Blockchain, una oportunidad para que los usuarios conserven o exploten su privacidad

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La frontera entre lo público y lo privado nunca ha sido clara. Entre otras cosas porque lo privado ha ido haciéndose hueco evolutivamente, a través del tiempo, como una entidad que va creciendo dentro del mundo de lo público. De hecho, el primer gran salto histórico del espacio privado no se da prácticamente hasta que la burguesía occidental se convierte en protagonista de la Historia.

Claro que antes había momentos de lo que conocemos como privado; pero, como tal institución, hay que esperar al desarrollo de la Ilustración. Basta recordar lo que tardó en llegar la lectura privada, en silencio, en un espacio considerado como propio. Un comportamiento ligado a la constitución del hogar como concreción de la institución de lo privado.

Una institución sobre la que arraiga buena parte de los derechos básicos y libertades fundamentales de nuestras democracias liberales. Precisamente el otro gran salto histórico vendrá de la progresiva extensión del concepto de hogar, especialmente como hogar unifamiliar, al conjunto de la sociedad, incluyendo las clases populares. Para comparar, cabe volver a las imágenes en que familias extensas de agricultores, jornaleros y obreros vivían hacinados. El hogar permitió el espacio y el tiempo privado.

Contaminación de lo privado

Quiero resaltar aquí que la división en la que hemos crecido la mayor parte de los actuales ciudadanos occidentales se realizaba a partir de una oposición entre comunicaciones. Lo que se comunicaba en público podía ser diferente, en contenido y forma, a lo que se comunicaba en privada, y viceversa.

Aparece como dos esferas comunicativas distintas, de aquí el recelo con el que, ya instaurada en el siglo XX la institución de lo privado, se fueron recibiendo las sucesivas innovaciones tecnológicas en el campo comunicativo. Como una especie de contaminación de lo privado, por parte de lo público, y de lo público, por parte de lo privado, de la que se temían las peores consecuencias. Una mezcla de la que podían salir monstruos.

Ocurrió con la radio, como captador de voluntades privadas para intereses públicos partidista-privatizados. Algo que tuvo su réplica ampliada con la televisión, a pesar de que lo que hoy tal vez estemos viviendo es una especie de privatización del espacio público-político: contenidos de carácter público son abordados como si fueran privados, con el lenguaje de lo privado.

Tal vez fue el teléfono la tecnología comunicativa que asistió a una más encarnizada lucha entre lo público y lo privado, porque fue –y, en cierta forma, sigue siendo- un enfrentamiento cuerpo a cuerpo: el temor a que nos escucharan las telefonistas –eran casi todas mujeres, en España- de la centralita, cuando las comunicaciones pasaban por ellas.

Las cabinas de teléfono

Las cabinas querían significar eso, los borrosos límites entre lo público y lo privado en la comunicación telefónica. Era un espacio privado en medio del agitado espacio público de la calle; pero donde la privacidad tal vez no podía escucharse, pero podía verse a través de la transparencia de sus cristales. Se veía que se estaba ejerciendo privacidad, como si así se limitase en tiempo su ejercicio –especialmente si se formaban colas a la puerta de la cabina, en espera de los respectivos turnos- y su comportamiento, pues la cabina era solo para hablar por teléfono.

Había una sombra de culpabilidad al entrar en una cabina, que podía llevarnos al castigo, condenados por exceso de culpabilidad, en forma de la dramática situación dibujada por Antonio Mercero y José Luis Garci en La Cabina. ¿Por qué, a quienes lo vimos en su tiempo, no nos pareció estúpida esta narración? ¿Simpatizamos con la angustia del protagonista, representado magníficamente por José Luis López Vázquez, porque llevábamos esa culpabilidad muy dentro?

La privacidad siempre fue mirada con recelo por los poderes públicos. Cuanto más dictatoriales, con mayor recelo. Y con respecto al teléfono teníamos la sensación de que había una especial obsesión controladora. En principio, por parte del Estado y su mano armada en esas cuestiones, que era la compañía telefónica de turno, inicialmente de propiedad estatal en buena parte de los países europeos y no solo europeos. Pero, cuando al teléfono se une internet, de manera que ya es difícil distinguir un elemento de otro para el usuario común, empiezan a entrar otros actores que se apropian de la privacidad construida a través de nuestras conversaciones y movimientos en la red.

Siri, Alexia y la publicidad

El problema se agrava cuando la red lo es todo o casi todo, en la medida que tiende a captar nuestros más mínimos comportamientos, incluso nuestras dudas, cuando hacemos uso de la inteligencia artificial incorporada y preguntamos a, por ejemplo, Siri o Alexia. Al poco tiempo, nos llegará publicidad relacionada sobre lo que hemos preguntado. En mayor medida, cuando a partir de la extensión de IoT (internet de las cosas) también se incorporen al registro el funcionamiento de los aparatos de nuestro hogar, lo que enfriamos y calentamos, lo que vemos y escuchamos, lo que regamos o secamos, lo que pensamos o respiramos.

Tal es el horizonte de gestión de nuestros registros que tienen las que hoy consideramos solo compañías telefónicas. Convertir nuestro espacio de privacidad por excelencia, en una fuente constante y universal de registros. Véase, por ejemplo, los proyectos de AT&T o JIO. Todo nuestro hogar se convertirá en una gran cabina, potencialmente transparente. Ante la amenaza que puede derivarse de este horizonte de gestión de nuestro hogar, de manera que los usuarios lleguen incluso a desconectarse, las compañías telefónicas están recurriendo a blockchain como tecnología en la que la relación entre lo público y lo privado tiene otra lógica.

Blockchain y el derecho a la privacidad

No voy a entrar aquí en cómo se transforma esta relación a partir de una tecnología que surge del mundo criptográfico y que, por lo tanto, permite mantener el secreto de los mensajes y significados, por parte de quienes los emite; pero valga decir que estas compañías han encontrado en blockchain no solo la posibilidad de una relación más transparente entre entidades y usuarios, pues todo queda escrito en el gran libro contable –y no como ahora, que solo una parte graba las conversaciones y las usa según sus intereses- al que todos pueden recurrir, sino una relación en la que se garantiza la privacidad de los registros que vaya generando el hogar, salvo que el propio usuario los quiera poner a disposición de la compañía o terceros, a cambio de compensaciones u otros beneficios.

Sí, la privacidad se ha convertido en mercancía. La cosa es que, hasta ahora, era una mercancía de la que obtenían fruto unos pocos, sin que se supiera que los usuarios eran explotados en su extracción. Ahora, al menos, como tal mercancía, los usuarios podrán decidir si participan en esa explotación, o prefieren conservarla como lo que es, como un derecho. Y en esta segunda parte, blockchain tiene mucho que decir.

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