracción de los casi dos mil quinientos millones de usuarios de Facebook empieza a trabajar con la nueva criptomoneda, la posibilidad de que este instrumento de pago se convierta en una especie de nueva moneda global son amplias. A ello hay que añadir que las otras empresas implicadas fundacionalmente en el proyecto, como Uber o Mastercard, promoverán su utilización. Es decir, una nueva moneda fuerte, pero ahora no gestionada por representantes y, en definitiva, responsables políticos, que, en mayor o menor medida según el régimen de gobierno respectivo, han de dar cuenta a sus ciudadanos, sino una moneda gestionada por una corporación privada, teniendo en su poder la capacidad añadida de observar cada uno de los movimientos de esa moneda y, de paso, de los usuarios de la misma.

Actor político de primer orden

Según se vaya extendiendo su uso y los usuarios cambiando sus respectivas monedas nacionales por Libras, la corporación irá acumulando un importante papel de actuación en el sistema monetario internacional. Podría actuar como un banco central. Es más, como un banco central importante, tomando decisiones que, a su vez, podrían tener proyecciones sobre la inflación y, en definitiva, la marcha económica de muchos países.

A partir de ahora, la decisión de las masas monetarias en circulación –una de las dimensiones sobre la que se actúa para el control de la inflación- estaría bajo los intereses de la Asociación Libra, que reúne a 27 empresas, además de la propia Facebook. ¿No se podría presionar así a los distintos gobiernos? Pensemos especialmente en los estados económicamente más débiles. La Asociación Libra se podría convertir en un actor político de primer orden, sin que nadie hubiera elegido a sus gestores.

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